Antes que país, Costa de Marfil fue —y sigue siendo— un extraordinario cruce de pueblos. Su territorio, que baja de las sabanas del norte a la selva húmeda y a la costa del golfo de Guinea, se pobló a lo largo de siglos por migraciones llegadas de todas las direcciones, y hoy reconoce más de sesenta grupos étnicos agrupados en cuatro grandes familias culturales y lingüísticas.
Al sureste y el centro se asentaron los pueblos akan, entre ellos los baoulé y los anyi (agni), emparentados con los ashanti de la actual Ghana y llegados en su mayoría en oleadas relativamente tardías, entre los siglos XVII y XVIII. Al oeste y el suroeste, en las montañas y la selva, viven los pueblos kru —bété, guéré, dan (yacouba), wè—, cazadores y agricultores de la floresta, célebres por sus máscaras. En el noroeste y el centro-norte se extienden los pueblos mandé, divididos entre los mandé del norte (los dyula o juula, comerciantes musulmanes) y los mandé del sur; y en el nordeste de sabana dominan los senufo, agricultores, tejedores y escultores.
Esa diversidad no fue un accidente, sino el fruto de la posición de bisagra del territorio entre el Sahel y el Atlántico. Por aquí pasaban las mercancías, las religiones y las lenguas, y cada pueblo dejó su huella. La misma variedad que hace tan rica a la cultura marfileña sería, siglos más tarde, uno de los ejes que el colonialismo y la política moderna aprenderían a tensar y a manipular.
Sobre ese mosaico humano florecieron Estados y redes de comercio notables. El más poderoso fue el imperio de Kong, fundado hacia 1710 por Seku Watara (Sekou Ouattara), un guerrero y comerciante dyula. Con capital en la ciudad de Kong, en el nordeste, fue un imperio mercantil y musulmán, sostenido por las casas comerciales dyula que controlaban el tráfico de oro, nueces de cola, sal y telas, y que conectaban la selva del sur con los grandes mercados de Djenné y Tombuctú. Kong se convirtió además en un célebre centro de estudios coránicos, con mezquitas y escuelas que atraían a eruditos de toda la región.
En el sureste, la expansión del imperio ashanti a fines del siglo XVII empujó a numerosos pueblos akan hacia la selva marfileña. De esas migraciones nacieron los reinos anyi de Sanwi e Indénié (Ndényé), organizados en jefaturas poderosas que conservaron estrechos lazos culturales y políticos con los ashanti. El reino de Sanwi, con capital en Krinjabo, mantendría incluso durante la época colonial un fuerte sentido de identidad propia.
La migración más célebre es la de los baoulé. Según la tradición, tras una disputa sucesoria en Kumasi hacia 1750, la reina Abla Pokou condujo a su gente hacia el oeste huyendo de sus rivales ashanti. Para cruzar el crecido río Comoé habría sacrificado a su propio hijo, arrojándolo a las aguas; al ver el cuerpo del niño exclamó "ba-ou-li" ("el niño ha muerto"), y de ese lamento habría nacido el nombre de los baoulé, hoy el pueblo más numeroso del país.
A partir de fines del siglo XV, las carabelas portuguesas comenzaron a bordear este litoral en busca de riquezas, y pronto se les sumaron holandeses, ingleses y franceses. A diferencia de la vecina Costa del Oro o de la Costa de los Esclavos, este tramo carecía de puertos naturales protegidos: una barra de olas y una laguna interior sin salida directa al mar dificultaban el desembarco y ahuyentaban a los grandes establecimientos comerciales.
Aun así, los europeos encontraron aquí un producto codiciado: el marfil de los elefantes que abundaban en sus selvas. El comercio de colmillos fue tan característico que dio nombre al territorio —Côte d'Ivoire, la Costa del Marfil—, del mismo modo que los tramos vecinos se llamaron de los Granos, del Oro o de los Esclavos. La caza intensiva llegaría, con el tiempo, a diezmar las poblaciones de elefantes que habían bautizado al país.
