La costa mediterránea de Turquía correspondía en la Antigüedad a dos regiones vecinas y muy distintas. Al este, alrededor de la actual Antalya, estaba Panfilia, una llanura fértil con ciudades griegas y romanas prósperas como Perge, Aspendos y Side, famosas por sus templos, teatros y acueductos. Al oeste, hacia Fethiye, se extendía Licia, un país montañoso y aislado habitado por un pueblo de lengua y cultura propias, los licios, que hablaban una lengua indoeuropea distinta del griego y tenían costumbres singulares.
Ambas regiones fueron pasando de mano en mano —persas, atenienses, el imperio de Alejandro, los reinos helenísticos— hasta caer bajo Roma. Los licios eran célebres por su feroz apego a la libertad: cuando el general persa Harpago los atacó en el siglo VI a. C., los habitantes de Janto prefirieron, según Heródoto, incendiar su ciudad con sus familias dentro antes que rendirse, un episodio que se repetiría siglos después ante los romanos. La Liga Licia, una confederación de ciudades con un sistema de representación proporcional, es considerada uno de los antecedentes históricos del federalismo, y llegó a inspirar a los redactores de la Constitución de Estados Unidos.
Antalya fue fundada hacia el 150 a. C. por Atalo II, rey de Pérgamo, que le dio su nombre: Atáleia. Pasó luego a Roma, y de esa época conserva su monumento más famoso, la Puerta de Adriano, un arco de mármol de tres vanos erigido para la visita del emperador en el año 130. El casco antiguo, Kaleiçi, es un laberinto de callejuelas otomanas encerradas por murallas romanas y bizantinas, con casas de madera restauradas que hoy son hoteles y restaurantes.
Tras el mundo antiguo, Antalya fue bizantina y luego, desde comienzos del siglo XIII, quedó en manos de los turcos selyúcidas del Sultanato de Rum, que la convirtieron en su principal puerto mediterráneo; de esa etapa data su emblema, el Yivli Minare, el 'minarete acanalado' de ladrillo rojo. Finalmente pasó al Imperio otomano. En el último medio siglo, Antalya se transformó por completo: de ciudad portuaria tranquila a capital indiscutida del turismo de sol y playa de Turquía, cabecera de una 'Riviera turca' que recibe millones de visitantes al año atraídos por sus playas, sus cascadas y las ruinas antiguas de los alrededores.
Fethiye se levanta sobre la antigua Telmessos, una de las ciudades principales de Licia, y su seña de identidad son las espectaculares tumbas rupestres talladas en los acantilados que dominan la ciudad. La más famosa, la Tumba de Amintas, del siglo IV a. C., imita la fachada de un templo griego esculpida directamente en la roca. Estas tumbas altas, casi inaccesibles, respondían a la creencia licia de que un ser alado llevaría a los muertos al más allá, y son uno de los legados más originales de aquel pueblo.
La región es la puerta de entrada a la Costa Turquesa y a la Vía Licia, un célebre sendero de largo recorrido que une antiguas ciudades a lo largo del litoral. Cerca de Fethiye está la laguna de Ölüdeniz, de aguas cristalinas, y el valle fantasma de Kayaköy, un pueblo de casas de piedra que quedó abandonado tras el intercambio de poblaciones de 1923, cuando sus habitantes griegos ortodoxos fueron expulsados a Grecia y nadie volvió a ocuparlo. Kayaköy, hoy silencioso y en ruinas, es un testimonio conmovedor de aquel desarraigo que también marcó a esta parte del Mediterráneo turco.
Pocos saben que Papá Noel nació en la costa mediterránea de Turquía. En la ciudad de Myra (la actual Demre), a orillas del mar, vivió en el siglo IV un obispo cristiano llamado Nicolás, famoso por su generosidad y por repartir regalos en secreto a los pobres, en especial a los niños. San Nicolás de Myra se convirtió en uno de los santos más venerados de la cristiandad, patrono de marineros, comerciantes y niños, y su leyenda —transmitida por los inmigrantes neerlandeses como 'Sinterklaas'— acabó dando origen a la figura moderna de Santa Claus.
En Demre todavía se conserva la iglesia bizantina de San Nicolás, construida sobre su tumba, que fue durante siglos un importante centro de peregrinación. En 1087, mercaderes de la ciudad italiana de Bari robaron buena parte de sus reliquias y se las llevaron a Italia, donde reposan hasta hoy, aunque parte de los huesos quedó en Turquía. La costa licia guarda, además, otras joyas cerca de Demre: las ruinas de la propia Myra, con sus tumbas rupestres y su teatro, y el puerto sumergido de Kekova, una ciudad antigua parcialmente hundida bajo el agua por terremotos, que se recorre en barco.
Esta costa escarpada, llena de calas y ensenadas, fue durante siglos refugio de piratas. En el tramo oriental, la antigua Cilicia, los corsarios se hicieron tan poderosos en el siglo I a. C. que llegaron a amenazar el abastecimiento de Roma y a secuestrar a un joven Julio César; el general Pompeyo tuvo que montar una campaña militar a gran escala para limpiar el Mediterráneo de piratas. La geografía que favorecía el corso también hizo del litoral un rosario de fortalezas.
En la Edad Media, la costa fue frontera entre el islam y la cristiandad. Los cruzados la recorrieron camino a Tierra Santa y dejaron castillos; surgió incluso un reino armenio de Cilicia que fue aliado de los cruzados. Más tarde, corsarios berberiscos y la flota otomana se disputaron estas aguas con las potencias cristianas. Toda esa historia de defensa y asalto quedó grabada en los castillos que salpican la costa —como el de Alanya o el que emerge del mar en Kızkalesi—, hoy escenografía turística de una región que durante milenios vivió con un ojo puesto en el horizonte, atenta a quién llegaba por mar.