Al norte de Brazzaville se extienden las mesetas Batéké, un altiplano de sabanas onduladas cubiertas de pastos, salpicadas de galerías de bosque a lo largo de los ríos y cortadas por valles profundos. Es un paisaje muy distinto del de la selva ecuatorial del norte del país: más abierto, más seco, de horizontes amplios. Y es, ante todo, la tierra histórica del pueblo teke (o tio), uno de los grupos bantúes más antiguos e influyentes de la región.
Aquí tuvo su base el reino Teke, también llamado Anziku o reino Tio, cuyo soberano, el Makoko, dominaba las tierras al norte del Pool Malebo mucho antes de la llegada de los europeos. Fue precisamente el Makoko quien, en 1880, firmó con Brazza el tratado que abrió el Congo a Francia; sin ese acuerdo, la historia colonial de la región habría sido otra. Los teke conservan tradiciones espirituales muy ricas, célebres por sus máscaras rituales circulares —las máscaras kidumu— y por el papel de los nkoi y los espíritus de la naturaleza.
Las mesetas Batéké se prolongan a ambos lados de la frontera con Gabón, y en su parte congoleña albergan un parque nacional que protege sus ecosistemas de sabana, únicos en un país mayoritariamente selvático. Es una región de baja densidad de población, de aldeas dispersas y de una belleza serena, donde la historia del reino Teke sigue presente en la memoria y en la cultura de sus habitantes.
En el corazón de las mesetas Batéké, la reserva de Lésio-Louna se ha convertido en uno de los grandes proyectos de conservación del país. Gestionada por la Fundación Aspinall junto al Estado congoleño, la reserva rehabilita gorilas de llanura occidental huérfanos y rescatados —muchos víctimas del tráfico y de la caza furtiva— con el objetivo de devolverlos, cuando es posible, a la vida salvaje. Es una historia de reparación: individuos que perdieron a sus familias reciben cuidados, aprenden a vivir en el bosque y, poco a poco, recuperan su libertad.
El entorno hace única a la reserva. Se llega navegando en barca por el río, entre sabanas y galerías de bosque, en lo que es la mejor excursión de un día desde Brazzaville. En medio de ese paisaje se esconde el Lac Bleu, un pequeño lago de aguas de un turquesa intenso, encajado entre la sabana arbolada, que parece sacado de una postal y que suele combinarse con la visita a los gorilas.
Lésio-Louna representa una forma distinta de relación con la fauna: no la del safari clásico, sino la de la conservación activa y la reintroducción. En un país donde los grandes simios sufren la presión de la caza y la pérdida de hábitat, proyectos como este —y como los de las reservas del norte— son una esperanza concreta para la supervivencia de los gorilas de llanura, y una razón poderosa para acercarse a las mesetas.
Más al norte, la reserva de fauna de la Léfini es la más antigua del Congo: fue creada en la época colonial, a mediados del siglo XX, para proteger la fauna de la región de las mesetas. Toma su nombre del río Léfini, un afluente del Congo que la atraviesa, y combina sabanas abiertas, galerías de bosque a lo largo de los cursos de agua y sectores de selva, un mosaico de ambientes que sostiene una notable diversidad de vida.
La Léfini es refugio de gorilas de llanura, búfalos de bosque, antílopes, monos y una rica avifauna, y ha servido también como zona de reintroducción vinculada a los programas de rehabilitación de gorilas de las mesetas. Sus paisajes de agua y sabana, sus rápidos y sus miradores hacen de ella un destino de naturaleza aún poco explorado, muy diferente de los grandes parques selváticos del norte.
Junto con Lésio-Louna y el parque nacional de las mesetas Batéké, la Léfini forma un corredor de conservación en esta región de transición entre la sabana y el bosque. Es una parte del Congo donde la naturaleza se recorre despacio, en barca o a pie, y donde la conservación de la fauna se entrelaza con la historia del reino Teke que dominó estas tierras altas durante siglos.