Massawa, construida sobre islas de coral unidas por diques a la costa, fue durante siglos el gran puerto del norte del Cuerno de África y la puerta de entrada a la meseta eritrea. Su arquitectura cuenta su historia como un libro de piedra: casas de coral con celosías de madera, arcos y patios de estilo otomano y árabe, palacios egipcios del siglo XIX y edificios italianos del XX se superponen en su casco antiguo.
Desde que los otomanos la tomaron en 1557, Massawa pasó por muchas manos: fue base otomana, luego posesión egipcia a partir de 1865 y finalmente pieza clave de la colonia italiana desde 1885, que la modernizó y la conectó por ferrocarril con Asmara. Su población, mayoritariamente musulmana, y su cultura costera la hacen muy distinta del altiplano cristiano: aquí el mundo es el del mar Rojo, el de los dhows, las especias y el comercio con Arabia.
Massawa lleva también las cicatrices de la guerra. Durante la lucha de independencia fue escenario de combates feroces y de bombardeos etíopes en 1990 que arrasaron parte de su patrimonio; muchos de sus edificios de coral siguen en ruinas, con las fachadas acribilladas. Esa mezcla de belleza histórica y heridas de guerra le da a la ciudad una atmósfera melancólica e inolvidable, la de un puerto milenario que sobrevivió a imperios y a bombas.
Frente a Massawa se extiende el archipiélago de Dahlak, más de doscientas islas de arena y coral —solo unas pocas habitadas— dispersas por las aguas cálidas del mar Rojo. Es uno de los rincones marinos menos masificados del planeta: arrecifes intactos, tortugas, dugongos, manglares y una vida submarina exuberante hacen de sus aguas un paraíso casi secreto del buceo y el snorkel.
Pero Dahlak no es solo naturaleza: tiene una historia profunda. En la Edad Media fue sede de un próspero sultanato musulmán, uno de los centros del comercio del mar Rojo, famoso sobre todo por la pesca de perlas, que se prolongó durante siglos. En la isla principal, Dahlak Kebir, se conservan grandes cisternas antiguas excavadas para recoger el agua de lluvia y un notable cementerio con centenares de estelas funerarias en árabe, algunas de más de mil años, testimonio de aquella civilización insular.
En tiempos más recientes, el archipiélago tuvo un papel estratégico: durante la guerra fría, la isla de Nokra albergó una base naval —usada por soviéticos y por el régimen etíope— y una tristemente célebre prisión. Hoy, superadas aquellas sombras, Dahlak vive de la pesca y de un turismo mínimo, y representa la cara más luminosa y virgen de la Eritrea del mar Rojo.
En la bahía de Zula, al sur de Massawa, yacen las ruinas de Adulis, uno de los sitios arqueológicos más importantes de todo el Cuerno de África. Durante siglos, entre la Antigüedad y la Alta Edad Media, Adulis fue el gran puerto del reino de Aksum, la ventana por la que aquel imperio cristiano comerciaba con el Mediterráneo, Egipto, Arabia, la India y más allá.
Adulis aparece en fuentes clásicas: el Periplo del mar Eritreo, un manual de navegación griego del siglo I, la describe como un mercado bullente de marfil, caparazones de tortuga y esclavos; y el viajero bizantino Cosmas Indicopleustes, en el siglo VI, copió allí las célebres inscripciones griegas conocidas como el Monumentum Adulitanum. Las excavaciones han sacado a la luz templos, iglesias paleocristianas, viviendas y objetos importados de todo el mundo antiguo, que confirman su papel de gran encrucijada comercial.
Hoy Adulis es un yacimiento en estudio, castigado por el tiempo y por su ubicación en una zona árida y de acceso difícil, pero cargado de un valor histórico enorme: es la prueba tangible de que estas costas eritreas estuvieron, hace casi dos mil años, conectadas con Roma y con la India, en el centro de las rutas que unían África, Asia y Europa. Adulis es, en cierto modo, el origen remoto de la vocación marítima y cosmopolita de Eritrea.