Encaramada en las montañas del centro, protegida por selvas, ríos y una geografía imposible, Kandy fue el último bastión de la soberanía cingalesa. Mientras portugueses y holandeses dominaban la costa, el reino de Kandy resistió durante más de doscientos años todos los intentos de conquista europea: derrotó expediciones portuguesas y holandesas aprovechando el terreno y el clima, y se convirtió en símbolo de la independencia de la isla.
Su caída no fue militar sino política. En 1815, desgastado por las luchas internas y las intrigas entre el rey Sri Vikrama Rajasinha y sus propios jefes nobles (los 'radalas'), el reino se entregó a los británicos mediante la Convención de Kandy. Por primera vez en más de dos milenios, toda Sri Lanka quedaba bajo un mismo poder. La memoria de esa pérdida sigue viva: una rebelión kandyana estalló en 1817-1818 y fue reprimida con enorme dureza.
Kandy es el corazón espiritual de los budistas cingaleses porque custodia su reliquia más venerada: el Sri Dalada Maligawa, el Templo del Diente, donde se guarda un diente que la tradición atribuye a Buda. Desde la Antigüedad, la posesión de esta reliquia se consideró la legitimación del poder real en la isla: quien tenía el Diente tenía derecho a reinar, y por eso la reliquia siguió a las sucesivas capitales hasta quedar en Kandy.
Cada año, en la fiesta de la Esala Perahera, la ciudad celebra una de las procesiones religiosas más espectaculares de Asia, con decenas de elefantes engalanados, bailarines, tamborileros y portadores de antorchas que desfilan durante noches en honor a la reliquia. La cultura kandyana —su danza, su música de tambores, su artesanía y su arquitectura— se convirtió, tras la caída del reino, en un símbolo de la identidad cingalesa 'auténtica', la que no había sido tocada directamente por Europa hasta 1815.
A casi 1.900 metros de altura, Nuwara Eliya tiene un clima fresco y neblinoso que no se parece en nada al calor tropical de la costa, y por eso los británicos la convirtieron en su refugio de montaña. La 'descubrió' para el imperio el explorador Samuel Baker a mediados del siglo XIX, y pronto se llenó de cabañas de estilo Tudor, jardines de rosas, un campo de golf, un hipódromo y un club: la copia en miniatura de un pueblo inglés en pleno trópico, apodada 'Little England'.
Ese aire colonial se conserva todavía en sus casas de campo, sus hoteles antiguos y la costumbre de tomar el té de la tarde. Nuwara Eliya es el centro de la región productora del mejor té de Sri Lanka, el que crece a mayor altura, y su paisaje de laderas cubiertas de plantaciones ordenadas resume la transformación que los británicos impusieron a estas montañas: de selva y frontera del reino de Kandy a fábrica verde del imperio.
Las tierras altas son el reino del té de Ceilán, pero detrás de esas plantaciones ordenadas hay una historia humana dura. Cuando el hongo de la roya arruinó el café hacia 1870 y el té ocupó su lugar, los británicos necesitaron mano de obra abundante y barata para las laderas. Como los cingaleses locales rechazaban ese trabajo, trajeron a cientos de miles de trabajadores tamiles del sur de la India, que fueron instalados en las plantaciones en condiciones muy precarias.
Estos 'tamiles de la India' o 'del Hill Country' (hoy también llamados malaiyaha) formaron una comunidad distinta tanto de los cingaleses como de los tamiles del norte, con la que casi no tenían contacto. Vivieron durante generaciones aislados en las 'lines', las viviendas de las fincas, con salarios míseros. Tras la independencia, las leyes de ciudadanía de 1948-1949 dejaron a la enorme mayoría de ellos sin nacionalidad ni derecho a voto; muchos fueron 'repatriados' a la India en las décadas siguientes por acuerdos entre ambos gobiernos, y solo hacia fines del siglo XX los que quedaron obtuvieron plenamente la ciudadanía cingalesa. Su historia es una de las páginas menos contadas del país que se toma en cada taza de té.
El pueblo de Ella, hoy meca de los mochileros, es también un mirador de una de las grandes obras de la era británica: el ferrocarril de las tierras altas. Para sacar el té y el café de las montañas hacia el puerto de Colombo, los ingenieros coloniales tendieron a fines del siglo XIX y principios del XX una línea que trepa entre picos y desfiladeros, considerada una proeza de la ingeniería de su tiempo.
El símbolo de esa hazaña está junto a Ella: el puente de los Nueve Arcos, un viaducto de piedra y ladrillo construido a comienzos del siglo XX enteramente sin acero —según la tradición local, por escasez de material durante la Primera Guerra Mundial—, que salva un valle entre plantaciones de té y selva. El tramo de tren entre Kandy, Nuwara Eliya y Ella es hoy uno de los viajes ferroviarios más bellos del mundo, y recorrerlo es leer, ventana afuera, la geografía y la economía que dieron forma a estas montañas.