El norte de Burkina Faso pertenece al Sahel, esa gran franja semiárida que orla el Sáhara y que hace de transición entre el desierto y la sabana. Es una tierra de horizontes inmensos, dunas incipientes, acacias espinosas y pozos disputados, donde la vida depende del agua y del ganado. Aquí dominan pueblos de tradición pastoril y nómada —los peul (fulani), los tuareg, los bella y los songhai—, muy distintos de los agricultores mossi de la meseta central.
Durante siglos, esta región fue un cruce de las rutas caravaneras que unían el África negra con el norte del desierto, por las que circulaban la sal, el ganado, los tejidos y también las personas esclavizadas. Los mercados sahelianos, donde se encontraban pastores, comerciantes y agricultores de distintas etnias, eran auténticos crisoles culturales, y algunos alcanzaron fama mucho más allá de la región.
Ese mundo saheliano, de una riqueza humana extraordinaria, es también uno de los más frágiles y castigados del planeta: las sequías recurrentes, la desertización y, en las últimas décadas, la violencia armada han golpeado con dureza a sus habitantes. Contar su historia es también reconocer su situación actual con honestidad.
Dos nombres resumen el norte saheliano de Burkina Faso. Gorom-Gorom fue durante mucho tiempo célebre por su mercado semanal, uno de los más pintorescos de África Occidental, donde se daban cita tuareg de turbante índigo, mujeres peul con sus adornos de oro, bella y songhai, en un despliegue de colores, ganado y productos que atraía a viajeros de todo el mundo. Era el gran escaparate del mosaico étnico del Sahel burkinés.
Dori, algo más al este, es una antigua ciudad caravanera, capital de la región del Sahel, que fue durante siglos un cruce comercial y un centro del islam en la zona, ligada históricamente a los peul del Liptako. Ambas localidades encarnaban la cara más profundamente saheliana y musulmana del país, muy diferente del centro mossi o del sur animista.
Hoy, sin embargo, toda esta región figura entre las más afectadas por la crisis de seguridad. La violencia yihadista ha vaciado aldeas, cortado caminos y desplazado a cientos de miles de personas, y el norte se encuentra en gran parte fuera del control efectivo del Estado. Por eso estos destinos, antaño soñados por los viajeros, están hoy fuertemente desaconsejados y se incluyen aquí sobre todo como referencia cultural e histórica, con el deseo de que algún día vuelvan a ser accesibles en paz.
El norte y el este de Burkina Faso son hoy el epicentro de la insurgencia yihadista que, desde mediados de la década de 2010, se desbordó desde Malí hacia el país. Grupos vinculados a Al Qaeda (el JNIM) y al Estado Islámico han atacado poblaciones, escuelas y mercados, imponiendo su ley en amplias zonas rurales y provocando una de las mayores crisis de desplazamiento del mundo, con más de dos millones de burkinabè obligados a abandonar sus hogares.
Esta emergencia fue precisamente el detonante de la inestabilidad política reciente: la incapacidad de sucesivos gobiernos para frenar la violencia justificó los dos golpes militares de 2022 y el giro soberanista de la actual transición. Regiones enteras que hace pocos años recibían viajeros hoy son inaccesibles, y la vida de sus habitantes —pastores, agricultores, comerciantes— ha quedado trastocada por completo.
Recordar la historia del Sahel burkinés —sus caravanas, sus mercados legendarios, su extraordinaria diversidad de pueblos— es también un acto de dignidad frente a la adversidad. Estas tierras han conocido siglos de intercambio y convivencia, y su cultura pervive en la memoria de sus gentes y en la esperanza de un futuro en el que Gorom-Gorom y Dori vuelvan a ser, como fueron, encrucijadas de vida y no de conflicto.