La estrecha franja atlántica del Congo fue, durante siglos, el corazón del reino de Loango, uno de los Estados africanos más prósperos de la costa antes de la colonización. Fundado por el pueblo vili probablemente antes de 1485, Loango vivió del comercio del marfil, el cobre, la sal y sus célebres paños de rafia, que servían de moneda. Su capital, Buali, cerca de la actual Diosso, era un centro político y mercantil que trataba de igual a igual con los navegantes europeos.
A partir del siglo XVIII, sin embargo, la costa de Loango se convirtió en una de las grandes puertas de la trata atlántica de esclavos. Desde sus puertos se embarcaron, a lo largo de la historia, más de dos millones de personas arrancadas de un enorme interior. Cerca de Pointe-Noire, el sitio histórico de Loango conserva la memoria de esa tragedia, con su antiguo puerto de embarque y su "camino de los esclavos". El museo Ma Loango, en Diosso, resguarda hoy el patrimonio del reino y de su cultura vili.
El fin de la trata en el siglo XIX arruinó a Loango, que hacia 1880 se había fragmentado en pequeños grupos justo cuando llegaba la colonización francesa. Aquella costa, cargada de historia, sigue siendo el rostro atlántico del Congo: el de los pescadores vili, el de la sal y el pescado, y el de una memoria dolorosa que conviene nombrar sin rodeos.
Pointe-Noire es la segunda ciudad del país y su capital económica: un puerto atlántico animado, cosmopolita y en pleno crecimiento. Su historia moderna arranca en el siglo XX, cuando fue elegida como terminal marítima del ferrocarril Congo-Océan: los franceses necesitaban un puerto de aguas profundas para exportar las riquezas del interior, y lo construyeron aquí. La ciudad se desarrolló al ritmo del ferrocarril, inaugurado en 1934, y del puerto, que sigue siendo uno de los más importantes del golfo de Guinea.
El gran salto llegó con el petróleo. Desde los años setenta, el descubrimiento y la explotación de yacimientos petroleros mar adentro convirtieron a Pointe-Noire en la capital energética del Congo, sede de las compañías del sector y motor de la economía nacional. El crudo trajo riqueza, trabajo y también fuertes desigualdades y una expansión urbana acelerada.
Hoy Pointe-Noire combina su faceta industrial y portuaria con playas urbanas, una gastronomía sabrosa que aprovecha el pescado del Atlántico y una vida nocturna reconocida. Es la puerta de entrada al Congo costero: desde ella se accede a los cañones de Diosso, al sitio histórico de Loango, al macizo del Mayombe y a los parques del litoral. Una ciudad que mira al mar y que resume las tensiones y las oportunidades del Congo contemporáneo.
A pocos kilómetros de Pointe-Noire, las gargantas de Diosso ofrecen uno de los paisajes más espectaculares del país: un gran anfiteatro de acantilados y barrancos de tierra roja y ocre, esculpidos por la erosión a lo largo de milenios, que los congoleños llaman con orgullo "el pequeño cañón del Colorado". Sus colores encendidos, sobre todo al atardecer, contrastan con el verde de la vegetación que asoma entre las paredes. Muy cerca está Diosso, antigua capital del reino de Loango, con su museo dedicado a la cultura vili.
Tierra adentro se levanta el macizo del Mayombe, una cadena de montañas cubiertas de selva densa y húmeda que se extiende entre Pointe-Noire y la frontera con la RD Congo y el enclave angoleño de Cabinda. Es una región de biodiversidad notable, con cascadas, ríos y una vegetación exuberante, protegida en parte por la Reserva de Biosfera de Dimonika. El Mayombe fue también uno de los tramos más duros y mortíferos de la construcción del ferrocarril Congo-Océan, que debió abrirse paso a través de sus laderas.
Entre la costa y el Mayombe se encuentra Dolisie, la tercera ciudad del país, tranquila parada ferroviaria y comercial en la ruta entre Brazzaville y Pointe-Noire. Sirve de base para acercarse al macizo, a sus cascadas y a las zonas de selva del suroeste. Toda esta región costera y montañosa —de los cañones rojos de Diosso a las cumbres verdes del Mayombe— muestra una cara del Congo distinta de la de las mesetas y la selva ecuatorial: la del Atlántico, la sal y la roca.