En la cima del monte Nemrut, a más de 2100 metros de altura, un rey megalómano hizo tallar hace dos mil años uno de los monumentos más extraños y grandiosos de la Antigüedad. Antíoco I, soberano del pequeño reino de Comagene en el siglo I a. C., mandó construir su propia tumba-santuario coronada por un túmulo de piedras y flanqueada por colosales estatuas sentadas de dioses y del propio rey, de entre ocho y nueve metros de altura. Con el tiempo, los terremotos hicieron rodar las cabezas de las estatuas, que hoy yacen separadas de sus cuerpos y crean una imagen inolvidable al amanecer y al atardecer.
Lo fascinante de Comagene es que fue un reino de frontera, un puente entre Oriente y Occidente. Antíoco pretendía descender a la vez de la realeza persa aqueménida y de los reyes griegos macedonios, y su panteón mezclaba dioses griegos y persas en un mismo altar: Zeus se identificaba con Ahura Mazda, Apolo con Mitra. El monte Nemrut, Patrimonio de la Humanidad, es el testimonio monumental de ese sincretismo, el sueño de eternidad de un rey que quiso sentarse entre los dioses en la cumbre de una montaña, en el punto exacto donde el mundo helenístico se encontraba con el persa.
El sureste de Turquía forma parte de la Alta Mesopotamia, la región entre los ríos Tigris y Éufrates que es una de las cunas de la civilización humana. Aquí, cerca de Şanlıurfa, se descubrió Göbekli Tepe, el santuario monumental más antiguo del mundo, levantado hacia el 9500 a. C. por cazadores-recolectores milenios antes de la invención de la escritura o la agricultura, un hallazgo que revolucionó la arqueología. La propia Şanlıurfa (la antigua Edesa) reivindica ser el lugar de nacimiento del patriarca Abraham, venerado por judíos, cristianos y musulmanes.
Toda la región está sembrada de capas de historia: fue asiria, urartia, persa, parte del imperio de Alejandro, romana y bizantina, frontera permanente entre Roma y los persas. Diyarbakır, a orillas del Tigris, conserva unas imponentes murallas de basalto negro de casi seis kilómetros —entre las más largas del mundo después de la Gran Muralla china— que fueron levantándose desde la época romana. En las últimas décadas, el gigantesco Proyecto del Sureste de Anatolia (GAP), con la presa Atatürk y otras represas sobre el Tigris y el Éufrates, transformó la economía agrícola de la región pero también inundó pueblos históricos, como buena parte de la antiquísima Hasankeyf, y generó tensiones con Siria e Irak por el reparto del agua.
Encaramada en una colina sobre las llanuras de Mesopotamia, Mardin es una de las ciudades más bellas de Turquía, con sus casas de piedra caliza color miel escalonadas ladera abajo y sus minaretes y campanarios mezclados. Su rasgo más singular es humano: Mardin y las montañas vecinas del Tur Abdin ('la montaña de los siervos de Dios') son uno de los corazones históricos del cristianismo siríaco, una de las ramas más antiguas de la fe, cuyos fieles todavía rezan en arameo, la lengua que habló Jesús.
El Tur Abdin está sembrado de monasterios antiquísimos, como el de Mor Gabriel, fundado en el año 397 y uno de los más antiguos del mundo aún en funcionamiento. Durante siglos, en esta región convivieron musulmanes, cristianos siríacos, armenios, kurdos, judíos y árabes en un mosaico extraordinario. Ese mundo quedó devastado en 1915 por el Sayfo, el genocidio de los cristianos siríacos que se cometió en paralelo al armenio y que vació de gran parte de su población cristiana estas tierras; muchos de los supervivientes emigraron después a Europa. Hoy sobrevive una comunidad siríaca pequeña pero tenaz, y sus monasterios milenarios siguen en pie como testigos de una de las presencias cristianas más antiguas y continuas del planeta.
Antes de la Primera Guerra Mundial, el este y el sureste de Anatolia eran el corazón de la Armenia histórica y el hogar de millones de armenios, además de asirios y griegos, junto a la población musulmana kurda y turca. Ciudades como Van, Erzurum, Diyarbakır o Bitlis tenían grandes barrios y pueblos armenios, con iglesias, escuelas y monasterios que se remontaban a más de mil años, desde que Armenia fue, a comienzos del siglo IV, el primer Estado del mundo en adoptar el cristianismo como religión oficial.
Fue precisamente en esta región donde el genocidio de 1915 golpeó con más dureza. Las deportaciones y masacres organizadas por el gobierno otomano vaciaron de armenios y asirios provincias enteras; la ruta de las columnas de deportados hacia los desiertos de Siria partía muchas veces de estas tierras. En Diyarbakır y su entorno, las matanzas fueron especialmente sistemáticas. El resultado fue la desaparición casi total, en pocos años, de una presencia cristiana milenaria en su propia tierra ancestral. Como se explica en la historia nacional, el consenso académico califica estos hechos de genocidio, mientras que el Estado turco lo niega oficialmente. Recorrer hoy esta región —con sus iglesias armenias en ruinas, como la catedral de la isla de Akdamar en el lago Van, restaurada como museo— es asomarse a la huella de ese mundo desaparecido.
El sureste de Turquía es hoy la región de mayoría kurda del país, y su historia reciente está marcada por la llamada cuestión kurda. Los kurdos son un pueblo de lengua propia, sin Estado, repartido entre Turquía, Irak, Irán y Siria; en Turquía son la mayor minoría, estimada en torno a quince millones de personas. Tras la fundación de la república, el nacionalismo turco negó durante décadas su identidad diferenciada —llegó a llamarlos 'turcos de la montaña' y a prohibir el uso público del idioma kurdo—, y varias rebeliones kurdas fueron reprimidas con dureza en los años veinte y treinta.
Desde 1984, la región es escenario de un largo conflicto armado entre el Estado turco y el PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán), una guerrilla que reclamó primero la independencia y luego mayor autonomía y derechos, y que Turquía, la Unión Europea y Estados Unidos consideran una organización terrorista. La guerra ha causado decenas de miles de muertos —combatientes y civiles— y sucesivas fases de violencia, procesos de paz fallidos y nuevas rupturas, con un fuerte impacto en la vida de las ciudades del sureste. Es un tema complejo y sensible, en el que conviven reclamos culturales y políticos legítimos de los kurdos, la represión y las operaciones militares del Estado, y la violencia armada de la insurgencia. Presentarlo con sobriedad exige reconocer esa complejidad sin reducirla a un solo bando ni negar el sufrimiento de la población civil, que es la que más ha padecido el conflicto.