Constantina es una de las ciudades más antiguas y espectaculares de Argelia. Encaramada sobre una roca cortada por el profundo cañón del río Rhummel, fue la antigua Cirta, capital del reino de Numidia y sede del gran rey bereber Masinisa en el siglo II a.C. Su posición, casi inexpugnable, la convirtió durante milenios en una plaza fuerte codiciada.
Su nombre actual proviene del emperador romano Constantino el Grande, que la reconstruyó tras una destrucción y le dio su nombre hacia el año 313. Bajo Roma, Cirta-Constantina fue una ciudad rica y populosa, capital de una confederación de colonias. Más tarde pasó por manos vándalas, bizantinas, árabes y otomanas, siempre conservando su papel de gran centro del este argelino.
Su rasgo más asombroso son los puentes. La ciudad, partida por la garganta del Rhummel, está cosida por una serie de pasarelas vertiginosas —como el puente colgante de Sidi M’Cid, inaugurado en 1912 y durante un tiempo uno de los más altos del mundo— que le valieron el apodo de «la ciudad de los puentes». Con su medina, sus mezquitas otomanas y sus palacios, Constantina es también un centro de la música andalusí y de la tradición erudita argelina.
En una llanura desnuda al pie de los montes Aurès se despliega Timgad, la antigua Thamugadi, quizá el mejor ejemplo de urbanismo romano que se conserva. Fue fundada de la nada por el emperador Trajano hacia el año 100 d.C. como colonia para los veteranos de la Legio III Augusta, y concebida sobre un plano ortogonal casi perfecto, con el cardo y el decumano cruzándose en el centro.
Enterrada durante siglos por las arenas del desierto, Timgad se conservó extraordinariamente bien. Hoy se pueden recorrer sus calles empedradas con las marcas de los carros, su foro, su teatro para miles de espectadores, sus termas, su arco de Trajano y hasta los restos de una biblioteca pública, un lujo poco común en el mundo antiguo. Una inscripción hallada en la ciudad resume con humor el espíritu de sus habitantes: «cazar, bañarse, jugar y reír: eso es vivir».
Timgad prosperó como centro agrícola y cristiano hasta que fue saqueada por los vándalos y por incursiones bereberes, y finalmente abandonada. La UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad en 1982. Perderse entre sus ruinas doradas, con las montañas de fondo, es una de las experiencias más impresionantes que ofrece la Argelia romana.
Si Timgad asombra por su trazado geométrico en la llanura, Djémila —cuyo nombre significa «la bella» en árabe— seduce por su emplazamiento. La antigua Cuicul fue fundada bajo el emperador Nerva, a finales del siglo I, sobre un estrecho espolón rocoso a casi 900 metros de altura, entre dos barrancos. Los ingenieros romanos tuvieron que adaptar el plano ideal de la ciudad al terreno accidentado, y de ahí nació un conjunto urbano de una armonía singular.
Djémila conserva un foro, templos, basílicas, arcos, mercados y casas, y sobre todo una extraordinaria colección de mosaicos, hoy reunidos en su museo, que están entre los más bellos del mundo romano. Fue también un importante centro cristiano en la Antigüedad tardía, con sus basílicas y su baptisterio.
Como Timgad, Djémila fue abandonada tras las invasiones y quedó olvidada hasta su excavación en el siglo XX. Inscrita en la lista de la UNESCO en 1982, es uno de los conjuntos romanos mejor conservados del mundo. Timgad y Djémila, juntas, hacen del noreste argelino un destino de primer orden para quien quiera entender el esplendor del África romana.
En la costa nororiental, cerca de la frontera con Túnez, se extiende Annaba, una ciudad mediterránea de ambiente relajado que fue una de las grandes urbes de la Antigüedad: la Hipona romana (Hippo Regius), antigua capital de reyes númidas y luego floreciente ciudad romana y puerto.
Hipona es célebre sobre todo por San Agustín, uno de los pensadores más influyentes de la historia de Occidente. Nacido en 354 en la cercana Tagaste, Agustín fue obispo de Hipona desde 396 hasta su muerte, en el año 430, mientras los vándalos asediaban la ciudad. Allí escribió buena parte de su obra, incluidas las Confesiones y La ciudad de Dios. Sobre la colina que domina las ruinas de Hipona, los franceses levantaron a finales del siglo XIX la monumental basílica de San Agustín, que conserva una reliquia del santo y sigue siendo lugar de peregrinación.
Hoy Annaba es una ciudad industrial y portuaria importante, con playas mediterráneas, un centro histórico animado y las evocadoras ruinas de Hipona, donde columnas y mosaicos recuerdan que aquí vivió y murió uno de los grandes padres de la Iglesia. Es la puerta oriental de Argelia y un cruce de historias romana, cristiana y árabe.