Fundada por los sogdianos hacia el siglo VI a. C. con el nombre de Maracanda, Samarcanda es una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo. Conquistada por Alejandro Magno en el 329 a. C., arrasada por Gengis Kan en 1220, alcanzó su máximo esplendor cuando Tamerlán la convirtió en capital de su imperio en 1370. De aquella época dorada datan sus monumentos más deslumbrantes: la plaza del Registán, rodeada por tres madrazas de portadas colosales; la gran mezquita Bibi-Khanym; la necrópolis de Shah-i-Zinda, con su avenida de mausoleos revestidos de cerámica, y el Gur-e Amir, donde reposa el propio Tamerlán bajo una cúpula acanalada turquesa.
Fue también la capital científica de Ulugh Beg, cuyo observatorio del siglo XV, con su gigantesco sextante, situó a Samarcanda a la vanguardia de la astronomía mundial. La ciudad, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2001 como "encrucijada de culturas", sigue siendo el emblema turístico de Uzbekistán y una de las estampas más reconocibles de toda Asia Central.
Si Samarcanda es la ciudad de la gloria imperial, Bujará es la ciudad del saber y la fe. Capital de la dinastía samánida en los siglos IX y X, fue uno de los mayores focos intelectuales del islam, cuna de Avicena y hogar del imán Al-Bujari. Llegó a tener cientos de mezquitas y madrazas, lo que le valió el título de "la Noble" y de ciudad santa del Asia Central. Su casco antiguo, conservado casi intacto, es un extraordinario ejemplo de urbe medieval islámica y fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1993.
Entre sus tesoros destacan el minarete Kalyan, del siglo XII, tan imponente que —según la leyenda— hasta Gengis Kan ordenó respetarlo; la ciudadela del Ark, antigua residencia de los emires; el delicado mausoleo samánida de Ismail, joya de ladrillo del siglo X, y los antiguos bazares cubiertos donde aún se comercia. Bujará fue, hasta la conquista rusa, la capital de un emirato célebre por su esplendor y también por su tiranía, escenario de episodios como el cautiverio de los emisarios británicos durante el Gran Juego.
En el oeste del país, en el corazón del oasis de la antigua Corasmia y a las puertas del desierto de Kyzylkum, se alza Jiva (Khiva), la ciudad amurallada mejor conservada de la Ruta de la Seda. Su recinto interior, la Itchan Kala, fue el primer sitio de Uzbekistán inscrito por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, en 1990. Dentro de sus murallas de adobe se apiñan minaretes, madrazas, mezquitas de mil columnas de madera y el palacio de los kanes, en un conjunto que parece detenido en el tiempo.
Jiva fue capital del Kanato de Jiva, heredero de la histórica región de Corasmia, tierra vinculada al sabio Al-Juarismi. Célebre y temida por su mercado de esclavos, resistió las embestidas rusas hasta convertirse en protectorado del zar en 1873. Hoy es uno de los destinos más fotogénicos de Asia Central, especialmente al atardecer, cuando el sol tiñe de dorado sus torres y murallas.
A unos noventa kilómetros al sur de Samarcanda, cruzando las montañas, se encuentra Shakhrisabz ("ciudad verde" en persa), la localidad donde nació Tamerlán en 1336. El conquistador quiso convertir su ciudad natal en un centro monumental y ordenó levantar allí el Ak-Saray, el "Palacio Blanco", cuyo pórtico de acceso, de más de cuarenta metros de altura y revestido de mosaicos, aún asombra en ruinas. Se cree que Tamerlán había preparado en Shakhrisabz su propia cripta, aunque finalmente fue enterrado en Samarcanda.
El centro histórico de Shakhrisabz, con los restos del Ak-Saray, mausoleos timúridas y complejos religiosos, fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 2000. Menos visitada que las grandes capitales, ofrece una mirada íntima a los orígenes de la dinastía que dio a Uzbekistán su época más gloriosa.