Los habitantes más antiguos del actual Congo fueron los pueblos cazadores-recolectores de la selva ecuatorial, ancestros de los grupos que hoy conocemos como aka (o mbenga) y baka (o bayaka), a menudo llamados "pigmeos", un término cada vez más rechazado por peyorativo. Durante milenios vivieron en las densas selvas del norte, con un conocimiento profundísimo del bosque, de sus plantas, sus mieles y sus animales, y con una música polifónica que la UNESCO reconoció como patrimonio de la humanidad. Todavía hoy forman una minoría que ronda el uno y medio por ciento de la población y que lucha por sus derechos y sus territorios.
A partir del primer milenio antes de nuestra era, y sobre todo en los primeros siglos de la era cristiana, llegó la gran expansión bantú: oleadas de pueblos agricultores y trabajadores del hierro que, partiendo de la región entre la actual Nigeria y Camerún, se desplazaron por buena parte de África central, oriental y austral. En el territorio congoleño se asentaron los grupos que todavía definen su mapa humano: los kongo (bakongo) del sur y el suroeste, el pueblo más numeroso del país; los teke (o tio) de las mesetas del centro; los mbochi del norte; y los sangha y otros pueblos de la selva septentrional.
De esa larga convivencia entre cazadores del bosque y agricultores bantúes nació el mosaico étnico y lingüístico congoleño, con decenas de pueblos y lenguas. El lingala y el kituba (una forma simplificada del kikongo) se volverían, con el tiempo, las grandes lenguas vehiculares, mientras el francés llegaría mucho después, con la colonización. Sobre esa base humana se levantarían, siglos antes de los europeos, reinos y redes comerciales propias.
Mucho antes de la llegada de los europeos, el suroeste del actual Congo fue el corazón de un Estado africano poderoso: el Reino de Loango, fundado por el pueblo vili (bavili) —un grupo emparentado con los kongo— probablemente antes de 1485, en la cuenca de los ríos Kouilou y Niari. Loango floreció, sobre todo, entre mediados del siglo XVI y el siglo XIX. Era una monarquía organizada, con un rey (el Maloango) en su capital, Buali, y una economía basada en la agricultura, la pesca, la sal marina, la metalurgia del cobre y una notable industria textil: los famosos paños de rafia de Loango se usaban como moneda y se comerciaban por toda la región.
Loango no estaba solo. Al sur se extendía la esfera del gran Reino del Kongo, uno de los Estados africanos más célebres, centrado en la actual Angola y el oeste de la RD Congo; los vili y otros pueblos de la costa formaban parte de esa amplia constelación cultural kongo. Y hacia el interior, en las mesetas del centro, dominaba el Reino Teke o Anziku (también llamado reino Tio), cuyo soberano, el Makoko, controlaba las tierras al norte del Pool Malebo, el ensanchamiento del río Congo que parece un lago antes de despeñarse en rápidos hacia el mar. Estos reinos comerciaban entre sí marfil, cobre, telas, sal, alimentos y personas esclavizadas.
Loango, en particular, se volvió un intermediario clave: obtenía productos y cautivos del interior y los canalizaba hacia la costa, donde se cruzaban las rutas del comercio de larga distancia. Era un mundo mercantil africano, sofisticado y autónomo, con sus jerarquías, sus gremios y sus rituales, que llevaba siglos funcionando cuando, a fines del siglo XV, aparecieron en el horizonte las primeras velas europeas y todo empezó a cambiar.
El navegante portugués Diogo Cão alcanzó la desembocadura del río Congo en 1483, y a partir de entonces la costa quedó incorporada a las rutas atlánticas europeas. Al principio, el comercio de la costa de Loango giró en torno al marfil, el cobre, las maderas tintóreas y los tejidos: durante buena parte de los siglos XVI y XVII, los europeos —portugueses primero, luego neerlandeses, ingleses y franceses— venían a buscar esos productos, no personas. Loango conservó su independencia y negoció con todos, sin dejarse someter como sí ocurrió, más al sur, con el Reino del Kongo.
