Recortada contra el horizonte de Mahé, la isla Silhouette debe su nombre —según la versión más difundida— a su perfil montañoso que se dibuja como una silueta al atardecer. Es la tercera isla más grande del país, pero una de las menos alteradas: casi toda su superficie es hoy parque nacional, con selva primaria de montaña que trepa por picos de más de setecientos metros y que conserva especies que ya desaparecieron de las islas más pobladas.
Su aislamiento la libró en buena medida de la deforestación que arrasó los bosques de Mahé y Praslin en tiempos de las plantaciones. Por eso Silhouette es considerada uno de los reductos de biodiversidad más ricos de Seychelles, un vistazo a cómo eran las islas antes de la llegada humana: hogar de ranas, murciélagos y plantas endémicas, y de esfuerzos de restauración ecológica que buscan devolverle su fauna original.
Como tantos rincones del archipiélago, Silhouette también tuvo su historia humana: pequeñas comunidades de plantadores y la tumba de un rico terrateniente que la habitó en el siglo XIX. Pero su destino terminó siendo el de santuario, un ejemplo del giro que dio Seychelles al convertir sus islas más frágiles en reservas antes que en centros turísticos masivos.
En el extremo norte del archipiélago, allí donde las islas graníticas ceden el lugar a los bancos de coral, se encuentra Bird Island, un islote coralino plano y pequeño que hace honor a su nombre. Cada año, en la temporada de anidación, la isla se cubre con cientos de miles de charranes sombríos —sooty terns— que llegan a reproducirse en una de las mayores concentraciones de aves marinas del océano Índico. El cielo se llena de un clamor ensordecedor y el suelo desaparece bajo los nidos.
Bird Island también fue, durante la época colonial, una explotación de guano y de copra, pero con el tiempo se reconvirtió en refugio de fauna. Además de las aves, alberga a Esmeralda, una tortuga gigante de Aldabra que durante años figuró entre las tortugas terrestres más pesadas del mundo, y sus playas son lugar de desove de tortugas marinas.
Estos islotes coralinos del norte, junto con los del sur, muestran la otra Seychelles: no la del granito de Mahé, sino la de los atolones y arrecifes, ecosistemas frágiles y bajos, hoy en la primera línea de la amenaza del cambio climático y del ascenso del nivel del mar que preocupa a toda la nación.
A más de mil kilómetros de Mahé, casi tocando las costas de Madagascar, se extiende Aldabra, el mayor atolón coralino elevado del mundo y la joya más remota de Seychelles. Su lejanía e inaccesibilidad —solo se llega tras días de navegación— fue, paradójicamente, su salvación: mientras las tortugas gigantes se extinguían en casi todo el Índico, en Aldabra sobrevivió una población colosal, hoy estimada en unas cien mil tortugas gigantes de Aldabra, más que en las propias islas Galápagos.
Ese aislamiento convirtió al atolón en un arca de Noé de la evolución. Allí vive el rascón de Aldabra, la última ave no voladora del océano Índico, además de aves, peces y plantas que no existen en ningún otro lugar. A comienzos de la década de 1960 se planteó instalar en la zona una base militar, un proyecto que despertó una campaña internacional de científicos para proteger el atolón; finalmente Aldabra se salvó y en 1982 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Hoy Aldabra, gestionado por la Seychelles Islands Foundation, es uno de los ecosistemas insulares menos alterados del planeta y un símbolo mundial de la conservación. Que un país pequeño y pobre en recursos haya elegido proteger un tesoro natural tan remoto en lugar de explotarlo dice mucho de la Seychelles moderna, que hizo de su naturaleza única —sus tortugas, su coco de mer, sus arrecifes— el centro de su identidad y de su economía.