Randa se asienta en un pequeño valle de la sierra de Goda, el macizo montañoso que se alza al norte del golfo de Tadjoura y que constituye una de las excepciones verdes del árido Yibuti. Estas montañas, que superan los 1.500 metros en sus cotas más altas, atrapan algo de humedad y niebla, lo que crea un microclima más fresco y benigno que el del desierto y la costa. Gracias a ello, en sus alturas sobrevive el bosque relicto de Day y prosperan fuentes, huertos y aldeas.
La geología de las Goda forma parte de la intensa historia tectónica y volcánica de Yibuti, en el marco del triángulo de Afar, donde se fracturan las grandes placas de la corteza terrestre. El resultado es un relieve accidentado de montañas, valles y escarpes, muy distinto de las llanuras salinas y los campos de lava del interior. Randa, encajada en ese relieve, disfruta de la relativa suavidad de la media montaña.
Esa combinación de altitud, agua y clima más fresco es lo que ha hecho habitable y atractiva la sierra de Goda a lo largo de los siglos. En un país donde el agua y la sombra son bienes escasos, las montañas de Goda —y pueblos como Randa— han sido siempre un refugio frente a las condiciones extremas de las tierras bajas.
Randa es, ante todo, un pueblo afar. Los afares son un pueblo pastoril y seminómada que habita el norte de Yibuti y las regiones vecinas de Etiopía y Eritrea, y que ha ocupado desde tiempos inmemoriales tanto los desiertos de las tierras bajas como las montañas de Goda. En estas alturas más frescas y algo más húmedas, los afares desarrollaron una forma de vida particular, combinando el pastoreo de cabras y ganado con el cultivo de pequeños huertos en terrazas, regados por las fuentes de la sierra.
Esa agricultura de montaña, posible gracias al agua y al clima más benigno, distingue a los pueblos de Goda —Randa, Bankoualé, Day— de las comunidades nómadas del desierto. Aquí se cultivan frutas y verduras, se aprovechan los manantiales y se vive de forma más sedentaria, aunque el pastoreo sigue siendo central. Es una cultura afar adaptada a la montaña, con sus propias tradiciones, su relación con el bosque y su conocimiento del territorio.
Durante generaciones, Randa ha sido un punto de encuentro rural de esa vida de montaña: lugar de mercado, de paso y de reunión para las comunidades de la sierra. Sus habitantes son los grandes conocedores del bosque de Day y de los senderos de Goda, un saber que hoy resulta clave para el turismo y para la conservación de la montaña.
La historia de Randa está íntimamente ligada a la del bosque de Day, que se extiende en las cotas altas justo por encima del pueblo. Durante siglos, el bosque de enebros fue para los habitantes de Randa y de la sierra una fuente de leña, de sombra y de pasto para el ganado, además de un elemento central del paisaje y de la vida de montaña. Esa relación estrecha tuvo, con el tiempo, un lado problemático: la presión del pastoreo y la tala contribuyó, junto al cambio del clima, a la degradación del bosque.
Con la declaración del bosque de Day como Parque Nacional y la creciente conciencia sobre su fragilidad, la relación entre las comunidades de la sierra y el bosque ha ido cambiando. Hoy se busca un equilibrio: proteger el bosque relicto y sus especies únicas —como el francolín de Yibuti— sin dejar de atender las necesidades de una población que ha vivido siempre de esta montaña.
Randa se ha convertido así en la base natural para visitar y estudiar el bosque, y sus habitantes, en guías y anfitriones de los viajeros que suben a caminar y a ver aves. Esa nueva función vincula el bienestar del pueblo con la conservación del bosque: si el turismo responsable prospera, el bosque vivo vale más en pie que talado, y las comunidades tienen un incentivo para protegerlo.
En las últimas décadas, y sobre todo con el desarrollo del turismo de naturaleza en Yibuti, Randa y la sierra de Goda han emergido como el gran destino de senderismo del país. La creación de campamentos gestionados por las comunidades locales —cabañas de paja en terrazas, con comida casera y guías— permitió a los viajeros quedarse a dormir en la montaña y explorar el bosque, los pueblos y las cumbres con calma. Fue el nacimiento de un turismo de base comunitaria en el norte del país.
Este modelo tiene un doble valor: ofrece al viajero una experiencia auténtica y sostenible —caminatas, avistaje de aves, contacto con la vida afar de montaña— y, al mismo tiempo, genera ingresos directos para las comunidades y da valor económico a la conservación del bosque. Pueblos como Randa y Bankoualé se han convertido en referencias de ese turismo responsable, que contrasta con el turismo más 'de paso' de los grandes paisajes del interior.
La mejora de los accesos desde Tadjoura y la creciente fama de las montañas Goda entre los pocos pero fieles viajeros que llegan a Yibuti han consolidado a Randa como puerta de entrada a esta cara verde del país. Sigue siendo un destino de nicho, pero con un atractivo creciente para quienes buscan naturaleza, caminata y autenticidad.
Hoy, Randa es la base del turismo de montaña de Yibuti y la puerta de entrada a una de las caras más sorprendentes del país: la sierra de Goda, fresca y arbolada, con el bosque de Day y sus especies únicas. Para el viajero que sube desde el calor del golfo, Randa y sus campamentos ofrecen un refugio de aire limpio, cielos estrellados y caminatas por un paisaje que parece de otro mundo, entre huertos, fuentes, bosque y miradores sobre el mar.
Es, además, una ventana a la vida afar de montaña, distinta de la de la costa y el desierto: pastoreo, agricultura en terrazas, aldeas tradicionales y una hospitalidad que forma parte del atractivo. Alojarse en sus campamentos, caminar con sus guías y compartir su comida es una forma de turismo humano y responsable, que beneficia directamente a las comunidades y ayuda a conservar la montaña y su bosque.
Aunque sigue siendo un destino poco conocido y de acceso exigente, Randa representa el enorme potencial del norte de Yibuti para un turismo de naturaleza sostenible. Combinada con la histórica Tadjoura, la playa de Sables Blancs y el bosque de Day, completa un itinerario que reúne mar, historia y montaña, y muestra que este pequeño país guarda, en sus alturas frescas, algunos de sus tesoros más inesperados.