El Nyiragongo forma parte de la cadena de volcanes Virunga, que se alza en el Rift Albertino, la rama occidental del Gran Valle del Rift de África oriental: una descomunal fractura de la corteza terrestre donde el continente se está separando lentamente. Esa tensión geológica es la que alimenta el vulcanismo de la región, una de las más activas de África. El Nyiragongo, un estratovolcán de unos 3.470 metros de altura, es el más famoso y peligroso de esta cadena, junto a su vecino Nyamuragira.
Lo que hace único al Nyiragongo es su lago de lava. En el fondo de su enorme cráter, de unos dos kilómetros de diámetro, se mantiene de forma más o menos permanente una masa de roca fundida: uno de los pocos lagos de lava persistentes del mundo y, en distintos momentos, el mayor de todos. Ese lago sube y baja de nivel a lo largo de los años, y su comportamiento es un indicador clave de la actividad del volcán que vigilan los científicos.
La lava del Nyiragongo tiene, además, una característica que lo vuelve especialmente letal: es inusualmente fluida. A diferencia de las lavas espesas y lentas de muchos volcanes, la del Nyiragongo, pobre en sílice, puede correr ladera abajo a velocidades altísimas —se han citado más de 60 km/h en algunas erupciones—, dando muy poco margen para escapar. Esta combinación de un gran lago de lava y una lava veloz es la raíz de las tragedias que ha causado.
El 10 de enero de 1977, el Nyiragongo protagonizó una de sus erupciones más mortíferas y reveladoras. Las paredes del cráter se fracturaron y el lago de lava se vació en cuestión de menos de una hora, liberando torrentes de lava fluida que bajaron por las laderas a una velocidad pasmosa. La rapidez fue tal que muchas personas y animales no tuvieron tiempo de huir: se estima que murieron cientos de personas, atrapadas por una lava que avanzaba más rápido de lo que nadie podía correr.
Aquella erupción cambió la comprensión científica del volcán. Demostró que el Nyiragongo no era un volcán 'ordinario', sino un caso extremo por la fluidez de su lava y por la amenaza que representaba su lago para las poblaciones del valle. Los vulcanólogos empezaron a estudiarlo con más atención, conscientes de que a sus pies, en la creciente ciudad de Goma, vivían cada vez más personas.
El desastre de 1977 quedó como un anticipo sombrío. La lección era clara: cuando el lago de lava del Nyiragongo encuentra una vía de salida, la catástrofe puede desencadenarse en minutos. Pese a ello, la población de Goma siguió creciendo sobre una tierra fértil pero expuesta, en una convivencia arriesgada con el volcán que se repetiría, con consecuencias aún mayores, décadas después.
El 17 de enero de 2002, el Nyiragongo volvió a entrar en erupción, esta vez con un impacto directo sobre la ciudad. La lava brotó de fracturas en el flanco sur del volcán y descendió en varios ríos incandescentes que llegaron hasta Goma, a orillas del lago Kivu. Una de las coladas atravesó el centro de la ciudad, destruyó comercios y viviendas, cubrió parte de la pista del aeropuerto y llegó hasta la propia orilla del lago.
El balance fue devastador: aunque el número de muertos directos fue relativamente contenido para la magnitud del fenómeno (en buena parte porque hubo tiempo para huir), la erupción destruyó miles de edificios, dejó sin hogar a una porción enorme de la población y provocó el desplazamiento de unas 250.000 personas, muchas de las cuales cruzaron temporalmente a la vecina Ruanda. Se sumaron peligros añadidos, como explosiones y emanaciones de gas, e incluso el temor a una liberación mortal de gases desde el fondo del lago Kivu.
La erupción de 2002 mostró al mundo la vulnerabilidad extrema de Goma y reforzó la necesidad de vigilar de cerca al volcán. Sobre los campos de lava negra solidificada, la ciudad volvió a levantarse con una resiliencia asombrosa: hoy, barrios enteros de Goma se asientan literalmente sobre la roca de aquella colada, un recordatorio permanente de que se vive a los pies de un gigante dormido pero vivo.
El 22 de mayo de 2021, casi veinte años después, el Nyiragongo volvió a erupcionar, y lo hizo de manera especialmente inquietante: prácticamente sin señales de alarma previas. La falta de precursores claros —y las dificultades de monitoreo que había atravesado el Observatorio Vulcanológico de Goma— hicieron que la erupción tomara a la ciudad por sorpresa. La lava descendió de nuevo hacia Goma, esta vez deteniéndose en las afueras del norte de la ciudad tras destruir barrios periféricos.
La erupción causó decenas de muertes —algunas por la lava, otras en la caótica evacuación— y arrasó más de mil viviendas, dejando a miles de personas sin hogar. En los días siguientes, una intensa actividad sísmica y el temor a nuevas coladas o a una erupción bajo el lago Kivu provocaron la evacuación masiva y temporal de gran parte de Goma. La ciudad vivió días de pánico e incertidumbre.
Estudios científicos posteriores señalaron que la erupción de 2021 pudo deberse a una fractura del edificio volcánico que liberó el magma casi sin aviso, un comportamiento que subraya lo difícil que es predecir a este volcán y lo vital que resulta mantener un monitoreo permanente y bien financiado, algo que la inestabilidad crónica de la región dificulta enormemente.
A pesar de su peligro —o quizás en parte por él—, el Nyiragongo se convirtió, en los años en que el Parque Nacional Virunga estuvo abierto, en uno de los grandes destinos de aventura de África. Vulcanólogos de todo el mundo acudían a estudiar su lago de lava, y viajeros intrépidos ascendían sus laderas para pasar la noche al borde del cráter y contemplar, en la oscuridad, el hipnótico brillo de la roca fundida. Fue escenario de documentales, expediciones científicas e imágenes que dieron la vuelta al planeta.
Ese turismo, cuidadosamente gestionado por el parque, aportaba ingresos para la conservación y para las comunidades, y daba a conocer al mundo un rincón extraordinario del Congo. Pero siempre se desarrolló bajo la doble sombra del peligro volcánico y de la inestabilidad de la región. A partir de 2020, con el cierre del parque por la pandemia y la persistente inseguridad, y sobre todo tras la escalada del conflicto y la toma de Goma por el M23 en 2025, el ascenso quedó suspendido de forma indefinida.
Hoy, el Nyiragongo sigue ahí, humeante y activo, vigilando Goma con su lago de lava, imponente y amenazante a la vez. Para el viajero representa una de las maravillas geológicas más impresionantes del planeta, pero también una lección de humildad: la de un volcán que no se deja domesticar y que solo se puede visitar en tiempos de paz, con permiso oficial y máximo respeto por su poder. Por ahora, la recomendación es admirarlo de lejos y seguir de cerca los avisos de seguridad de la región.