Para entender la bahía de Ghoubbet hay que remontarse a la escala de tiempo de la geología. Yibuti se asienta sobre el llamado triángulo de Afar, uno de los pocos lugares del mundo donde se encuentran tres grandes fracturas de la corteza terrestre: el rift del mar Rojo, el del golfo de Adén y el gran valle del Rift de África oriental. Aquí, la placa africana se está separando de la arábiga y, a la vez, empieza a desgajarse en dos. Es, literalmente, el nacimiento de un futuro océano.
La bahía de Ghoubbet marca el punto donde el rift del golfo de Adén penetra en tierra firme. La cuenca profunda y oscura de la bahía, encerrada entre acantilados de lava de hasta 600 metros, es la expresión superficial de esa fractura: el fondo se hunde porque la corteza se está estirando y adelgazando. Entre Ghoubbet y el vecino lago Assal se extiende el rift de Asal-Ghoubbet, donde las placas se separan unos milímetros por año.
Ese proceso, lentísimo a escala humana pero incesante, va acompañado de vulcanismo: el magma asciende para rellenar el hueco que deja la corteza al separarse, y de vez en cuando irrumpe en la superficie. Todo el paisaje que rodea Ghoubbet —coladas de lava negra, conos volcánicos, fisuras, acantilados basálticos— es obra de esa maquinaria geológica que ha construido, y sigue construyendo, el país.
La prueba más espectacular y reciente de que el rift está vivo llegó en noviembre de 1978. Tras miles de años de aparente calma, una serie de terremotos sacudió la zona entre Ghoubbet y el lago Assal, y el 7 de noviembre se abrió una fisura volcánica de varios kilómetros de la que brotó lava. Nació así el Ardoukoba, un volcán jovencísimo formado por un cordón de conos de escoria y dos coladas de lava basáltica fluida.
La erupción fue relativamente pequeña en volumen, pero enorme en significado científico: los geólogos pudieron medir cómo, en apenas unos días, las dos orillas del rift se separaron alrededor de un metro y el suelo se hundió varios decímetros. Era la tectónica de placas ocurriendo en directo, de forma visible y medible, algo rarísimo de presenciar. La zona de Asal-Ghoubbet se convirtió desde entonces en un laboratorio natural de referencia mundial para el estudio de la expansión de los fondos oceánicos y la fractura continental.
Hoy se puede caminar sobre las coladas del Ardoukoba y asomarse a la gran fisura del rift, uno de los pocos lugares del planeta donde uno se para, literalmente, sobre la grieta por la que un continente se está partiendo. Para el visitante, la erupción de 1978 es la clave que explica todo el paisaje: no es un decorado antiguo, sino una tierra que sigue naciendo.
Mucho antes de que la ciencia explicara la geología del lugar, los habitantes de la zona ya habían dado a esta bahía un nombre inquietante: Ghoubbet al-Kharab, que suele traducirse como 'el abismo de los demonios' o 'la sima maldita'. Para los pescadores afares, estas aguas oscuras, profundas y de fuertes corrientes eran un lugar temible, habitado por espíritus o demonios capaces de arrastrar hacia el fondo a los barcos y a las personas que se aventuraran en ellas.
El temor no era caprichoso: el estrecho paso que une la bahía con el golfo de Tadjoura genera corrientes intensas, el agua parece más oscura y honda que en el resto del golfo, y el paisaje que la rodea —acantilados negros, coladas de lava, ausencia total de vegetación— tiene algo de lunar y desolado. Todo ello alimentó durante generaciones la fama siniestra del lugar, y aún hoy hay pescadores reacios a adentrarse en él.
La leyenda se reforzó en el siglo XX con episodios y relatos que dieron a la bahía un aura casi mítica, incluida su aparición en historias de aventureros y exploradores. El comandante Jacques Cousteau, por ejemplo, exploró estas aguas y contribuyó a difundir su misterio. Así, Ghoubbet combina dos capas de fascinación: la del saber ancestral que la pobló de demonios y la de la ciencia que descubrió, bajo esas aguas, el pulso de la Tierra.
En las últimas décadas, la bahía de Ghoubbet ha revelado otra faceta: además de ser un tesoro geológico, es uno de los mejores lugares del mundo para nadar con tiburones ballena. Cada invierno, entre noviembre y enero, sus aguas ricas en plancton concentran numerosos ejemplares juveniles de esta especie, el pez más grande del planeta, inofensivo porque solo se alimenta filtrando plancton. La abundancia de jóvenes sugiere que la zona funciona como una 'guardería' natural.
Ese fenómeno ha atraído a biólogos marinos, que estudian aquí la población de tiburones ballena, y a viajeros de todo el mundo, que vienen a nadar con ellos. La bahía une así el interés de dos ciencias muy distintas: la geología, fascinada por el rift y el vulcanismo, y la biología marina, atenta a los gigantes que pueblan sus aguas cada invierno. Pocos lugares reúnen semejante concentración de valor natural.
La exploración submarina de Ghoubbet, con sus corrientes y profundidades, ha alimentado además su leyenda. Buzos y científicos han bajado a sus aguas oscuras en busca de respuestas, y cada inmersión añade un poco de conocimiento y otro poco de misterio a un lugar que sigue guardando secretos. El 'abismo de los demonios' resultó ser, en realidad, un abismo lleno de vida y de pistas sobre cómo funciona el planeta.
Hoy, la bahía de Ghoubbet es una de las paradas imprescindibles de la gran ruta del suroeste de Yibuti, la que lleva desde la capital hasta el lago Assal pasando por Arta y el volcán Ardoukoba. Los viajeros se detienen en sus miradores para contemplar la cuenca oscura entre acantilados de lava, caminan sobre las coladas del Ardoukoba y, en temporada, nadan con los tiburones ballena. Es un lugar que impresiona por igual a los amantes de la geología, de la fauna marina y del paisaje.
Su combinación de ingredientes es difícil de igualar: un océano naciente, un volcán reciente, unas aguas cargadas de leyenda y uno de los mayores espectáculos de fauna marina del mundo, todo en un rincón remoto del Cuerno de África. Ghoubbet resume la esencia de Yibuti como destino: pequeño en tamaño, pero de una intensidad geológica y natural extraordinaria.
Para quien lo visita, el 'abismo de los demonios' ya no da miedo, pero conserva intacta su capacidad de sobrecoger. Entre el mar oscuro, los acantilados negros, la grieta del rift y el eco de las viejas historias de pescadores, Ghoubbet ofrece una de las experiencias más memorables y evocadoras de todo el país.