Bulawayo, la segunda ciudad de Zimbabwe, nació sobre el corazón del reino ndebele. Aquí tuvo su capital el rey Lobengula, en un poblado real llamado koBulawayo, nombre que suele traducirse como "el lugar de la matanza" o "del que es perseguido", en referencia a las luchas de sucesión que llevaron a Lobengula al trono. Fue desde aquí que el rey trató, en vano, de contener el avance de la British South Africa Company.
Tras la derrota ndebele en 1893 y el incendio de la ciudad real, los colonos fundaron sobre sus cenizas, en 1894, la Bulawayo colonial. La trazaron con avenidas extraordinariamente anchas —según la tradición, para que una carreta tirada por bueyes pudiera dar la vuelta completa— que todavía hoy caracterizan su fisonomía, junto a la arquitectura colonial de fines del siglo XIX y comienzos del XX.
Bulawayo se convirtió en el gran centro industrial y ferroviario de Rhodesia y de Zimbabwe, sede de talleres, fábricas y del importante Museo de Historia Natural, uno de los mejores del sur de África. Como capital de Matabeleland, la región de mayoría ndebele, cargó también con el peso del Gukurahundi de los años ochenta, y mantiene una identidad cultural propia, orgullosamente ndebele, frente al centro shona del país.
A unos 35 kilómetros al sur de Bulawayo se levanta uno de los paisajes más surrealistas de África: las colinas de Matobo (o Matopos), un mar de bloques de granito de más de 2.000 millones de años erosionados en formas imposibles, con enormes rocas en equilibrio, domos pulidos y castillos de piedra. La UNESCO declaró el sitio Patrimonio de la Humanidad en 2003.
Esas rocas guardan una de las mayores concentraciones de arte rupestre del sur de África: los abrigos de Nswatugi, Pomongwe o Silozwane conservan pinturas san de miles de años —escenas de caza, figuras humanas, animales, la famosa jirafa "corriendo"—, testimonio de decenas de milenios de presencia humana. Para los pueblos que vinieron después, Matobo siguió siendo tierra sagrada: alberga el santuario oracular de Njelele, ligado al culto del dios supremo Mwari.
Matobo es también un panteón de la historia moderna. El fundador ndebele Mzilikazi fue enterrado en estas colinas, que su pueblo consideraba morada de los espíritus (Malindidzimu). Décadas después, Cecil Rhodes eligió el mismo lugar para su tumba: en la cima de World's View, excavada en el granito, descansan Rhodes y sus allegados, en un sitio que hoy provoca debates sobre la memoria colonial. El parque protege además una notable población de rinocerontes blancos y negros, y una de las mayores densidades de leopardos y águilas negras del continente.
A unos 22 kilómetros de Bulawayo se alzan las ruinas de Khami, uno de los grandes yacimientos de piedra del país y, sin embargo, uno de los menos visitados. Fue la capital del Estado de Torwa entre alrededor de 1450 y 1650, es decir, la ciudad que heredó el poder y la tradición constructora del Gran Zimbabwe tras su abandono, y más tarde quedó ligada al ascenso del imperio Rozvi.
A diferencia de los muros macizos del Gran Zimbabwe, Khami se distingue por sus terrazas de piedra sobre las que se asentaban las viviendas de la élite, decoradas con vistosos patrones geométricos —en espiga, en tablero de ajedrez— que recorren los muros de contención. Es una arquitectura elegante, adaptada a un terreno de colinas junto al río Khami. La ciudad fue un floreciente centro de comercio: entre sus ruinas aparecieron objetos chinos, alemanes y españoles, prueba de que seguía conectada a las rutas del oro y del Índico.
Khami fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1986, el mismo año que el Gran Zimbabwe. Su relativo olvido la convierte en un destino tranquilo y evocador, donde se puede recorrer sin multitudes la memoria de los reinos shona que gobernaron estas tierras entre la caída del Gran Zimbabwe y la llegada de los ndebele.