Se llama Triángulo Cultural a la región del centro-norte cuyos vértices son Anuradhapura, Polonnaruwa y Kandy, y que concentra la mayor densidad de patrimonio histórico de Sri Lanka. Es el escenario donde nació y floreció la civilización cingalesa clásica, en plena 'zona seca', una llanura que solo recibe lluvia durante el monzón y que, sin ingeniería, sería semiárida buena parte del año.
La clave de todo fue el agua. Durante más de un milenio, los reyes cingaleses construyeron una red asombrosa de tanques (wewa), embalses y canales que almacenaban el agua del monzón y la distribuían para el cultivo del arroz. Ese dominio hidráulico —con obras que los ingenieros modernos todavía estudian— sostuvo a grandes poblaciones y financió la construcción de estupas monumentales y ciudades sagradas. Cuando ese sistema colapsó, después del siglo XIII, la región se despobló y la selva se tragó las antiguas capitales, que recién en el siglo XIX empezaron a ser redescubiertas y excavadas.
Capital de la isla durante más de mil años, Anuradhapura fue una de las mayores metrópolis del mundo antiguo y sigue siendo el lugar más sagrado del budismo cingalés. Aquí crece el Sri Maha Bodhi, el gajo del árbol Bodhi traído en el siglo III a. C. por la monja Sanghamitta, venerado sin interrupción durante más de veintitrés siglos y probablemente el árbol plantado por el ser humano más antiguo del mundo con historia documentada.
El perfil de Anuradhapura lo definen sus dagobas gigantes de ladrillo. La Ruwanwelisaya, del rey Dutugemunu (siglo II a. C.), y sobre todo la Jetavanaramaya, que con sus más de cien metros de altura original fue una de las estructuras más altas del mundo antiguo, solo superada por dos de las pirámides de Egipto. La ciudad albergó además grandes monasterios rivales —Mahavihara, Abhayagiri, Jetavana— que fueron centros de erudición budista de proyección internacional. Hoy es Patrimonio de la Humanidad y sigue recibiendo a peregrinos vestidos de blanco.
Sobre la llanura se alza abruptamente un peñón de granito de unos 200 metros: Sigiriya, la 'roca del león', una de las imágenes más icónicas de Asia. Su historia es tan dramática como su silueta. A fines del siglo V (hacia 477-495 d. C.), el rey Kashyapa I subió al trono tras asesinar a su padre, el rey Dhatusena, y temiendo la venganza de su hermano Moggallana, que había huido a la India, trasladó su corte a la cima de esta roca inexpugnable y construyó allí un fastuoso palacio.
Sigiriya fue una obra maestra de ingeniería y arte: jardines de agua simétricos al pie de la roca, una gigantesca entrada en forma de garras de león (de ahí el nombre), y sobre todo los célebres frescos de las 'doncellas de Sigiriya', pintadas en un bolsillo de la pared rocosa, y el 'muro espejo' cubierto de grafitis de visitantes de hace más de mil años. Kashyapa terminó cayendo en batalla contra su hermano y Sigiriya fue abandonada y convertida en monasterio. Su breve esplendor dejó uno de los sitios arqueológicos más extraordinarios del mundo.
A poca distancia de Sigiriya, el templo de oro de Dambulla es el complejo de templos-cueva mejor conservado de Sri Lanka. Sus orígenes se remontan al siglo I a. C., cuando el rey Valagamba (Vattagamani Abhaya), destronado y fugitivo, se refugió en estas cuevas de la montaña. Al recuperar el trono, convirtió el refugio en santuario en agradecimiento, y durante los siglos siguientes los sucesivos reyes lo ampliaron y decoraron.
En cinco cuevas principales excavadas en la roca se conservan más de 150 estatuas de Buda y de reyes, junto a unos 2.100 metros cuadrados de pinturas murales que cubren techos y paredes con escenas de la vida de Buda y de la historia de la isla. Es un testimonio vivo de más de dos mil años de arte budista continuo, todavía en uso como lugar de culto, y forma parte del conjunto de sitios que hacen del Triángulo Cultural el gran museo al aire libre de la civilización cingalesa.
Cuando los invasores chola destruyeron Anuradhapura en el siglo X, el centro del reino se desplazó a Polonnaruwa, que sería capital de la isla durante los siglos XI, XII y XIII. Sus ruinas, mucho más compactas y mejor conservadas que las de Anuradhapura, permiten recorrer a pie o en bici una ciudad medieval casi entera: el palacio real, las salas de audiencias, los templos hindúes que dejaron los chola y los grandes monasterios budistas.
Su joya es el Gal Vihara, un conjunto de cuatro imágenes colosales de Buda talladas directamente en una pared de granito —una sedente, otra de pie y un impresionante Buda reclinado de catorce metros—, obra maestra del arte cingalés atribuida al reinado de Parakramabahu I. Fue ese rey, en el siglo XII, quien llevó a Polonnaruwa a su máximo esplendor, con el gigantesco embalse conocido como 'Mar de Parakrama' dominando la ciudad. Tras la invasión de Kalinga Magha en 1215 y el colapso de la red de riego, Polonnaruwa fue abandonada y la civilización de la zona seca se apagó, dejando este conjunto que hoy es Patrimonio de la Humanidad.