La región de Musanze, en el extremo norte de Ruanda, debe su carácter a la geología: se asienta al pie de los montes Virunga, una cadena de volcanes cuyas erupciones a lo largo de milenios cubrieron la tierra de suelos volcánicos ricos y fértiles. Esa fertilidad, sumada a un clima fresco de altura y a abundantes lluvias, convirtió a la zona en una de las regiones agrícolas más productivas del país, célebre sobre todo por sus cultivos de papa, que hoy abastecen a buena parte de Ruanda. El paisaje de colinas terrazadas, campos verdes y aldeas al pie de los conos volcánicos es fruto de siglos de trabajo campesino.
Antes de la llegada de los europeos, esta región del norte formaba parte del mundo cultural del reino de Ruanda, aunque con particularidades: era una zona fronteriza, con una fuerte identidad local y cierta autonomía frente al poder central de la corte. Cerca de Musanze se encuentra el bosque sagrado de Buhanga, ligado en la tradición a los rituales de coronación de los reyes ruandeses, lo que da idea de la importancia simbólica del área. Las cuevas de lava de la zona, formadas por la actividad volcánica, sirvieron de refugio a la población en tiempos de conflicto desde tiempos remotos.
La cercanía de los volcanes y de las fronteras con lo que hoy son Uganda y la República Democrática del Congo hizo de esta región un cruce de caminos y culturas, pero también un lugar expuesto a las tensiones regionales. Esa doble condición —tierra fértil y próspera, y a la vez zona fronteriza y estratégica— marcaría profundamente la historia de Musanze a lo largo del siglo XX y, sobre todo, en su tramo más dramático.
Durante la época colonial, primero bajo Alemania y luego, desde después de la Primera Guerra Mundial, bajo Bélgica, la ciudad que hoy conocemos como Musanze se desarrolló con el nombre de Ruhengeri. Los belgas la convirtieron en un centro administrativo del norte de Ruanda, aprovechando su posición estratégica y la riqueza agrícola de la región. La ciudad creció alrededor de las funciones administrativas, comerciales y misioneras, y se fue consolidando como la principal urbe del norte del país.
La administración colonial belga, como en el resto de Ruanda, profundizó las divisiones sociales entre hutus y tutsis y transformó la economía hacia los cultivos y las necesidades de la metrópoli. Ruhengeri, en el corazón de una región de mayoría hutu, tuvo un peso particular en la política ruandesa del período previo y posterior a la independencia. Tras la 'revolución social' de 1959 y la independencia de 1962, el norte se convirtió en un bastión del poder político hutu, y de esta región procedían figuras clave del régimen que gobernaría el país en las décadas siguientes.
En efecto, el presidente Juvénal Habyarimana, que llegó al poder mediante un golpe en 1973 y gobernó hasta su muerte en 1994, era originario del norte, y su régimen se apoyó fuertemente en las élites de esta región. Ruhengeri fue, así, una ciudad ligada al poder durante buena parte de la historia del Ruanda independiente. Esa centralidad política tendría un reverso trágico cuando estallara el conflicto que desembocaría en el genocidio.
La condición fronteriza de Ruhengeri la colocó en el epicentro del conflicto que asoló Ruanda en los años noventa. En octubre de 1990, el Frente Patriótico Ruandés (FPR), formado por descendientes de los exiliados tutsis, invadió el país desde Uganda precisamente por el norte, y la región de Ruhengeri quedó desde el principio en la línea del frente de la guerra civil. En 1991, el FPR llegó a asaltar la prisión de Ruhengeri en una acción audaz. Los años de guerra trajeron combates, desplazamientos y una creciente militarización y radicalización de la zona.
Cuando estalló el genocidio contra los tutsis en abril de 1994, el norte, bastión del régimen y de la propaganda extremista, fue escenario de matanzas, como el resto del país. Poco después, el avance del FPR fue tomando el territorio y poniendo fin al genocidio, pero provocó a su vez el éxodo masivo de población hutu —mezclada con responsables de las matanzas— hacia el Congo, precisamente a través de la región fronteriza de Ruhengeri y del lago Kivu. La zona quedó, tras la guerra, entre las más golpeadas y desestabilizadas del país.
Durante la segunda mitad de los años noventa, la inseguridad continuó en el norte a causa de las incursiones de grupos armados (los llamados 'infiltrados') desde el Congo, en el contexto de las guerras que asolaron la región de los Grandes Lagos. Ruhengeri y su entorno vivieron años difíciles de violencia residual antes de que el país lograra estabilizarse por completo. La reconstrucción de esta región, tan castigada, sería uno de los grandes desafíos del nuevo Ruanda.
Con la estabilización del país a comienzos del siglo XXI y la reforma administrativa de 2006, que reorganizó los distritos de Ruanda, la ciudad y el distrito adoptaron oficialmente el nombre de Musanze, dejando atrás la denominación colonial de Ruhengeri. Ese cambio de nombre acompañó un cambio de época: la región, antes marcada por la guerra y el conflicto, empezó a reconstruirse y a proyectarse hacia el futuro, apoyada sobre todo en su gran activo natural, los gorilas de montaña del cercano Parque Nacional de los Volcanes.
El auge del turismo de gorilas transformó por completo la economía de Musanze. La ciudad se convirtió en la base logística indiscutida para los treks, y a su alrededor floreció una industria de hoteles, lodges, restaurantes, operadores y servicios. Junto a la agricultura tradicional —la papa, sobre todo—, el turismo pasó a ser un motor de desarrollo, con lodges de lujo internacional instalándose a los pies de los volcanes y con programas que reparten parte de los ingresos del parque entre las comunidades locales. Museos y centros como el Ellen DeGeneres Campus del Dian Fossey Gorilla Fund, inaugurado en 2022, consolidaron a la zona como capital de la conservación en Ruanda.
Hoy Musanze es la tercera ciudad del país y una de las de crecimiento más dinámico, con una identidad ligada a la vez al campo, a los volcanes y al turismo. Su historia —de tierra fértil a bastión político, de zona de guerra a base del turismo de gorilas— resume buena parte de la trayectoria del Ruanda contemporáneo: la de una región castigada que supo reinventarse. Para el viajero, entender ese recorrido añade profundidad a una ciudad que, más allá de ser el punto de partida hacia los gorilas, tiene su propia y densa historia.