Pero desde fines del siglo XVII y a lo largo del XVIII, la demanda de mano de obra esclava para las plantaciones de América lo transformó todo. La llamada "Costa de Loango", con sus puertos de Loango, Malemba y Cabinda, se convirtió en una de las grandes regiones exportadoras de esclavos de toda África. Se estima que a lo largo de la historia de la trata más de dos millones de personas fueron embarcadas desde esta costa, capturadas en un vastísimo interior que abarcaba territorios de los actuales Congo, RD Congo, Gabón, Angola y más allá. Es un pasado brutal que hay que nombrar con precisión: hombres, mujeres y niños arrancados de sus comunidades, marchados encadenados hasta el litoral y vendidos a los barcos negreros.
El sitio de Loango, con su antiguo puerto de embarque y su "camino de los esclavos", es hoy un lugar de memoria de esa tragedia. La abolición progresiva de la trata por las potencias europeas en el siglo XIX quitó a Loango su principal fuente de ingresos y aceleró su decadencia: hacia la década de 1880, el reino, antaño poderoso, se había fragmentado en una multitud de pequeños grupos. Justo entonces, cuando la costa se debilitaba, se acercaba desde el interior otro tipo de conquista, la colonial.
La conquista europea del interior tuvo un protagonista singular: Pierre Savorgnan de Brazza, un explorador nacido en Italia en 1852 y nacionalizado francés, oficial de la marina, recordado por su carácter afable y por haber preferido los tratados a las armas. En sus expediciones remontando el río Ogooué y el Congo, Brazza buscaba abrir para Francia una vía hacia el corazón del continente y adelantarse a las ambiciones del rey Leopoldo II de Bélgica, que operaba en la otra orilla.
El paso decisivo llegó en 1880. En septiembre de ese año, Brazza firmó un tratado con el Makoko, el soberano del reino Teke, que ponía sus tierras bajo protección francesa a cambio de garantías frente a sus rivales. El 3 de octubre de 1880, Brazza fundó un puesto militar y comercial en la aldea de Mfoa, sobre la orilla derecha del Pool Malebo, en el sitio que llevaría su nombre: Brazzaville. Enfrente, en la orilla izquierda, crecería Léopoldville, la futura Kinshasa, capital del Congo belga. El río quedó, así, convertido en frontera entre dos imperios.
El tratado con el Makoko fue fundamental: dio a Francia un título "legal" que hizo valer en la Conferencia de Berlín de 1884-85, donde las potencias europeas se repartieron África sobre el papel. La orilla derecha quedó para Francia; la izquierda, para Leopoldo. Sobre esa base nació la colonia del Congo Francés, más tarde llamada Congo Medio (Moyen-Congo). Brazzaville se convirtió en 1898 en su capital y, en 1910, en la capital de toda el África Ecuatorial Francesa, la federación colonial que agrupaba a Gabón, Congo, Ubangui-Chari (hoy República Centroafricana) y Chad. La ciudad de Brazza pasó a ser el centro administrativo de un imperio.
La colonia debía ser rentable, y Francia eligió el camino más brutal para lograrlo. Alrededor de 1899, el gobierno repartió casi todo el Congo Francés entre unas cuarenta compañías concesionarias privadas, a las que entregó el monopolio de explotar enormes territorios —su caucho, su marfil, sus maderas— a cambio de un canon. El resultado fue un sistema de saqueo y de trabajo forzado: las compañías exigían cuotas de caucho a las poblaciones locales bajo amenaza de castigos, rehenes y violencia, en un régimen tristemente parecido al del vecino Congo de Leopoldo. Los abusos fueron tan escandalosos que provocaron denuncias e investigaciones incluso en Francia.
