El Parque Nacional de Murchison Falls es el más grande y el más antiguo de Uganda, y uno de los grandes escenarios naturales de África. Su nombre viene de las cataratas donde el poderoso Nilo Victoria, tras recorrer el país desde su nacimiento, se comprime de golpe en una garganta rocosa de apenas siete metros de ancho y se precipita con una fuerza atronadora. El explorador Samuel Baker las bautizó en 1864 en honor a un presidente de la Royal Geographical Society.
El parque, establecido formalmente en 1952, fue uno de los santuarios de fauna más ricos del continente, pero la caza furtiva y el caos de los años de Amin y de las guerras civiles diezmaron sus poblaciones de animales en las décadas de 1970 y 1980. Desde la recuperación del país, la fauna se ha ido repoblando, y hoy vuelven a verse elefantes, jirafas, leones, búfalos y antílopes en sus sabanas.
La experiencia clásica combina el safari terrestre con un crucero por el Nilo hasta la base de las cataratas, entre orillas repletas de hipopótamos, cocodrilos y aves, incluido el rarísimo picozapato. Murchison Falls resume la Uganda del gran río salvaje: la energía bruta del Nilo abriéndose paso hacia el lago Alberto y, más allá, hacia el largo viaje que lo llevará hasta Egipto y el Mediterráneo.
En el extremo nororiental de Uganda, encajonado contra las fronteras con Sudán del Sur y Kenia, se extiende el Parque Nacional del Valle de Kidepo, el más remoto y salvaje del país. Su lejanía lo mantiene entre los parques menos visitados de África, y precisamente por eso conserva una atmósfera de naturaleza intacta que muchos consideran de las más espectaculares del continente.
Kidepo es una amplia sabana rodeada de montañas, atravesada por los valles de dos ríos estacionales, el Kidepo y el Narus, cuyos cauces retienen el agua que atrae a la fauna en la estación seca. El parque alberga especies que casi no se ven en el resto de Uganda, como el guepardo, el león, el avestruz o el kudú mayor, además de grandes manadas de búfalos y elefantes.
La región es tierra del pueblo karamojong, pastores seminómadas emparentados con los maasai, y de los ik, una pequeña comunidad que habita las montañas de la frontera. El aislamiento del norte de Uganda, azotado durante años por conflictos e inseguridad, mantuvo a Kidepo fuera de las rutas turísticas, pero para el viajero que llega hasta allí, la recompensa es una de las últimas grandes sabanas vírgenes de África.
El norte de Uganda tiene una historia marcada por la marginación y el conflicto. Durante la época colonial, los británicos reclutaron soldados sobre todo entre los pueblos del norte, como los acholi y los langi, mientras concentraban el desarrollo económico en el sur, alrededor de Buganda. Esa fractura entre un sur próspero y un norte postergado atravesaría toda la política ugandesa.
Tras la toma del poder por Museveni en 1986, el norte se convirtió en el escenario de una de las guerras más largas y crueles de África: la insurgencia del Ejército de Resistencia del Señor (LRA), liderado por Joseph Kony. Durante casi dos décadas, el LRA sembró el terror con matanzas y, sobre todo, con el secuestro masivo de decenas de miles de niños, obligados a convertirse en soldados o esclavos. Millones de personas fueron desplazadas a campos de refugiados.
El conflicto empujó al LRA fuera de Uganda a partir de mediados de la década de 2000, y desde entonces el norte vive un lento proceso de reconstrucción y reconciliación. Es en ese contexto de recuperación de la paz cuando parques remotos como Kidepo han vuelto a abrirse al turismo. La región carga todavía con las heridas del conflicto, pero avanza hacia una normalidad que durante años pareció imposible.