Mahé es la mayor de las islas de Seychelles y el escenario donde empezó, de hecho, toda su historia. Lleva el nombre de Bertrand-François Mahé de La Bourdonnais, el gobernador francés de la Isla de Francia que en 1742 envió la expedición de Lazare Picault a explorar el archipiélago. Fue en Mahé donde, en 1756, el comandante Corneille Nicholas Morphey dejó la Piedra de Posesión que reclamó las islas para Francia, en el sitio donde más tarde nacería la capital.
De origen enteramente granítico, Mahé concentra hoy a la gran mayoría de la población del país y su vida económica y política. En sus laderas se aclimataron las especias del Jardin du Roi que Pierre Poivre soñó convertir en un imperio del clavo y la canela; la canela, asilvestrada, todavía cubre sus montañas. Alrededor de la isla se despliegan decenas de playas de arena fina enmarcadas por las célebres rocas de granito redondeado, entre ellas Beau Vallon, la más popular y animada del país, y Anse Intendance, una playa salvaje del sur donde el oleaje llega sin arrecife que lo frene.
Mahé fue también el escenario de los grandes hitos políticos: aquí desembarcaron los británicos ante los que capituló una y otra vez Jean-Baptiste Quéau de Quinssy, aquí se inauguró en 1971 el aeropuerto que abrió el país al turismo, y aquí se jugó el golpe de 1977 y el frustrado desembarco de mercenarios de 1981. Toda la historia de Seychelles pasó, de un modo u otro, por esta isla.
En el mismo punto donde Morphey plantó la Piedra de Posesión en 1756 fue creciendo un pequeño puerto que los franceses llamaron L'Établissement. Cuando el archipiélago pasó a manos británicas y se convirtió en colonia, la ciudad fue rebautizada Victoria, en honor a la reina Victoria, y se consolidó como sede del gobierno colonial. Con apenas unas decenas de miles de habitantes, sigue siendo una de las capitales nacionales más pequeñas del mundo y suele citarse como la más pequeña de África.
Victoria conserva el aire de un pueblo colonial criollo. Su símbolo más conocido es el Little Ben, una réplica en miniatura del reloj Big Ben de Londres, erigida en 1903 para celebrar el ascenso de Seychelles a colonia de la Corona: un recordatorio en hierro de la herencia británica en medio del trópico. A pocos pasos, el bullicioso Mercado Sir Selwyn Selwyn-Clarke desborda de pescado, frutas, especias y vida criolla, y el Jardín Botánico Nacional reúne la flora endémica del archipiélago, incluidas palmeras coco de mer y tortugas gigantes.
Como único puerto y centro administrativo, Victoria fue el escenario de los momentos decisivos de la vida nacional: allí se izó la bandera de la independencia en 1976, allí se consumó el golpe de 1977 y allí se proclamó la nueva Constitución democrática de 1993. Pequeña pero cargada de historia, la ciudad resume el mestizaje del país: herencia francesa en la lengua y la religión, británica en las instituciones, y africana e india en su gente.
Sobre Mahé se alza el Morne Seychellois, que con 905 metros es el punto más alto de todo el archipiélago. Sus laderas están protegidas dentro del Parque Nacional Morne Seychellois, el mayor del país, un mosaico de selva de montaña, bosques de niebla, antiguas plantaciones de canela asilvestrada y manglares que desciende hasta el mar. Es un vestigio del paisaje que encontraron los primeros colonos, cuando la isla entera era selva virgen habitada solo por tortugas y aves.
Estas montañas guardan la memoria de la economía colonial. Por sus senderos todavía se topa uno con hornos de piedra donde se destilaba el aceite de canela, testimonio de la época en que la copra, la vainilla y la canela sostenían la vida de las islas. La vegetación endémica —palmeras raras, plantas carnívoras, orquídeas— convive con las especies que trajeron los colonos, en una mezcla que cuenta, en clave botánica, la historia del poblamiento.
Hoy el parque es uno de los grandes atractivos naturales de Mahé y un símbolo del giro conservacionista de Seychelles. Frente a la capital, además, el Parque Nacional Marino de Sainte Anne —creado en 1973, uno de los primeros del océano Índico— protege un grupo de islas donde en 1770 desembarcaron los primeros colonos: el mismo lugar donde empezó la historia poblada del país es hoy un santuario de corales, tortugas y peces de colores.