El símbolo máximo de esa etapa fue el ferrocarril Congo-Océan (CFCO), lanzado en 1921 para unir Brazzaville con el nuevo puerto atlántico de Pointe-Noire —512 kilómetros de vías a través de la selva y los montes del Mayombe— y así poder exportar las riquezas del interior. Su construcción, que se prolongó hasta 1934, fue una de las más mortíferas del continente: se calcula que murieron entre quince mil y más de veinte mil trabajadores africanos, reclutados a la fuerza en toda la federación y sometidos a jornadas agotadoras, enfermedades, hambre y accidentes. El escritor André Gide, que visitó la región, denunció aquel horror en su Viaje al Congo (1927), y el ferrocarril quedó en la memoria como una obra levantada literalmente sobre huesos.
La Segunda Guerra Mundial le dio a Brazzaville un protagonismo inesperado. Tras la caída de Francia en 1940, la ciudad se sumó a la Francia Libre del general De Gaulle y funcionó como capital simbólica de esa Francia que resistía. En 1944, De Gaulle reunió allí la célebre Conferencia de Brazzaville, que prometió ciertas reformas en las colonias africanas. Aunque no habló de independencia, aquel encuentro y la posguerra abrieron un tiempo nuevo: los africanos empezaron a organizarse, a tener representación política y a exigir derechos que terminarían por hacer inviable el viejo orden colonial.
La descolonización se aceleró en los años cincuenta. En 1958, en el marco de la Comunidad Francesa impulsada por De Gaulle, el Congo Medio se convirtió en la República del Congo, con autonomía interna. Y el 15 de agosto de 1960 el país alcanzó la independencia plena. Su primer presidente fue Fulbert Youlou, un sacerdote católico suspendido de sus funciones —conocido como el "abbé Youlou"— que había construido una gran base política en el sur, entre los bakongo, y que gobernó con un estilo personalista y pro-occidental.
El mandato de Youlou fue breve y tenso. Las rivalidades étnicas y regionales, el malestar sindical y las acusaciones de corrupción minaron su gobierno. En agosto de 1963, tres días de protestas obreras y populares en Brazzaville —recordados como los "Trois Glorieuses", las "Tres Jornadas Gloriosas"— lo forzaron a renunciar. El poder pasó a Alphonse Massamba-Débat, que llevó al país hacia posiciones cada vez más a la izquierda: en 1964 fundó un partido único, el Movimiento Nacional de la Revolución, y proclamó una vía "socialista científica", estrechando lazos con el bloque soviético, China y Cuba.
Eran los años de la Guerra Fría en África, y el pequeño Congo, con su capital histórica y su clase intelectual, se transformó en uno de los laboratorios del socialismo africano. Pero el proyecto de Massamba-Débat quedó atrapado entre las tensiones con los sindicatos, la juventud militante y, sobre todo, el ejército. El desenlace llegaría al final de la década, con un golpe que empujaría al Congo aún más a la izquierda y lo convertiría en pionero de algo inédito en el continente.
En 1968, un joven capitán del ejército, Marien Ngouabi, encabezó un golpe de Estado que terminó de desplazar a Massamba-Débat. Al año siguiente, en 1969, Ngouabi dio un paso decisivo: proclamó la República Popular del Congo y fundó el Partido Congoleño del Trabajo (PCT) como partido único de vanguardia. Con ello, el Congo se convirtió en el primer Estado de África en declararse oficialmente marxista-leninista, adoptando incluso una bandera roja y una retórica de inspiración soviética. El país se alineó con el bloque del Este durante toda la Guerra Fría.
El período fue intenso y, por momentos, violento. Ngouabi impulsó nacionalizaciones y una fuerte presencia del Estado en la economía, pero también enfrentó conspiraciones y luchas internas. En marzo de 1977 fue asesinado en Brazzaville, en circunstancias nunca del todo esclarecidas. Tras un breve interregno, en 1979 asumió la presidencia otro militar del PCT, Denis Sassou Nguesso, del norte del país, que gobernaría de forma continua hasta 1992. Su primer largo mandato combinó el discurso socialista con un pragmatismo creciente: mientras mantenía la alianza con la URSS, el Congo desarrollaba su industria petrolera de la mano de compañías occidentales, sobre todo francesas.
