Asmara es una de las ciudades más sorprendentes del planeta: una cápsula del tiempo art déco a 2.300 metros de altura, en pleno Cuerno de África. Su nombre viene del tigriña Arbate Asmara, "las cuatro (aldeas) están unidas", en recuerdo de los cuatro caseríos que se fusionaron en su origen. Pero la ciudad que hoy conocemos es obra del período italiano: en 1897 reemplazó a Massawa como capital de la colonia, y a partir de 1935, con el fascismo, se convirtió en un colosal laboratorio de arquitectura moderna.
En poco más de un lustro se levantaron más de cuatro mil edificios en estilos racionalista, futurista, art déco y monumental. La joya más célebre es la estación de servicio Fiat Tagliero, de 1938, con sus dos alas de hormigón de treinta metros extendidas como las de un avión sin apoyo aparente. A su alrededor florecieron cines como el Impero, cafés de mármol y latón, hoteles, iglesias, una mezquita, una sinagoga y una catedral, todo en una trama urbana ordenada y arbolada. Por eso los italianos la llamaron la "piccola Roma".
Lo extraordinario es que todo ese conjunto sobrevivió casi intacto, congelado por décadas de aislamiento y guerra. En 2017, la UNESCO declaró a Asmara Patrimonio de la Humanidad como "ciudad modernista de África", el primer sitio de arquitectura moderna reconocido en el continente. Pasear por sus avenidas, tomar un macchiato en un café de los años treinta y ver pasar bicicletas es una experiencia única, aunque conviene recordar que aquella modernidad se construyó sobre un régimen colonial profundamente segregado.
Una de las mayores proezas de la ingeniería colonial en África fue el ferrocarril que une Asmara con el puerto de Massawa. Construido por los italianos entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, de vía estrecha, salva más de dos mil metros de desnivel entre la meseta y el mar Rojo a lo largo de un trazado imposible de puentes, viaductos y treinta y nueve túneles excavados en la roca.
El tren fue durante décadas la columna vertebral de la colonia, transportando mercancías, tropas y viajeros. Quedó gravemente dañado durante la guerra de independencia, cuando muchos de sus rieles y traviesas fueron desmontados y reutilizados para fortificaciones. Tras la independencia, veteranos eritreos que habían aprendido el oficio en tiempos italianos lo reconstruyeron pieza por pieza, casi de memoria, en una hazaña de tenacidad y de amor por la máquina.
Hoy funciona sobre todo como atracción turística e histórica: en ocasiones especiales, viejas locomotoras de vapor italianas vuelven a resoplar montaña abajo, entre nubes y precipicios, en uno de los viajes en tren más espectaculares de África. Es, además, un símbolo perfecto de la relación de Eritrea con su pasado: una herencia colonial que el país supo hacer suya y preservar.
La meseta central no es solo Asmara. En su borde oriental, donde el altiplano se despeña hacia el mar Rojo, se abren paisajes de vértigo y rincones de honda espiritualidad. Cerca del pueblo de Nefasit, encaramado en la montaña, se alza el monasterio ortodoxo de Debre Bizen, fundado a fines del siglo XIV por el monje Abuna Filipos. Es uno de los grandes centros religiosos del país, guardián de manuscritos antiguos y de una biblioteca monástica, y por tradición solo pueden acceder a él los varones, tras una empinada caminata de un par de horas premiada con vistas inmensas.
En esa misma escarpa ocurre un pequeño milagro ecológico. Mientras la meseta es seca y la costa es un desierto ardiente, en la franja intermedia —donde chocan la humedad del mar Rojo y la altura de la montaña— sobrevive un bosque tropical de niebla: es la zona de Filfil y el llamado Cinturón Verde, el paisaje más húmedo y frondoso de Eritrea, refugio de aves, monos y de una vegetación que recuerda que estas tierras estuvieron mucho más arboladas antes de siglos de tala y pastoreo.
Este borde de la meseta ilustra la asombrosa variedad de un país pequeño: en pocas decenas de kilómetros se pasa de los cafés art déco de Asmara a monasterios medievales y de allí a la selva de niebla y, más abajo, al desierto costero. Todo un mundo comprimido en la caída de la montaña hacia el mar.
Al sureste de Asmara, la pequeña ciudad de Dekemhare guarda otra faceta del legado italiano: la del proyecto agroindustrial. Durante la colonia, y sobre todo en los años treinta, fue concebida como un centro modelo de producción, con notable arquitectura racionalista, bodegas y fábricas. La zona se volvió famosa por sus viñedos y por la producción de vino, un cultivo que los italianos introdujeron aprovechando el clima templado de la meseta.
Dekemhare llegó a ser uno de los polos industriales de la colonia, con destilerías, curtiembres y talleres. Como buena parte de la infraestructura eritrea, sufrió los estragos de la guerra de independencia, que la dejó semidesierta y dañada, pero conserva un conjunto de edificios de época que la convierten en una visita interesante para quien quiera entender el ambicioso y a la vez opresivo proyecto colonial italiano fuera de la capital.
Toda esta región de la meseta central es, además, el corazón demográfico y cultural del pueblo tigriña, cristiano ortodoxo, que constituye alrededor de la mitad de la población eritrea. Sus aldeas de casas de piedra, sus iglesias circulares y sus campos de cereales en terrazas componen el paisaje humano más característico del altiplano.