Gran Comora, Ngazidja en shikomori, es la mayor y más poblada de las islas, y la que da nombre y capital al país. Es también la más joven geológicamente: casi toda ella es obra del volcán Karthala, con vastas coladas de lava negra, suelos porosos que se tragan la lluvia y costas de roca volcánica alternadas con playas de arena clara y ocre.
Durante siglos, Ngazidja fue el ejemplo perfecto de los "sultanats batailleurs": llegó a estar dividida en once sultanatos que competían y guerreaban entre sí. Los más poderosos fueron los de Itsandra y Bambao, cada uno con su capital y su palacio. A diferencia de la vecina Anjouan, unificada bajo un solo sultanato, Ngazidja vivió esa fragmentación política que la hizo, a la vez, culturalmente riquísima y militarmente débil.
Esa historia de reinos rivales quedó escrita en el paisaje: medinas de piedra de coral, mezquitas antiguas, ruinas de palacios y ciudadelas repartidas por la isla. Fue aquí, cerca de Moroni, donde en 1886 las fuerzas francesas derrotaron al sultán Said Ali y sellaron el protectorado; y fue aquí donde Léon Humblot montó su imperio de plantaciones. Ngazidja concentra, en pocos kilómetros, casi toda la historia comorense.
Moroni, la capital, fue en su origen un pequeño sultanato costero y hoy es el corazón político y espiritual del país. Su nombre significaría "en el corazón del fuego", en alusión al Karthala que la domina. El alma de la ciudad es su Vieille Ville, un laberinto de callejones estrechos, casas de patios interiores y puertas de madera tallada que baja hasta un pequeño puerto de dhows, esas embarcaciones a vela que cruzan el Índico desde hace siglos.
Su joya es la Ancienne Mosquée du Vendredi, la Antigua Mezquita del Viernes, cuya construcción se remonta a 1427 y que la convierte en una de las mezquitas más antiguas de la región. Asomada al mar, con su minarete blanco, es el símbolo de Moroni y un testimonio vivo de la fe musulmana que llegó con los shirazi y que profesa la casi totalidad de los comorenses.
Modesta para ser capital nacional —apenas unas decenas de miles de habitantes—, Moroni conserva un encanto detenido en el tiempo, entre el bullicio de su mercado, el canto del muecín y el olor a clavo y a ylang-ylang. Desde ella se gobierna la Unión de las Comoras y se administra el reclamo, nunca abandonado, sobre la isla de Mayotte.
Antes de que Moroni concentrara el poder, otras ciudades de Ngazidja fueron cabeza de sultanato, y sus ruinas siguen en pie. A pocos kilómetros al sur de la capital, Iconi fue la capital del poderoso sultanato de Bambao, dos siglos antes del apogeo de Itsandra. Allí se alzan las ruinas del palacio de los sultanes y una ciudadela sobre acantilados que asoman al mar, un lugar cargado de memoria: la tradición recuerda que, durante las razzias esclavistas malgaches, mujeres de Iconi se arrojaron desde los acantilados para no ser capturadas.
Al norte de Moroni, Itsandra fue el otro gran centro de poder de la isla. Su medina, con orígenes que se remontan al siglo XIV, es considerada una de las cunas de la cultura swahili en las Comoras. Junto al pueblo se conservan las ruinas de un fuerte histórico y una playa tranquila, y sus atardeceres sobre el Índico son de los más celebrados del archipiélago.
Estos dos enclaves resumen la historia política de Ngazidja: un tablero de sultanatos que se disputaban el mar y las cosechas, dejando tras de sí palacios, murallas y mezquitas. Recorrer Iconi e Itsandra es leer, sobre la piedra, la historia de los sultanatos guerreros de Gran Comora.
Toda Gran Comora vive a la sombra del Karthala, uno de los volcanes activos más grandes del mundo. Con 2.361 metros, es el punto más alto de las Comoras, y su caldera es uno de los cráteres más anchos del planeta. Sigue en actividad —tuvo erupciones importantes en las últimas décadas, en 2005 y 2006— y ascender a su borde, en una caminata exigente de uno o dos días entre selva de altura y desierto de cenizas, es la gran aventura del archipiélago.
El volcán modeló buena parte del paisaje isleño. En el norte, el Lac Salé es un lago de cráter de agua salada e intenso color turquesa-verdoso, encajado entre coladas de lava negra al borde del mar, una de las postales naturales más famosas del país. En la costa este, calas como la playa de Chomoni combinan arena clara con roca volcánica oscura y cocoteros, en algunos de los rincones más fotogénicos y solitarios de las Comoras.
Esa naturaleza volcánica es una bendición y una amenaza a la vez. La lava dio a la isla suelos fértiles para el ylang-ylang y las especias, pero su porosidad hace que el agua dulce escasee, y las erupciones del Karthala recuerdan periódicamente que Ngazidja es, literalmente, una montaña viva emergida del Índico.