Mucho antes de que llegaran los franceses, Obock era un fondeadero de la costa afar, en la orilla norte de la boca del golfo de Tadjoura, un punto de encuentro entre pescadores, pastores nómadas y el comercio que cruzaba el estrecho de Bab el-Mandeb hacia Arabia. La región formaba parte del mundo afar, gobernado por sultanatos como el de Tadjoura, y estaba integrada en las viejas redes comerciales del mar Rojo, por donde circulaban sal, ganado, esclavos, café y mercancías entre África y la península arábiga.
Esa posición estratégica, frente a las rutas marítimas que unían el Mediterráneo con el océano Índico, sería precisamente lo que atraería a las potencias europeas en el siglo XIX. El Cuerno de África se convirtió en pieza codiciada del tablero colonial, sobre todo cuando la apertura del canal de Suez, en 1869, transformó el mar Rojo en la gran autopista marítima entre Europa y sus colonias asiáticas. Quien controlara estaciones de carbón a lo largo de esa ruta controlaría el tráfico de los barcos de vapor.
En ese contexto, el modesto puerto de Obock pasó de ser un fondeadero afar a convertirse, casi de un día para otro, en el primer pie que Francia plantó en el Cuerno de África. La historia moderna de Yibuti empieza aquí, en esta costa árida y luminosa.
El 11 de marzo de 1862, representantes del sultán de Tadjoura firmaron en París un acuerdo con Édouard Thouvenel, ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón III, por el cual cedían a Francia 'los puertos, el fondeadero y el anclaje de Obock'. Francia buscaba una estación carbonera propia para sus barcos de vapor en la ruta hacia sus colonias de Asia, sin depender del puerto británico de Adén, al otro lado del estrecho. La compra fue barata y, durante casi dos décadas, apenas se le dio uso: Obock quedó como una posesión sobre el papel.
La situación cambió en los años 1880, cuando la rivalidad colonial en la región se aceleró. El comerciante Pierre Arnoux se instaló en 1881, y en agosto de 1884 llegó Léonce Lagarde, que organizó una administración, extendió las posesiones francesas por el golfo de Tadjoura y convirtió Obock en una verdadera colonia. Hacia 1885 el poblado ya tenía unos ochocientos habitantes y hasta una escuela. Desde Obock, Francia firmó tratados con los sultanes afar e issa y fue tejiendo el territorio que llamaría Costa Francesa de los Somalíes.
Obock vivió entonces sus años de protagonismo: fue punto de partida de exploradores, comerciantes y aventureros —por aquí pasaron figuras ligadas al comercio de armas y a la exploración de Etiopía—, y capital de la naciente colonia. Pero su fondeadero tenía un problema serio: estaba demasiado expuesto a los vientos y las corrientes, y no ofrecía un buen abrigo para los barcos.
El defecto del fondeadero de Obock sería su perdición como capital. En la orilla sur del golfo de Tadjoura había un sitio con un puerto natural mucho mejor protegido, y allí Léonce Lagarde fundó una nueva ciudad: Yibuti. En 1894, apenas una década después de convertirse en colonia, la administración colonial trasladó la capital de Obock a Yibuti, que además sería la cabecera del ferrocarril que se proyectaba hacia Etiopía. Fue un golpe del que Obock nunca se recuperó.
Con la capital, se fueron los funcionarios, los comerciantes y buena parte de la actividad. La población de Obock disminuyó y la ciudad quedó relegada a un papel administrativo secundario: capital del distrito dankali en 1914, luego un simple puesto, y en 1929 integrada en el 'círculo de los Adaïls'. Mientras Yibuti crecía como puerto moderno y nudo ferroviario, Obock se fue apagando, conservando apenas el recuerdo de su breve esplendor en sus casas coloniales, su faro y su cementerio marino, donde yacen los europeos muertos de fiebre en los años heroicos.
Ese cementerio, el Cimetière Marin, es hoy uno de los símbolos de Obock: un lugar de tumbas castigadas por el sol y el salitre que habla del alto precio en vidas que costó la aventura colonial en un clima tan hostil. Pasear por Obock es recorrer la memoria de los orígenes de Yibuti, congelada en una ciudad que se detuvo cuando el país siguió adelante sin ella.
Tras la independencia de Yibuti en 1977, Obock siguió siendo una tranquila capital regional de mayoría afar, viviendo de la pesca, el pequeño comercio y la ganadería nómada del interior. Con alrededor de 20.000 habitantes, conserva su ritmo lento y su aire de fin del mundo, ajeno al bullicio de la capital. Sus playas remotas, su faro y su patrimonio colonial atraen a los pocos viajeros que se aventuran al norte del golfo, casi siempre combinando la visita con Tadjoura.
En las últimas décadas, sin embargo, Obock ha adquirido un protagonismo dramático por su geografía. Situada frente al estrecho de Bab el-Mandeb, se ha convertido en uno de los principales puntos de partida de la migración irregular desde el Cuerno de África hacia la península arábiga: miles de personas —sobre todo etíopes y somalíes que huyen de la pobreza y los conflictos— cruzan desde estas costas el peligroso brazo de mar hacia Yemen en busca de trabajo en el Golfo, en travesías clandestinas y muchas veces mortales. Es una de las rutas migratorias más transitadas y letales del mundo, y Obock está en su centro.
Esta doble cara —la del apacible pueblo histórico y la del punto caliente de las migraciones— hace de Obock un lugar cargado de significado. Para el viajero curioso, es una ventana única al origen de Yibuti y a las realidades del Cuerno de África contemporáneo: un rincón silencioso donde conviven la nostalgia colonial, la vida afar de siempre y los dramas del presente, todo bajo el mismo sol implacable de la costa del mar Rojo.