Conviene contar esta etapa con sobriedad, sin caricaturas. El marxismo-leninismo congoleño dejó avances en educación y salud pública, y una identidad política que todavía pesa, pero también un partido único, restricciones a las libertades y una economía dependiente del petróleo y del Estado. Hacia fines de los años ochenta, la caída de los precios del crudo, la crisis de la deuda y el derrumbe del bloque soviético volvieron insostenible el modelo. En 1990, Sassou Nguesso aceptó abrir el juego, y una Conferencia Nacional Soberana, reunida en 1991, lo despojó de casi todo su poder y encaminó al país hacia elecciones libres.
La apertura democrática fue esperanzadora y frágil a la vez. En 1992, en las primeras elecciones multipartidistas, Pascal Lissouba fue elegido presidente, y Sassou Nguesso quedó relegado. Pero la joven democracia se apoyaba en lealtades étnicas y regionales, y cada líder tenía su propia milicia armada: las "Cobras" de Sassou, los "Zulúes" y "Ninjas" de sus rivales. En 1993-1994, una primera guerra civil ensangrentó Brazzaville tras unas elecciones legislativas disputadas.
El estallido mayor llegó en 1997. En vísperas de nuevas elecciones, los enfrentamientos entre las fuerzas de Lissouba y las milicias de Sassou desataron una guerra abierta que devastó barrios enteros de la capital entre junio y octubre. Con el apoyo militar de Angola, que intervino a su favor, Sassou Nguesso se impuso y volvió al poder en octubre de 1997. La violencia continuó de forma intermitente hasta 1999, dejando decenas de miles de muertos y cientos de miles de desplazados, y marcó a fuego a toda una generación. Desde entonces, Sassou Nguesso ha gobernado el país de manera prácticamente ininterrumpida.
El Congo de hoy vive sobre todo del petróleo, que aporta la mayor parte de sus ingresos y exportaciones y lo ubica entre los principales productores del África subsahariana; también de la explotación forestal. Pero su otra gran riqueza es la selva: el país forma parte de la cuenca del Congo, el segundo bosque tropical más extenso del planeta después del Amazonas y una pieza clave contra el cambio climático, con inmensas turberas que almacenan carbono. En sus parques del norte —Odzala-Kokoua, Nouabalé-Ndoki— todavía viven miles de gorilas de llanura, elefantes de bosque y chimpancés. Ese equilibrio entre el petróleo y la selva, entre un poder personalista de largísima duración y una naturaleza extraordinaria, define al Congo-Brazzaville contemporáneo: un país pequeño, atravesado por su río, que carga con siglos de historia y que no hay que confundir jamás con su enorme vecino de enfrente.
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Brazzaville nació de un encuentro. En 1880, el explorador Pierre Savorgnan de Brazza firmó un tratado con el Makoko, soberano del reino Teke, y el 3 de octubre fundó un puesto francés en la aldea teke de Mfoa, sobre la orilla derecha del Pool Malebo, el gran ensanchamiento del río Congo. La ciudad recibió el nombre de su fundador, un caso raro de capital africana que conserva el apellido de un europeo recordado, además, por su trato pacífico con los pueblos locales.
Enfrente, en la orilla izquierda, crecía Léopoldville —la futura Kinshasa—, capital del Congo belga. El ancho río quedó convertido en frontera entre dos imperios: el francés a la derecha, el de Leopoldo II a la izquierda. Aún hoy, Brazzaville y Kinshasa son las dos capitales de países distintos más cercanas del mundo, separadas apenas por unos kilómetros de agua y capaces de verse mutuamente las luces de noche.
