En la costa noreste, Trincomalee posee uno de los puertos naturales más profundos y protegidos del planeta, un dato que explica buena parte de su historia. Sobre un promontorio que domina la bahía se levanta el templo de Koneswaram, un antiquísimo santuario hindú dedicado a Shiva, conocido como el 'templo de las mil columnas', que hace de Trincomalee un lugar sagrado para los hindúes tamiles desde tiempos remotos.
Ese puerto excepcional lo convirtió en objeto de deseo de todas las potencias. Los portugueses destruyeron el templo original en 1622 y construyeron un fuerte con sus piedras; después se lo disputaron holandeses, franceses e ingleses, que cambiaron de manos la plaza varias veces en el siglo XVIII. Bajo dominio británico fue una base clave de la Marina Real, y durante la Segunda Guerra Mundial, un puerto estratégico para la flota aliada en el Índico, atacado incluso por la aviación japonesa en 1942. Guerra y sacralidad se cruzan en esta bahía.
La costa este es quizá la región más diversa de Sri Lanka. Aquí, cingaleses, tamiles y musulmanes (moros) viven entremezclados en proporciones bastante parejas, algo que no ocurre en casi ninguna otra parte de la isla. Ciudades como Batticaloa —famosa por la leyenda de sus 'peces cantores' en la laguna— y los pueblos de pescadores del litoral tienen una identidad propia, con dialectos, tradiciones y una gastronomía particular.
Esa condición de frontera cultural hizo del este una de las zonas más disputadas durante la guerra civil. La región cambió de manos entre el ejército y el LTTE, sufrió desplazamientos masivos de población y episodios de violencia intercomunal, y quedó además muy golpeada por el tsunami de 2004. La paz posterior a 2009 permitió una recuperación lenta, y hoy el este es una de las áreas donde con más claridad se ve el desafío de reconstruir la convivencia entre las comunidades de la isla.
En el sureste, Arugam Bay se hizo un nombre mundial entre los surfistas por sus olas largas y consistentes, ideales entre mayo y septiembre, cuando el resto de la costa está fuera de temporada. Su ambiente relajado y su lejanía de los grandes centros la mantuvieron durante mucho tiempo como un secreto de mochileros y amantes del surf.
Pero esa misma lejanía la puso en primera línea de dos tragedias. El tsunami de 2004 destruyó buena parte del pueblo, y la larga guerra civil, que golpeó con dureza a toda la región oriental, mantuvo al este aislado y peligroso durante años. La recuperación de Arugam Bay como destino turístico, ya en tiempos de paz, es en pequeño la historia del este entero: una zona castigada por la naturaleza y por el conflicto que fue volviendo, de a poco, a mirar al mar como fuente de vida y no de amenaza.
En el extremo norte, la península de Jaffna es el corazón de la cultura tamil e hindú de Sri Lanka, un mundo distinto del sur cingalés y budista. Fue la capital del reino tamil de Jaffna, gobernado por la dinastía Arya Chakravarti desde el siglo XIII hasta que los portugueses lo conquistaron en 1619. De aquella herencia quedan los grandes templos hindúes —sobre todo el de Nallur Kandaswamy, dedicado al dios Murugan, con su gran festival anual— y una lengua, una cocina y unas costumbres propias.
Encima de esa base histórica se superpusieron las capas coloniales: el fuerte de Jaffna, empezado por los portugueses y ampliado por los holandeses, es una de las mayores fortificaciones europeas de la isla. La península, casi plana y salpicada de lagunas, islas e iglesias católicas —fruto de la evangelización portuguesa—, tiene una atmósfera única. Jaffna es también la cuna intelectual del nacionalismo tamil, y por eso fue uno de los epicentros de la guerra que estaba por venir.
Ninguna región de Sri Lanka pagó un precio tan alto en la guerra civil como el norte tamil. Jaffna y la península fueron durante veintiséis años campo de batalla entre el ejército y el LTTE: la ciudad cambió de manos varias veces, buena parte de su población huyó al extranjero o al sur, su famosa biblioteca —una de las más importantes de Asia, con manuscritos irreemplazables— fue incendiada en 1981 en un episodio recordado como un ataque a la memoria cultural tamil, y la fase final del conflicto, en 2009, se libró en la vecina zona de Mullaitivu con un altísimo número de víctimas civiles.
Desde el fin de la guerra, el norte vive una lenta y difícil posguerra. Muchos refugiados regresaron, se reconstruyeron carreteras, casas y templos, y Jaffna se reabrió al resto del país y a los viajeros. Pero las heridas siguen abiertas: persisten los reclamos por los desaparecidos, por la desmilitarización y por una rendición de cuentas que la comunidad internacional aún exige. Tratar este pasado con honestidad —sin ocultar los crímenes de ninguno de los bandos— es parte del camino que Sri Lanka todavía recorre. Para el viajero, el norte ofrece hoy una cara de la isla distinta y conmovedora, donde la historia reciente se siente a flor de piel.