En el extremo sur de Zambia, el río Zambeze se despeña por una grieta de más de un kilómetro y medio de ancho y cien metros de caída, generando la mayor cortina de agua del mundo. Los pueblos que habitaban la zona —tonga, lozi, leya— la llamaban desde siempre Mosi-oa-Tunya, 'el humo que truena', por la nube de rocío que se ve a kilómetros y el estruendo que produce en la estación de crecidas. Para muchos era un lugar sagrado, morada de espíritus, ante el que se realizaban rituales.
El 17 de noviembre de 1855, David Livingstone se convirtió en el primer europeo en contemplarlas, tras descender el Zambeze desde el interior, y las rebautizó Cataratas Victoria en honor a su reina. Su descripción maravillada difundió la existencia del salto por toda Europa y lo convirtió en uno de los grandes íconos de la exploración africana. Hoy las cataratas son Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, compartidas entre Zambia y Zimbabue, y conservan ambos nombres: el europeo y el ancestral.
Del lado zambiano, el visitante se acerca de manera íntima al borde del abismo: puentes y senderos permiten sentir el rocío en la cara y, en la estación seca, asomarse a la Piscina del Diablo (Devil's Pool), una poza natural al filo mismo de la caída donde se puede nadar con el vacío a centímetros. Es una de las experiencias más vertiginosas del turismo mundial.
A pocos kilómetros de las cataratas creció la ciudad de Livingstone, bautizada en honor al explorador. Fundada a comienzos del siglo XX junto al vado del Zambeze, se convirtió pronto en un nudo del comercio y el transporte coloniales, potenciado por la llegada del ferrocarril y la construcción, en 1905, del célebre puente sobre el desfiladero del Zambeze, tendido de tal modo que el rocío de las cataratas salpicara a los trenes.
Entre 1911 y 1935, Livingstone fue la capital de Rhodesia del Norte, antes de que el gobierno se trasladara a la más central Lusaka. Conserva de aquella época un aire colonial de edificios con galerías, museos y avenidas arboladas, y alberga el Museo Livingstone, el más antiguo y grande del país, con colecciones sobre la historia natural, la etnografía y la figura del propio explorador.
Hoy Livingstone es la capital turística y de la aventura de Zambia: base para visitar las cataratas, punto de partida de safaris, y meca de los deportes de adrenalina sobre el Zambeze —rafting en los rápidos, bungee desde el puente, tirolesas y vuelos panorámicos—. Un pueblo mestizo y cosmopolita que vive del río y de su historia.
Junto a las cataratas, sobre la ribera zambiana del Zambeze, se extiende el Parque Nacional Mosi-oa-Tunya, uno de los más pequeños del país pero de enorme valor. Además de proteger el entorno inmediato del salto y su bosque de vapor —una selva húmeda perpetuamente regada por el rocío, con especies vegetales únicas—, el parque incluye una sección de fauna donde pastan cebras, jirafas, ñus, impalas y búfalos a orillas del río.
Su mayor tesoro son los rinocerontes blancos. Reintroducidos y protegidos día y noche por guardas contra la caza furtiva, hacen del parque uno de los pocos lugares de Zambia donde se puede ver de cerca a estos gigantes amenazados, incluso en safaris a pie acompañados por guardabosques. Es un refugio pequeño pero clave para una especie que la caza furtiva llevó al borde de la extinción en buena parte de África.
El parque combina así naturaleza y memoria: el mismo tramo del Zambeze que asombró a Livingstone es hoy un espacio de conservación donde el turismo financia la protección de la fauna. A orillas del río, los atardeceres tiñen de rojo el agua mientras los hipopótamos resoplan y los cruceros al ocaso completan una de las postales clásicas del sur de Zambia.