A diferencia de casi cualquier otro rincón habitado de África, las islas de São Tomé y Príncipe no tenían población alguna cuando la historia escrita las alcanzó: eran dos volcanes cubiertos de selva ecuatorial que emergían del golfo de Guinea, sin un solo ser humano. Navegantes portugueses al servicio de la Corona las avistaron alrededor de 1470-1471 —según la tradición, São Tomé el día de Santo Tomás y Príncipe poco después—, en plena era de los descubrimientos, cuando Portugal exploraba metódicamente la costa africana en busca de una ruta hacia las Indias.
El extremo sur de la isla de São Tomé, donde hoy está Praia Piscina, era entonces —y siguió siendo por siglos— la parte más remota y salvaje de un territorio ya de por sí aislado. Selva impenetrable, lluvias torrenciales, costas rocosas y playas de arena dorada como esta formaban un paisaje virgen que los primeros colonos apenas tocaron: la colonización se concentró en el norte, más seco y accesible, alrededor de la naciente ciudad de São Tomé.
La posición de las islas, casi sobre la línea del ecuador y a medio camino entre el continente africano y las rutas atlánticas, iba a convertirlas en una pieza clave —y trágica— del comercio que Portugal montaría en los siglos siguientes. Pero el sur profundo, con playas como Praia Piscina, quedó siempre al margen, como un mundo aparte de naturaleza intacta.
El poblamiento efectivo de São Tomé empezó hacia 1493, cuando la Corona portuguesa entregó la isla a colonos y les concedió el derecho a traer mano de obra esclavizada del continente. El clima ecuatorial resultó ideal para la caña de azúcar, y en pocas décadas São Tomé se convirtió en uno de los mayores productores de azúcar del mundo atlántico, cultivado en grandes plantaciones trabajadas por miles de africanos esclavizados traídos de la costa de Guinea, el Congo y Angola.
Aquel primer auge azucarero del siglo XVI convirtió a la pequeña isla en un laboratorio siniestro: fue uno de los primeros lugares del planeta donde se ensayó el modelo de plantación esclavista que luego se exportaría masivamente a Brasil y al Caribe. La sociedad colonial mezcló a portugueses, africanos libres y esclavizados, dando origen a la población criolla y a lenguas propias como el forro. También hubo rebeliones de esclavos y ataques de piratas y potencias rivales.
Hacia fines del siglo XVI el azúcar santotomense entró en decadencia, superado por la producción brasileña, más barata y abundante. Las plantaciones se abandonaron o se reconvirtieron, la isla perdió importancia y quedó durante mucho tiempo como una escala del comercio esclavista y un territorio semiolvidado. El sur, con sus playas como Praia Piscina, siguió prácticamente despoblado, cubierto por la selva.
El segundo gran ciclo económico llegó en el siglo XIX y transformó de nuevo el paisaje: el cacao. Introducido en las islas a comienzos de ese siglo, el cacao encontró en el suelo volcánico y el clima húmedo de São Tomé y Príncipe condiciones ideales. Se crearon las 'roças', enormes plantaciones-pueblo con su casa señorial, su hospital, su capilla, sus vías de tren y sus filas de viviendas para los trabajadores, verdaderas aldeas dedicadas por completo a producir cacao y café.
A comienzos del siglo XX, São Tomé y Príncipe llegó a ser el mayor productor de cacao del mundo, y su chocolate abastecía a las grandes fábricas europeas. Pero ese esplendor se levantó sobre un sistema de trabajo brutal: aunque la esclavitud se había abolido oficialmente en el imperio portugués en 1869-1875, en las roças se impuso el régimen de los 'serviçais', contratados traídos de Angola, Cabo Verde y Mozambique en condiciones tan cercanas a la esclavitud que provocaron un escándalo internacional y hasta un boicot de chocolateras británicas a comienzos del siglo XX.
El sur de la isla también se llenó de roças que aprovechaban la selva y las tierras costeras, y la carretera que hoy lleva a Praia Piscina pasa junto a varias de esas plantaciones históricas, algunas todavía activas y otras semiabandonadas y devoradas por la vegetación. Ese paisaje de roças en ruinas, cacao silvestre y pueblos de trabajadores es parte esencial de la identidad del país y del camino hacia el extremo sur.
El siglo XX trajo la creciente conciencia nacional y anticolonial. En 1953, la represión colonial de una protesta desembocó en el llamado Massacre de Batepá, en el que murieron numerosos santotomenses y que se convirtió en un símbolo del despertar nacional. En las décadas siguientes se formó el Movimiento de Liberación de São Tomé y Príncipe (MLSTP), y tras la Revolución de los Claveles en Portugal (1974), el país accedió por fin a la independencia el 12 de julio de 1975, con Manuel Pinto da Costa como primer presidente.
El joven país atravesó años de régimen de partido único y economía dependiente del cacao, y desde 1990 adoptó la democracia multipartidista. Con las roças en decadencia y una economía frágil, São Tomé y Príncipe empezó a mirar hacia otro tesoro: su naturaleza extraordinariamente conservada. El aislamiento que durante siglos mantuvo al sur despoblado hizo que sus selvas, playas y arrecifes llegaran casi intactos al siglo XXI.
Hoy el extremo sur, con Praia Piscina, Praia Jalé y Porto Alegre, es uno de los destinos de ecoturismo más valorados del país: playas vírgenes, desove de tortugas marinas, selva primaria y una tranquilidad absoluta. Lo que fue durante siglos la zona más apartada y difícil de la isla es ahora, precisamente por eso, uno de sus mayores atractivos: un paraíso natural donde la historia del azúcar y el cacao convive con una naturaleza que el turismo intenta preservar.