En el extremo noroeste de Ruanda, la cadena volcánica de los Virunga marca la frontera con la República Democrática del Congo y Uganda. Allí se extiende el Parque Nacional de los Volcanes (Parc National des Volcans), que protege cinco de los ocho volcanes del macizo —Karisimbi, Bisoke, Muhabura, Gahinga y Sabyinyo— con sus laderas cubiertas de selva de montaña, bambú y páramo.
El parque tiene una larga historia de conservación: sus límites originales se establecieron en 1925, lo que lo convierte en una de las áreas protegidas más antiguas de África, creada precisamente para amparar a los gorilas de montaña. Durante la guerra civil y el genocidio de los años noventa, la región fue zona de conflicto y el turismo quedó interrumpido; solo a partir de 1999 se recuperó poco a poco la actividad.
Hoy el Parque de los Volcanes es la joya del turismo ruandés. Cada año, la ceremonia del Kwita Izina —inspirada en las ceremonias tradicionales de dar nombre a los recién nacidos— celebra públicamente el nacimiento de las crías de gorila, un símbolo del éxito de la conservación y del orgullo nacional por esta fauna única.
Los gorilas de montaña (Gorilla beringei beringei) son una de las especies más amenazadas del planeta, y las nieblas de los Virunga son uno de sus últimos refugios. Pasar una hora a pocos metros de una familia de gorilas salvajes —madres con crías, jóvenes jugando, un imponente espalda plateada vigilando— es la experiencia estrella de Ruanda y una de las más memorables que ofrece África.
Que hoy podamos verlos se debe, en buena parte, a la primatóloga estadounidense Dian Fossey, que llegó al parque en 1967 y estableció el centro de investigación de Karisoke, entre los volcanes Bisoke y Karisimbi. Fossey estudió a los gorilas como nadie antes, reveló su comportamiento al mundo y libró una lucha feroz contra los cazadores furtivos. Fue asesinada en 1985 en su cabaña del parque, en un crimen nunca del todo esclarecido, y enterrada junto a su gorila favorito, Digit.
Su historia, popularizada por el libro y la película “Gorilas en la niebla”, contribuyó a salvar a la especie de la extinción al atraer la atención internacional. Hoy, un ingreso importante del turismo de gorilas se destina a la conservación y a las comunidades locales, en un modelo que busca que la fauna valga más viva que muerta.
La base para el trekking de gorilas es Musanze, la principal ciudad del norte, conocida durante mucho tiempo por su nombre colonial de Ruhengeri. Situada a los pies de los volcanes, es un animado pueblo de montaña rodeado de campos terrazados, punto de partida de las expediciones al parque y sede de una gran cueva de lava, formada por antiguas erupciones, que hoy se visita con guía.
Muy cerca, los lagos gemelos Burera y Ruhondo ofrecen una de las postales más serenas de Ruanda: dos espejos de agua encajados entre colinas cultivadas, con la silueta de los volcanes al fondo. Son lugares ideales para caminatas tranquilas, paseos en canoa y para captar la esencia del paisaje ruandés más puro, lejos de las multitudes.
Toda esta región del norte, densamente poblada y intensamente cultivada, muestra la Ruanda rural de las mil colinas: laderas trabajadas palmo a palmo, agricultura de papa, maíz y crisantemo, y pueblos que viven al ritmo de la tierra y de la montaña. Es, además, una de las zonas donde el turismo de naturaleza ha traído desarrollo y empleo tras años difíciles.