La trata de esclavos también alcanzó estas costas, aunque con menos intensidad que en los grandes emporios negreros del este. Es un pasado que conviene nombrar sin eufemismos: hombres, mujeres y niños capturados en el interior fueron vendidos y embarcados hacia América. La falta de puertos seguros, sin embargo, mantuvo a la Costa de Marfil relativamente al margen del comercio atlántico durante siglos, y el interior conservó su autonomía mucho más tiempo que otras regiones de la costa africana.
La presencia francesa se formalizó a mediados del siglo XIX. En 1843-1844, el almirante Bouët-Willaumez firmó tratados con los reyes de las regiones de Grand-Bassam y Assinie, que quedaron bajo protectorado francés, y se levantaron los primeros fuertes y factorías. El reparto de África en la Conferencia de Berlín aceleró la penetración: el 10 de marzo de 1893, la Costa de Marfil se proclamó colonia francesa, y el explorador Louis-Gustave Binger fue su primer gobernador.
La conquista del interior fue larga y violenta. La resistencia más tenaz la encarnó Samori Touré, fundador del imperio wassoulou, que combatió a los franceses durante casi dos décadas hasta ser capturado en 1898; ese mismo año Samori arrasó la ciudad de Kong, poniendo fin al viejo imperio comercial. Muchos pueblos del oeste y del centro resistieron hasta bien entrado el siglo XX, en las llamadas campañas de "pacificación". La capital colonial pasó de Grand-Bassam a Bingerville tras la epidemia de fiebre amarilla de 1899, y en 1933 se trasladó definitivamente a Abiyán.
Para hacer rentable la colonia, Francia impuso los cultivos comerciales —cacao, café, plátano— y un durísimo régimen de trabajo forzado (el travail forcé): los africanos eran obligados a trabajar sin paga en las plantaciones europeas, en la construcción de caminos y en el ferrocarril hacia el Alto Volta. Ese sistema de coerción, sumado al impuesto de capitación, marcó a fuego la memoria del país y sería el detonante de la primera gran organización política marfileña.
El hombre que cambiaría el destino del país nació hacia 1905 en Yamusukro, en una familia de jefes baoulé: Félix Houphouët-Boigny, médico de formación y próspero plantador de cacao. Harto del trabajo forzado que arruinaba a los agricultores africanos frente a los colonos, fundó el 3 de septiembre de 1944 el Syndicat Agricole Africain (SAA), que reunió a los plantadores negros para exigir salarios justos y el fin de la mano de obra no libre.
De ese sindicato nació, el 9 de abril de 1946, el Parti Démocratique de Côte d'Ivoire (PDCI), primer partido político del país e integrado en el gran Rassemblement Démocratique Africain (RDA) panafricano. Elegido diputado en la Asamblea Nacional francesa, Houphouët-Boigny logró ese mismo año 1946 la abolición del trabajo forzado en toda el África Occidental Francesa mediante la ley que lleva su nombre, la loi Houphouët-Boigny del 11 de abril. El gesto lo convirtió en un héroe en toda la región.
En los años siguientes viró de la confrontación a la cooperación con Francia, llegó a ser ministro en varios gobiernos franceses y apostó por una independencia negociada y sin ruptura. La Costa de Marfil accedió a la autonomía en 1958 y proclamó su independencia plena el 7 de agosto de 1960, con Houphouët-Boigny como primer presidente. Gobernaría el país durante treinta y tres años, hasta su muerte en 1993, bajo un régimen de partido único en torno al PDCI.
Las dos primeras décadas de independencia fueron de prosperidad asombrosa. Apoyada en el cacao y el café —y en la estabilidad política y la apertura al capital extranjero que promovía Houphouët-Boigny—, la economía creció a un ritmo vertiginoso. Fue el llamado "milagro marfileño": hacia fines de los años setenta, el país era el primer productor mundial de cacao y el mayor exportador africano de piña, café y aceite de palma, y Abiyán se llenaba de rascacielos y de inmigrantes llegados de toda la región.
