Fogo —"fuego" en portugués— es, literalmente, un volcán que emerge del mar. Toda la isla es la ladera de un único y enorme estratovolcán coronado por el Pico do Fogo, que con sus 2.829 metros es el punto más alto de Cabo Verde. Es el único volcán realmente activo del archipiélago y una de las montañas más impresionantes del Atlántico.
Su historia está marcada por las erupciones. En 1680, una gran erupción obligó a evacuar parte de la población hacia la vecina isla de Brava. Desde entonces el volcán ha entrado en actividad numerosas veces. La erupción más reciente, entre noviembre de 2014 y febrero de 2015, sepultó bajo la lava las aldeas de Portela y Bangaeira, en el interior del cráter, y desplazó a casi mil personas, que después regresaron con terca tenacidad a reconstruir sus casas sobre la lava.
Esa relación de amor y peligro con el volcán define a Fogo. Su suelo volcánico, negro y fértil, es a la vez amenaza y bendición: destruye pueblos, pero regala una tierra excepcional para el café y la vid.
El lugar más asombroso de Fogo es Chã das Caldeiras, una comunidad que vive, contra toda lógica, dentro de la caldera del volcán, al pie mismo del Pico do Fogo. Sus habitantes cultivan la tierra entre campos de lava y conviven con la certeza de que, cada cierto tiempo, el volcán volverá a rugir, como hizo en 2014-2015 arrasando sus aldeas.
Lo que los mantiene aferrados a este paisaje extremo es, sobre todo, la vid. En el suelo volcánico de Chã se cultivan viñas que dan el célebre vino del Fogo, el "vino de lava", cuyo origen la tradición atribuye a un noble francés afincado en la isla en el siglo XIX. Es un vino singular, emblema del terroir volcánico caboverdiano, que se elabora en condiciones heroicas y se ha convertido en un producto de orgullo nacional.
Desde Chã das Caldeiras parte también la ascensión al Pico do Fogo, una dura pero inolvidable caminata hasta el techo de Cabo Verde, con vistas sobre el mar de lava y el resto del archipiélago. Subir el volcán y bajar a probar su vino es una de las grandes experiencias del país.
En la costa oeste de Fogo, asomada al mar sobre playas de arena negra, se alza São Filipe, la capital de la isla y una de las ciudades coloniales más elegantes de Cabo Verde. Sus calles empedradas están flanqueadas por sobrados, las señoriales casonas de dos plantas con fachadas de colores pastel y balcones de hierro forjado, herencia de las familias acomodadas que vivieron del comercio del café y del vino.
El café es, junto al vino, el gran producto de Fogo. Introducido por los portugueses hace más de dos siglos, el café arábica de la isla crece en las laderas volcánicas del municipio de Mosteiros, entre los 350 y los 1.300 metros de altura, favorecido por el suelo rico y el microclima húmedo. El café del Fogo tiene fama de excelente y forma parte de la identidad de la isla tanto como su volcán.
São Filipe conserva ese aire señorial y tranquilo de puerto colonial venido a menos, con sus miradores sobre el Atlántico y la sombra permanente del Pico do Fogo al fondo. Es la puerta de entrada a la isla y el mejor lugar para empezar a entender su cultura de fuego, café y vino.
Al oeste de Fogo, pequeña y remota, se esconde Brava, la menor de las islas habitadas de Cabo Verde. Verde, montañosa y a menudo envuelta en neblina, es conocida como "la isla de las flores" por la abundancia de su vegetación. Parte de su población actual desciende de quienes huyeron de las erupciones del Fogo en el siglo XVII y se refugiaron aquí.
Brava es también tierra de emigrantes y de poetas. Su vínculo con la caza de ballenas del siglo XIX ligó a la isla estrechamente con Nueva Inglaterra, y de aquí partieron generaciones enteras rumbo a Estados Unidos. En Brava nació y vivió Eugénio Tavares (1867-1930), el gran poeta de la morna, que escribió versos inmortales en criollo caboverdiano y contribuyó a dar dignidad literaria a la lengua del pueblo.
Hoy Brava sigue siendo un refugio de calma absoluta. No tiene aeropuerto operativo, así que solo se llega en ferry desde Fogo, lo que la mantiene al margen del turismo masivo. Quien hace el esfuerzo encuentra caminatas entre montañas floridas, pueblos tranquilos y la sensación de haber llegado al último rincón de Cabo Verde.