Brazzaville creció rápido gracias a su posición estratégica. En 1898 se volvió capital del Congo Medio y, en 1910, capital de toda el África Ecuatorial Francesa, la federación que reunía a Gabón, Congo, Ubangui-Chari y Chad. Durante la Segunda Guerra Mundial fue, además, la capital simbólica de la Francia Libre de De Gaulle y sede, en 1944, de la histórica Conferencia de Brazzaville sobre el futuro de las colonias africanas.
Brazzaville es una capital cultural de peso. A ambos lados del río Congo nació y creció la rumba congoleña, ese ritmo bailable de guitarras entrelazadas que, desde mediados del siglo XX, conquistó todo el continente y se volvió la banda sonora de África central; en 2021 la rumba congoleña fue inscrita por la UNESCO como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Brazzaville y Kinshasa, ciudades hermanas y rivales, comparten esa herencia musical.
La ciudad es también la cuna de un fenómeno único: la SAPE, la Sociedad de Ambientadores y Personas Elegantes. Sus miembros, los "sapeurs", son hombres —y cada vez más mujeres— que hacen de la elegancia un arte y una filosofía de vida, luciendo trajes de colores impecables y marcas de lujo por las calles de barrios humildes como Bacongo. Detrás del glamour hay toda una estética de dignidad y resistencia que se remonta a la época colonial y a los viajes a París.
En el terreno de las artes plásticas, Brazzaville dio al mundo la Escuela de Poto-Poto, fundada en 1951 por el pintor francés Pierre Lods junto a artistas congoleños. Su estilo de figuras alargadas y estilizadas, de vivos colores, escenas de mercados, danzas y vida cotidiana, se volvió mundialmente reconocible y convirtió al barrio de Poto-Poto en un semillero de pintores. Rumba, SAPE y Poto-Poto hacen de Brazzaville una ciudad tranquila pero intensamente creativa.
El gran protagonista de la región es el río Congo, la arteria que dio nombre a dos países y a media historia de África central. Es el segundo río más caudaloso del mundo después del Amazonas y, sobre todo, el más profundo del planeta: en algunos tramos supera los doscientos veinte metros de profundidad. Frente a Brazzaville, el río se remansa en el Pool Malebo antes de estrecharse y precipitarse en una serie de rápidos bravíos.
Esos rápidos —Les Rapides— son un paseo clásico de la capital: aguas revueltas y poderosas donde los pescadores desafían la corriente en piraguas, con Kinshasa recortándose en la otra orilla. Aguas abajo, el Congo se despeña en las cataratas Livingstone, una sucesión de saltos que durante siglos impidió la navegación entre el interior y el Atlántico y que explica, en buena parte, por qué la penetración europea fue tan tardía.
A menos de cien kilómetros de Brazzaville, el paisaje regala otra joya de agua: las cataratas de Loufoulakari, donde el río Loufoulakari desemboca en el Congo formando una cascada ancha y elegante, rodeada de sabana y bosque. Es el destino de picnic y excursión favorito de los brazzavilleses, un rincón fresco para caminar y observar aves a un paso de la capital. El río, en todas sus formas, define la vida de la región.
La estrecha franja atlántica del Congo fue, durante siglos, el corazón del reino de Loango, uno de los Estados africanos más prósperos de la costa antes de la colonización. Fundado por el pueblo vili probablemente antes de 1485, Loango vivió del comercio del marfil, el cobre, la sal y sus célebres paños de rafia, que servían de moneda. Su capital, Buali, cerca de la actual Diosso, era un centro político y mercantil que trataba de igual a igual con los navegantes europeos.
