En el extremo sur de Uzbekistán, allí donde el ancho río Amu Daria separa el país de Afganistán, hay una ciudad que ha visto pasar casi todo lo que puede pasar en la historia de Asia Central. Termez tiene más de dos mil quinientos años, y en ese tiempo fue ciudad griega y persa, capital del budismo y santuario del islam, arrasada por los mongoles y renacida una y otra vez. Pocos lugares del mundo condensan tantas civilizaciones en un mismo suelo.
Lo que hace única a Termez es que aquí, durante siglos, se abrazaron mundos que solemos imaginar separados: el de los griegos de Alejandro, el de los reyes budistas de la India, el de los persas, el de los nómadas de las estepas y el de los caravaneros de la Ruta de la Seda. En sus templos se rezó a Buda con imágenes esculpidas al modo griego; en sus mausoleos descansan místicos del islam. Recorrer Termez es recorrer esa larga conversación entre civilizaciones, escrita en estupas de barro y en portales de ladrillo.
La historia documentada de Termez arranca con uno de los personajes más grandes de la Antigüedad. Hacia el año 329 a.C., Alejandro Magno, en su fulgurante conquista del imperio persa, llegó a estas tierras del alto Oxus —el nombre antiguo del Amu Daria— y sometió la región de Bactria y Sogdiana. La tradición sostiene que fundó o refundó aquí una de sus numerosas 'Alejandrías', esta a orillas del Oxus, en el lugar o cerca de la actual Termez, como plaza estratégica que controlaba el paso del río y las rutas hacia la India y el norte.
Tras la muerte de Alejandro, sus generales se repartieron el imperio, y estas tierras acabaron formando parte del reino grecobactriano, un Estado helenístico extraordinario que, a miles de kilómetros de Grecia, mantuvo la lengua, el arte y las instituciones griegas mezclándolas con las culturas locales. Bactria fue conocida como 'el país de las mil ciudades', y Termez floreció como uno de sus centros: acuñaba moneda, comerciaba con la India, Persia, China y el mundo mediterráneo, y era un punto de encuentro de civilizaciones. De aquel mestizaje surgiría, poco después, uno de los fenómenos artísticos y religiosos más fascinantes de la historia: el arte grecobudista.
El momento culminante de la Termez antigua llegó con el imperio kushán, entre los siglos I y IV de nuestra era. Los kushanes, un pueblo de origen nómada procedente de las estepas, unificaron un vasto territorio que abarcaba desde el norte de la India hasta Asia Central, y bajo su dominio la región vivió una edad de oro de prosperidad, comercio y cultura. Termez, en el corazón de ese imperio, se convirtió en una gran ciudad y en un importante centro religioso.
Los kushanes, y en especial su gran rey Kanishka, fueron protectores del budismo, y bajo su patrocinio la religión se difundió por Asia Central y, desde aquí, hacia China, siguiendo las rutas de las caravanas. Termez se llenó de monasterios, templos y estupas: complejos como Fayaz Tepe y Kara Tepe, con sus celdas para monjes, sus santuarios y sus grandes estupas —como la monumental de Zurmala—, dan fe de aquel esplendor. Fue una época en que aquí convivían el budismo, cultos iranios y otras religiones, en un ambiente de notable tolerancia.
Lo más asombroso de aquel budismo fue su arte. Herederos del helenismo grecobactriano, los escultores de la región representaron a Buda y a los bodhisattvas con técnicas y modelos griegos: rostros serenos de rasgos clásicos, túnicas de pliegues 'a la griega', una estética que los especialistas llaman grecobudista o de Gandhara. Muchas de esas esculturas y relieves, hallados en los sitios de Termez, se conservan hoy en su Museo Arqueológico y son de una belleza extraordinaria: la prueba tangible de que aquí Oriente y Occidente no solo comerciaron, sino que crearon juntos.
El mundo budista de Termez terminó con la expansión árabe. En los siglos VII y VIII, los ejércitos del califato conquistaron Asia Central y trajeron consigo el islam, que fue reemplazando poco a poco a las religiones anteriores. Los monasterios budistas se abandonaron, y sobre la vieja Bactria —ahora llamada Tokharistán— se levantó una nueva civilización islámica. Termez, lejos de decaer, siguió siendo una ciudad próspera e importante, cabecera de un rico distrito agrícola y comercial a orillas del Oxus.
La Termez medieval islámica fue un notable centro de cultura y espiritualidad. De ella salieron sabios y místicos de renombre, el más célebre de los cuales fue Abu Abdullah al-Hakim al-Termezi, teólogo y místico sufí del siglo IX, una de las grandes figuras del sufismo primitivo, cuyo mausoleo sigue siendo hoy un lugar de peregrinación. La ciudad se llenó de mezquitas, madrazas y mausoleos, y una influyente familia de sayyids (descendientes del Profeta) construyó el impresionante conjunto funerario de Sultan Saodat, que se fue ampliando durante siglos.
Esa prosperidad se quebró de golpe en el siglo XIII. En 1220, durante la invasión mongola de Gengis Kan, Termez fue sitiada, tomada y arrasada, y buena parte de su población, masacrada, como ocurrió con tantas ciudades de la región. La ciudad antigua, junto al río, quedó en ruinas. Renació después en un emplazamiento algo distinto y siguió existiendo bajo los timúridas y las dinastías posteriores, pero ya sin el peso que había tenido.
En la época moderna, la posición fronteriza de Termez volvió a marcar su destino. Con la conquista rusa de Asia Central en el siglo XIX, la ciudad quedó en el límite del imperio, frente al Afganistán que servía de estado tapón con la India británica, en pleno 'Gran Juego'. Bajo el poder soviético, Termez se convirtió en una importante base militar y en el principal punto de paso hacia Afganistán: aquí se construyó el llamado 'Puente de la Amistad' sobre el Amu Daria, y por él cruzaron las tropas soviéticas que invadieron Afganistán en 1979 y, diez años después, en 1989, las que se retiraron tras una guerra desastrosa. Durante décadas, la zona fronteriza estuvo militarizada y cerrada al turismo.
Con la independencia de Uzbekistán en 1991, Termez pasó a ser la capital de la provincia de Surxondaryo, la más meridional del país. La frontera con Afganistán ha seguido siendo sensible, sobre todo en los períodos de conflicto e inestabilidad al otro lado del río, y esa condición explica que algunos sitios arqueológicos cercanos a la línea fronteriza requieran permisos especiales para visitarse.
En las últimas décadas, sin embargo, Uzbekistán ha empezado a poner en valor el excepcional patrimonio de Termez. La inauguración en 2001 de un moderno Museo Arqueológico, la protección de los sitios budistas y la mejora de las comunicaciones han ido abriendo la ciudad al turismo cultural. Hoy Termez es un destino todavía poco frecuentado, casi secreto, para viajeros que buscan algo distinto: la huella de Alejandro, el rostro griego de Buda y los mausoleos de los místicos del islam, todo en una misma ciudad a orillas de un río que sigue siendo frontera entre mundos, como lo fue hace dos mil quinientos años.