La historia del Lago Assal es, antes que nada, una historia geológica: la de un continente que se está partiendo en dos. Yibuti se asienta sobre el Triángulo de Afar, uno de los pocos lugares del mundo donde tres grandes fracturas de la corteza terrestre se encuentran: la dorsal del mar Rojo, la del golfo de Adén y el Gran Valle del Rift africano. En ese punto triple, las placas tectónicas africana y arábiga se separan a razón de uno a dos centímetros por año, y la corteza se adelgaza, se hunde y se rompe. El rift de Asal, donde está el lago, es precisamente el tramo emergido de la dorsal del mar Rojo: la grieta oceánica que en cualquier otro lugar estaría bajo el agua, aquí se puede caminar en seco.
Esa dinámica explica por qué la orilla del Assal está a 155 metros bajo el nivel del mar. La depresión se fue hundiendo a medida que la corteza se estiraba, y el fondo del rift quedó muy por debajo del nivel del océano, convirtiéndose en el punto más bajo de África y el tercero más bajo de toda la superficie terrestre, solo superado por el mar de Galilea y el mar Muerto. Alrededor, coladas de lava basáltica de entre 3,4 y 1 millón de años, conos volcánicos y fisuras humeantes forman un paisaje que parece recién salido de la fragua del planeta.
El agua del lago no viene principalmente de ríos —en esta tierra árida casi no llueve— sino de filtraciones subterráneas de agua marina que se cuelan desde la bahía de Ghoubbet, a unos diez kilómetros al sureste, a través de la roca fracturada. Al llegar a la depresión, bajo un sol que en verano supera los 50 °C, el agua se evapora a un ritmo feroz y deja atrás toda su sal. Ese ciclo, repetido durante milenios, transformó al Assal en uno de los cuerpos de agua más salados del planeta.
El Lago Assal tiene una salinidad media cercana al 35 %, unas diez veces la del agua de mar, lo que lo sitúa entre los lagos más salados del mundo. Esa concentración extrema hace que ningún pez ni planta pueda vivir en sus aguas, pero también que la sal se cristalice en las orillas formando costras, pináculos y verdaderos 'glaciares' blancos que crujen bajo los pies. Bajo el lago, los depósitos de sal alcanzan decenas de metros de espesor: se estima que hay cientos de millones de toneladas acumuladas.
Durante siglos, ese 'oro blanco' fue el motor de la economía de la región. Las caravanas de camellos de los pastores afar bajaban hasta el Assal, cortaban bloques de sal de la costra y los cargaban para llevarlos, en travesías de semanas por el desierto, hasta los mercados de las tierras altas de Etiopía, donde la sal era un bien precioso que llegó a usarse como moneda. Aquellas caravanas de sal, hermanas de las que aún cruzan la vecina depresión del Danakil, forman parte de la memoria y la identidad del pueblo afar.
Con la llegada de los europeos, la explotación empezó a industrializarse. En 1893, el gobierno francés concedió al empresario Léon Chefneux derechos exclusivos de extracción de sal en el lago. La producción semicomercial moderna arrancó hacia finales del siglo XX, y vivió un auge particular entre 1998 y 2000, durante la guerra entre Etiopía y Eritrea, cuando Etiopía —privada de sus puertos habituales— volvió a mirar hacia la sal yibutiana. En años recientes se han otorgado concesiones a varias empresas que extraen sal en el extremo sureste del lago, aunque a una escala todavía modesta frente a los planes de producción masiva que se anunciaron en su momento.
El Lago Assal fascinó a los exploradores europeos del siglo XIX que se aventuraron en el país afar. Su combinación de calor infernal, sal deslumbrante y aislamiento absoluto lo convirtió en uno de esos lugares míticos del Cuerno de África, tan temido como codiciado. La región formaba parte del territorio afar cuyos sultanatos —el de Tadjoura, entre otros— negociaron con Francia las cesiones que darían origen a la colonia de la Costa Francesa de los Somalíes, luego Territorio Francés de los Afars y los Issas, y finalmente la República de Yibuti, independiente desde 1977.
A lo largo del siglo XX, el rift de Asal atrajo también a los científicos. La zona se convirtió en un laboratorio natural para estudiar cómo nace un océano: geólogos y vulcanólogos de todo el mundo vinieron a medir la separación de las placas, a instalar sensores y a observar en directo el proceso que, dentro de millones de años, podría abrir un nuevo mar que separe el Cuerno de África del resto del continente. La erupción del cercano volcán Ardoukôba, en noviembre de 1978, permitió observar en tiempo real uno de esos episodios de fractura.
Hoy el Assal es, a la vez, un sitio científico de primer orden, un recurso económico y el gran ícono turístico de Yibuti. Su imagen —el turquesa del agua, el blanco de la sal, el negro de la lava— aparece en postales, billetes y campañas de promoción del país. Pese a su fama, sigue siendo un lugar salvaje y poco intervenido, sin infraestructura turística pesada, donde el visitante se siente diminuto ante la escala de las fuerzas que modelaron el paisaje.
El Lago Assal es también uno de los lugares habitados más calurosos del planeta. En verano, entre mayo y septiembre, las temperaturas junto al lago superan con frecuencia los 45 °C y llegan a rozar los 50 °C, con una humedad y una radiación solar durísimas. En invierno, de octubre a abril, el calor afloja hasta máximas de unos 30 a 34 °C, que es cuando resulta razonable visitarlo. La escasez casi total de lluvias y la evaporación extrema mantienen el frágil equilibrio que produce la sal.
Ese mismo carácter extremo hace que el entorno sea delicado. La creciente llegada de visitantes, el tránsito de vehículos por la costra de sal y la basura son amenazas para un paisaje que se recupera muy lentamente. Las autoridades yibutianas y los operadores locales insisten en la importancia de no dejar residuos, no circular fuera de las pistas y respetar el trabajo de los vendedores afar, que siguen viviendo de la sal como sus antepasados.
El Assal forma parte, junto con la bahía de Ghoubbet, el volcán Ardoukôba y el Lago Abbé, de un conjunto de maravillas geológicas que Yibuti promueve como su gran atractivo natural y que aspira a proteger. Visitarlo es asomarse a un momento de la historia de la Tierra que en pocos lugares del mundo se puede ver a cielo abierto: el instante en que un continente se rompe y nace, muy despacio, un océano nuevo.