A partir del siglo XVIII, sin embargo, la costa de Loango se convirtió en una de las grandes puertas de la trata atlántica de esclavos. Desde sus puertos se embarcaron, a lo largo de la historia, más de dos millones de personas arrancadas de un enorme interior. Cerca de Pointe-Noire, el sitio histórico de Loango conserva la memoria de esa tragedia, con su antiguo puerto de embarque y su "camino de los esclavos". El museo Ma Loango, en Diosso, resguarda hoy el patrimonio del reino y de su cultura vili.
El fin de la trata en el siglo XIX arruinó a Loango, que hacia 1880 se había fragmentado en pequeños grupos justo cuando llegaba la colonización francesa. Aquella costa, cargada de historia, sigue siendo el rostro atlántico del Congo: el de los pescadores vili, el de la sal y el pescado, y el de una memoria dolorosa que conviene nombrar sin rodeos.
Pointe-Noire es la segunda ciudad del país y su capital económica: un puerto atlántico animado, cosmopolita y en pleno crecimiento. Su historia moderna arranca en el siglo XX, cuando fue elegida como terminal marítima del ferrocarril Congo-Océan: los franceses necesitaban un puerto de aguas profundas para exportar las riquezas del interior, y lo construyeron aquí. La ciudad se desarrolló al ritmo del ferrocarril, inaugurado en 1934, y del puerto, que sigue siendo uno de los más importantes del golfo de Guinea.
El gran salto llegó con el petróleo. Desde los años setenta, el descubrimiento y la explotación de yacimientos petroleros mar adentro convirtieron a Pointe-Noire en la capital energética del Congo, sede de las compañías del sector y motor de la economía nacional. El crudo trajo riqueza, trabajo y también fuertes desigualdades y una expansión urbana acelerada.
Hoy Pointe-Noire combina su faceta industrial y portuaria con playas urbanas, una gastronomía sabrosa que aprovecha el pescado del Atlántico y una vida nocturna reconocida. Es la puerta de entrada al Congo costero: desde ella se accede a los cañones de Diosso, al sitio histórico de Loango, al macizo del Mayombe y a los parques del litoral. Una ciudad que mira al mar y que resume las tensiones y las oportunidades del Congo contemporáneo.
A pocos kilómetros de Pointe-Noire, las gargantas de Diosso ofrecen uno de los paisajes más espectaculares del país: un gran anfiteatro de acantilados y barrancos de tierra roja y ocre, esculpidos por la erosión a lo largo de milenios, que los congoleños llaman con orgullo "el pequeño cañón del Colorado". Sus colores encendidos, sobre todo al atardecer, contrastan con el verde de la vegetación que asoma entre las paredes. Muy cerca está Diosso, antigua capital del reino de Loango, con su museo dedicado a la cultura vili.
Tierra adentro se levanta el macizo del Mayombe, una cadena de montañas cubiertas de selva densa y húmeda que se extiende entre Pointe-Noire y la frontera con la RD Congo y el enclave angoleño de Cabinda. Es una región de biodiversidad notable, con cascadas, ríos y una vegetación exuberante, protegida en parte por la Reserva de Biosfera de Dimonika. El Mayombe fue también uno de los tramos más duros y mortíferos de la construcción del ferrocarril Congo-Océan, que debió abrirse paso a través de sus laderas.
Entre la costa y el Mayombe se encuentra Dolisie, la tercera ciudad del país, tranquila parada ferroviaria y comercial en la ruta entre Brazzaville y Pointe-Noire. Sirve de base para acercarse al macizo, a sus cascadas y a las zonas de selva del suroeste. Toda esta región costera y montañosa —de los cañones rojos de Diosso a las cumbres verdes del Mayombe— muestra una cara del Congo distinta de la de las mesetas y la selva ecuatorial: la del Atlántico, la sal y la roca.
El norte del país está cubierto por la gran selva ecuatorial de la cuenca del Congo, el segundo bosque tropical más extenso del mundo después del Amazonas y una pieza clave en la lucha contra el cambio climático. Es un océano verde de árboles gigantes, ríos anchos y humedales, que se prolonga a través de varios países y que alberga inmensas turberas —depósitos de materia orgánica— capaces de almacenar cantidades enormes de carbono. Se lo considera, con razón, uno de los grandes pulmones y "sumideros" de carbono de la Tierra.
