En el extremo sureste del país, cerca de Djanet, se extiende la meseta del Tassili n’Ajjer, un paisaje lunar de «bosques de piedra», arcos naturales y cañones esculpidos por la erosión durante millones de años. Pero su mayor tesoro no es geológico, sino artístico: sus paredes guardan una de las mayores y más antiguas galerías de arte rupestre del mundo, con miles de pinturas y grabados que llegan hasta unos doce mil años de antigüedad.
Esas imágenes son un archivo asombroso del pasado del Sahara. Muestran que este desierto, hoy uno de los lugares más áridos de la Tierra, fue en otras épocas una sabana verde y húmeda, poblada de elefantes, jirafas, hipopótamos y cocodrilos, y habitada por cazadores y por pastores con sus rebaños. Las escenas de caza, danza, ganado y vida cotidiana permiten seguir, milenio a milenio, la desecación del Sahara y la transformación de sus pobladores.
La UNESCO reconoció el valor excepcional del Tassili n’Ajjer inscribiéndolo en 1982 como Patrimonio de la Humanidad, tanto por su riqueza arqueológica como por su geología y su biodiversidad. Recorrer sus mesetas, con guías tuareg, es viajar a la vez a un paisaje de otro planeta y a los orígenes del arte y de la humanidad.
Djanet es el gran oasis del sureste argelino y la puerta de entrada al Tassili y al desierto profundo. Es un pueblo de palmerales y casas de tierra habitado sobre todo por tuareg, el pueblo bereber nómada del Sahara, conocido por sus «hombres azules» —por el índigo de sus turbantes— y por una cultura milenaria adaptada al desierto, con su lengua tamahaq y su escritura tifinagh.
Al sur de Djanet se abre la Tadrart Rouge, un rincón espectacular de dunas anaranjadas gigantescas, arcos de piedra, cañones y lagunas fósiles, considerado uno de los paisajes más bellos de todo el Sahara. Se recorre en vehículos 4x4 y acampando bajo las estrellas, con la guía imprescindible de los tuareg, que conocen cada pista y cada fuente de este territorio inmenso y sin caminos.
Djanet es también un centro de la cultura tuareg, con sus festivales, su música y su artesanía de plata y cuero. Su ambiente pausado, sus atardeceres sobre las dunas y su cielo nocturno purísimo hacen de la región una de las experiencias más intensas que ofrece Argelia a quien se aventura hasta el corazón del Sahara.
En el centro del Sahara argelino se levanta el Hoggar (Ahaggar), un macizo volcánico de una belleza sobrecogedora, un mundo de agujas de basalto, picos afilados y mesetas negras que se elevan sobre el desierto. Sus cumbres, como el monte Tahat, la más alta de Argelia, superan los 2.900 metros, y el aire fresco de la altura contrasta con el calor de las llanuras circundantes.
Su punto más famoso es el Assekrem, a más de 2.700 metros, célebre por sus amaneceres y atardeceres, cuando la luz incendia las siluetas dentadas de los picos volcánicos en uno de los espectáculos naturales más impresionantes del planeta. Allí, en 1911, el sacerdote y explorador francés Charles de Foucauld estableció una ermita para vivir entre los tuareg; su figura, y el estudio pionero que hizo de la lengua tamahaq, siguen ligados a estas montañas.
La capital de la región es Tamanrasset, un oasis que es el gran centro tuareg del sur y base para explorar el macizo, siempre con guías locales y permisos. El Hoggar es el territorio de los Kel Ahaggar, una confederación tuareg históricamente dirigida por un jefe supremo, el amenokal. Paisaje volcánico, espiritualidad del desierto y cultura tuareg se funden en este rincón mítico del Gran Sur argelino.