Ese crecimiento tuvo un costo y un límite. La riqueza dependía de unos pocos productos cuyos precios internacionales se desplomaron a comienzos de los años ochenta, hundiendo al país en una crisis de deuda. Además, la expansión de las plantaciones atrajo a millones de trabajadores de Burkina Faso, Malí y otros países, cuya presencia sería más tarde motivo de tensiones sobre quién era "verdaderamente" marfileño.
En 1983, Houphouët-Boigny trasladó la capital oficial a su aldea natal, Yamusukro, y la transformó en una capital monumental de avenidas colosales. Su obra cumbre fue la Basílica de Nuestra Señora de la Paz, construida entre 1985 y 1989 a semejanza agigantada de San Pedro del Vaticano: la iglesia más grande del mundo, levantada en plena sabana por más de 300 millones de dólares justo cuando el milagro económico ya se había apagado. Cuando el "Viejo" murió, en diciembre de 1993, dejaba un país próspero en la memoria pero frágil, y una sucesión disputada.
La muerte de Houphouët-Boigny abrió una etapa turbulenta. Su sucesor, Henri Konan Bédié, promovió el concepto de ivoirité ("marfileñidad") para excluir a sus rivales políticos, en especial a Alassane Ouattara, del norte y de familia con raíces en el vecino Burkina Faso. Una ley electoral exigió que ambos padres de un candidato presidencial hubieran nacido en el país, lo que dejó fuera a Ouattara y encendió la fractura entre un sur mayoritariamente cristiano y animista y un norte musulmán. En 1999, un golpe militar derrocó a Bédié; en 2000, Laurent Gbagbo llegó a la presidencia en unas elecciones también disputadas.
El 19 de septiembre de 2002, un levantamiento militar partió el país en dos. Los rebeldes del norte, agrupados en las Forces Nouvelles, tomaron el control de la mitad septentrional con base en Bouaké, mientras el gobierno de Gbagbo conservaba el sur. La Primera Guerra Civil marfileña se prolongó hasta el acuerdo de Uagadugú de 2007, con el país dividido y bajo vigilancia de fuerzas francesas y de la ONU. Conviene medir las palabras: fue un conflicto con miles de muertos, desplazados y graves abusos por ambos bandos.
La herida se reabrió con la elección de 2010. En la segunda vuelta, del 28 de noviembre, la comisión electoral proclamó ganador a Ouattara, pero Gbagbo se negó a reconocer la derrota. El enfrentamiento desató la Segunda Guerra Civil, cinco meses de violencia que dejaron unos 3.000 muertos. En abril de 2011, con apoyo de fuerzas francesas y de la ONU, las tropas pro-Ouattara capturaron a Gbagbo, que fue trasladado a la Corte Penal Internacional de La Haya —donde años después, en 2019, sería absuelto—. Ouattara asumió por fin la presidencia.
Tras una década de crisis, el país emprendió una notable reconstrucción. Bajo la presidencia de Alassane Ouattara, la economía marfileña volvió a crecer con fuerza y se convirtió en una de las más dinámicas de África, con Abiyán recuperando su papel de gran metrópoli y capital económica de facto de África Occidental francófona, aunque Yamusukro siga siendo la capital política oficial.
El cacao continúa siendo el corazón de la economía y de la identidad marfileña: el país produce alrededor de un 40% del cacao del mundo y es, con enorme diferencia, el primer exportador global. Esa riqueza tiene su reverso —la deforestación de la selva, la volatilidad de los precios y el trabajo en las plantaciones son problemas persistentes—, y el reto de que el chocolate del mundo deje más valor en manos marfileñas sigue abierto.
Las cicatrices de la guerra no se han cerrado del todo: la reconciliación nacional, la cuestión de la tierra y las tensiones en torno a las elecciones siguen marcando la política. Pero la Costa de Marfil de hoy es también un país joven, creativo y vibrante, cuna del coupé-décalé y del fútbol de los Elefantes, campeones de África en 2015 y 2024. Del imperio de Kong a los rascacielos del Plateau, de la reina Pokou a la basílica de Yamusukro, este es un país que carga una historia densa y sigue reinventándose.