Esta selva es también el hogar ancestral de los pueblos aka y baka, cazadores-recolectores del bosque con un conocimiento profundísimo de su entorno y una música polifónica reconocida por la UNESCO. Y es uno de los últimos grandes refugios de fauna del planeta: aquí viven gorilas de llanura occidental, chimpancés, elefantes de bosque, búfalos, bongos y una increíble diversidad de aves e insectos, muchos de ellos difíciles de ver en cualquier otro lugar.
El río Sangha, afluente del Congo, es la gran vía de esta región. A sus orillas está Ouésso, la principal ciudad del norte selvático, puerta de entrada logística a los parques y punto de encuentro de la cultura del bosque y de los pueblos del río. Desde allí se organiza el acceso a dos de las áreas protegidas más extraordinarias de África: Odzala-Kokoua y Nouabalé-Ndoki.
El Parque Nacional Odzala-Kokoua es una de las joyas del Congo y uno de los mejores destinos de gorilas de toda África. Creado originalmente en 1935, es uno de los parques más antiguos del continente, y protege un vastísimo territorio de selva, sabanas y ríos en el noroeste del país. Se estima que en su interior viven varios miles de gorilas de llanura occidental, además de chimpancés, elefantes de bosque, búfalos y bongos.
Su gran particularidad son los "bais": claros pantanosos en medio de la selva, ricos en minerales, a los que acuden los animales a alimentarse y socializar. Desde plataformas de observación, los visitantes pueden ver elefantes de bosque, gorilas, búfalos y sitatungas congregarse en estos escenarios naturales únicos, en algunas de las experiencias de vida salvaje más impresionantes del planeta. El seguimiento de familias de gorilas habituadas permite, además, encuentros cercanos y respetuosos con estos grandes simios.
Odzala combina una biodiversidad excepcional con un modelo de turismo de bajo impacto y de conservación de largo plazo, gestionado junto a organizaciones internacionales y comunidades locales. En un país que apuesta cada vez más por el petróleo, parques como Odzala-Kokoua representan la otra gran riqueza del Congo —su naturaleza— y una alternativa de futuro basada en protegerla.
En el extremo norte, sobre la frontera con Camerún y la República Centroafricana, el Parque Nacional Nouabalé-Ndoki protege una de las selvas más intactas del planeta, tan poco tocada por el ser humano que se la ha apodado "el último Edén". Creado en 1993 y gestionado junto a la Wildlife Conservation Society, es célebre porque muchos de sus animales nunca habían visto humanos y no muestran miedo, lo que permite observaciones extraordinarias.
El parque forma parte del complejo Trinacional del Sangha, un área transfronteriza que comparten Congo, Camerún y la República Centroafricana y que la UNESCO inscribió como Patrimonio de la Humanidad en 2012 por su valor natural excepcional. En su interior están algunos de los "bais" más famosos de África: sobre todo Mbeli Bai, un gran claro pantanoso que funciona como observatorio natural, donde investigadores y visitantes contemplan durante horas a familias enteras de gorilas de llanura y a elefantes de bosque reunirse en el agua. Décadas de estudio en Mbeli Bai han transformado lo que sabemos sobre el comportamiento de los gorilas.
Nouabalé-Ndoki es un símbolo de lo que el Congo puede ofrecer al mundo: una selva primaria casi virgen, poblada de gorilas, chimpancés y elefantes, protegida de la tala y la caza furtiva. Es un destino remoto y difícil, al que se llega tras un largo viaje por pista y por río desde Ouésso, pero también uno de los lugares más puros y sobrecogedores que quedan en la Tierra.
Al norte de Brazzaville se extienden las mesetas Batéké, un altiplano de sabanas onduladas cubiertas de pastos, salpicadas de galerías de bosque a lo largo de los ríos y cortadas por valles profundos. Es un paisaje muy distinto del de la selva ecuatorial del norte del país: más abierto, más seco, de horizontes amplios. Y es, ante todo, la tierra histórica del pueblo teke (o tio), uno de los grupos bantúes más antiguos e influyentes de la región.
Aquí tuvo su base el reino Teke, también llamado Anziku o reino Tio, cuyo soberano, el Makoko, dominaba las tierras al norte del Pool Malebo mucho antes de la llegada de los europeos. Fue precisamente el Makoko quien, en 1880, firmó con Brazza el tratado que abrió el Congo a Francia; sin ese acuerdo, la historia colonial de la región habría sido otra. Los teke conservan tradiciones espirituales muy ricas, célebres por sus máscaras rituales circulares —las máscaras kidumu— y por el papel de los nkoi y los espíritus de la naturaleza.
Las mesetas Batéké se prolongan a ambos lados de la frontera con Gabón, y en su parte congoleña albergan un parque nacional que protege sus ecosistemas de sabana, únicos en un país mayoritariamente selvático. Es una región de baja densidad de población, de aldeas dispersas y de una belleza serena, donde la historia del reino Teke sigue presente en la memoria y en la cultura de sus habitantes.
En el corazón de las mesetas Batéké, la reserva de Lésio-Louna se ha convertido en uno de los grandes proyectos de conservación del país. Gestionada por la Fundación Aspinall junto al Estado congoleño, la reserva rehabilita gorilas de llanura occidental huérfanos y rescatados —muchos víctimas del tráfico y de la caza furtiva— con el objetivo de devolverlos, cuando es posible, a la vida salvaje. Es una historia de reparación: individuos que perdieron a sus familias reciben cuidados, aprenden a vivir en el bosque y, poco a poco, recuperan su libertad.
El entorno hace única a la reserva. Se llega navegando en barca por el río, entre sabanas y galerías de bosque, en lo que es la mejor excursión de un día desde Brazzaville. En medio de ese paisaje se esconde el Lac Bleu, un pequeño lago de aguas de un turquesa intenso, encajado entre la sabana arbolada, que parece sacado de una postal y que suele combinarse con la visita a los gorilas.
Lésio-Louna representa una forma distinta de relación con la fauna: no la del safari clásico, sino la de la conservación activa y la reintroducción. En un país donde los grandes simios sufren la presión de la caza y la pérdida de hábitat, proyectos como este —y como los de las reservas del norte— son una esperanza concreta para la supervivencia de los gorilas de llanura, y una razón poderosa para acercarse a las mesetas.
Más al norte, la reserva de fauna de la Léfini es la más antigua del Congo: fue creada en la época colonial, a mediados del siglo XX, para proteger la fauna de la región de las mesetas. Toma su nombre del río Léfini, un afluente del Congo que la atraviesa, y combina sabanas abiertas, galerías de bosque a lo largo de los cursos de agua y sectores de selva, un mosaico de ambientes que sostiene una notable diversidad de vida.
La Léfini es refugio de gorilas de llanura, búfalos de bosque, antílopes, monos y una rica avifauna, y ha servido también como zona de reintroducción vinculada a los programas de rehabilitación de gorilas de las mesetas. Sus paisajes de agua y sabana, sus rápidos y sus miradores hacen de ella un destino de naturaleza aún poco explorado, muy diferente de los grandes parques selváticos del norte.
Junto con Lésio-Louna y el parque nacional de las mesetas Batéké, la Léfini forma un corredor de conservación en esta región de transición entre la sabana y el bosque. Es una parte del Congo donde la naturaleza se recorre despacio, en barca o a pie, y donde la conservación de la fauna se entrelaza con la historia del reino Teke que dominó estas tierras altas durante siglos.