El Parque Nacional Salonga protege una porción monumental de la selva ecuatorial de la cuenca central del Congo, la segunda mayor masa de selva tropical continua del planeta después de la Amazonía. Con una superficie de entre 33.000 y 36.000 km² —más grande que muchos países—, es la mayor área protegida de selva tropical de África y una de las más grandes del mundo. Se extiende por el interior más profundo y aislado de la RD Congo, sin carreteras, atravesado únicamente por ríos serpenteantes de aguas negras, ciénagas y bosques inundables.
Esta selva se formó a lo largo de millones de años en la gran depresión de la cuenca del Congo, un ecosistema de una estabilidad y una biodiversidad extraordinarias. Antes de ser parque, y todavía hoy en su entorno, fue territorio de pueblos de la selva —comunidades bantúes y grupos de cazadores-recolectores— que vivían de la pesca, la caza y la recolección, con un conocimiento minucioso del bosque. Su aislamiento extremo, que hoy dificulta tanto su visita, fue durante siglos su mejor protección.
La importancia planetaria de Salonga va más allá de su fauna: es uno de los mayores reservorios de carbono de la Tierra. Sus árboles y sus suelos de turba almacenan cantidades ingentes de carbono, por lo que su conservación es clave en la lucha contra el cambio climático global. Proteger Salonga no es solo salvar a los bonobos: es preservar uno de los grandes pulmones del planeta.
Salonga es, ante todo, el gran santuario del bonobo (Pan paniscus), uno de nuestros parientes vivos más cercanos. Junto con el chimpancé, el bonobo comparte cerca del 99% de su ADN con los seres humanos, pero se distingue por sus sociedades dominadas por las hembras y por resolver los conflictos mediante vínculos sociales y afecto en lugar de violencia, lo que le ha valido el apodo de 'simio de la paz'. Es una especie endémica de la RD Congo: solo vive en las selvas al sur del río Congo, y en ningún otro lugar del mundo.
El parque alberga una de las mayores poblaciones de bonobos que quedan, estimada en miles de individuos, lo que lo convierte en un bastión imprescindible para la supervivencia de la especie, clasificada como amenazada. La caza furtiva para carne de animales silvestres ('bushmeat') y la pérdida de hábitat son sus principales amenazas. Por eso los esfuerzos de conservación en Salonga se centran en gran medida en proteger a este gran simio y en estudiar sus poblaciones, aún poco conocidas.
El bonobo no fue reconocido como especie distinta del chimpancé hasta 1929, y buena parte de lo que sabemos sobre él procede de investigaciones realizadas en las selvas del Congo y en santuarios como Lola ya Bonobo, cerca de Kinshasa. Salonga representa su futuro en libertad: sin esta enorme selva protegida, el 'simio de la paz' tendría muy pocas posibilidades de sobrevivir a largo plazo en estado salvaje.
El Parque Nacional Salonga fue creado en 1970, durante el régimen de Mobutu Sese Seko, que por entonces impulsó la creación de varias grandes áreas protegidas en el país (entonces llamado Zaire). Se estableció para proteger una porción representativa de la selva ecuatorial de la cuenca central del Congo, precisamente aprovechando su enorme aislamiento y su escasa población. Desde el principio, su tamaño colosal y su inaccesibilidad lo convirtieron en un caso singular entre los parques africanos.
En 1984, la Unesco inscribió Salonga en la Lista del Patrimonio Mundial, reconociendo su valor universal excepcional como el mayor bloque de selva tropical protegida de África y como hábitat de especies amenazadas y endémicas, con el bonobo a la cabeza. Ese reconocimiento internacional consagró la importancia global del parque, pero no lo puso a salvo de las amenazas que se avecinaban.
El parque se organizó en dos grandes bloques, norte y sur, separados por un corredor habitado, lo que refleja la complejidad de proteger un territorio tan vasto en un país con enormes dificultades de gobernanza y recursos. La gestión quedó a cargo del Instituto Congoleño para la Conservación de la Naturaleza (ICCN), la autoridad de parques del país, que durante décadas tuvo que enfrentar la protección de un área inmensa con medios muy limitados.
El aislamiento que había protegido a Salonga durante décadas dejó de bastar a finales del siglo XX. Las guerras del Congo (1996-2003), el conflicto más mortífero desde la Segunda Guerra Mundial, sumieron al país en el caos y debilitaron gravemente la protección de sus parques. La caza furtiva —de elefantes por el marfil y de otros animales por su carne— se disparó, y las poblaciones de fauna sufrieron un duro golpe. En 1999, ante el deterioro de la situación, la Unesco inscribió a Salonga en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro.
La recuperación fue lenta y difícil. A partir de 2015-2016, el ICCN estableció una co-gestión del parque con la organización WWF, que aportó recursos, personal y una estrategia reforzada de lucha contra la caza furtiva, apoyo a los guardaparques y trabajo con las comunidades locales. Se profesionalizó la vigilancia, se realizaron censos de fauna y se buscó reducir la presión sobre los elefantes y los bonobos. Estos esfuerzos, no exentos de tensiones y desafíos, empezaron a dar frutos.
En 2021, tras años de mejoras en la gestión y en las condiciones de conservación, la Unesco retiró a Salonga de la Lista de Patrimonio Mundial en Peligro, un reconocimiento importante al trabajo realizado. No significa que el parque esté a salvo —la caza furtiva, la pobreza del entorno y la debilidad institucional siguen siendo amenazas—, pero marcó un punto de inflexión esperanzador para el mayor santuario de selva de África.
Hoy el Parque Nacional Salonga sigue siendo uno de los grandes tesoros naturales del planeta y un símbolo de la conservación en la RD Congo. Bajo la co-gestión del ICCN y WWF, continúan los esfuerzos por proteger a los bonobos, los elefantes de bosque, el pavo real del Congo y el conjunto de una biodiversidad todavía poco explorada, así como por preservar su función esencial como reservorio de carbono frente al cambio climático. Los guardaparques patrullan un territorio inmenso en condiciones extremas, a menudo con grandes riesgos.
El parque afronta desafíos enormes: la pobreza de las comunidades del entorno, que a veces empuja a la caza y la pesca ilegales; la debilidad de las instituciones; la presión de intereses económicos sobre la selva; y la dificultad de proteger un área tan vasta e inaccesible. Al mismo tiempo, iniciativas de investigación, ecoturismo muy limitado y financiación internacional buscan hacer viable su conservación a largo plazo, demostrando que preservar Salonga también puede beneficiar a la población local.
Para el viajero, Salonga es un destino casi mítico: la selva protegida más grande de África, prácticamente cerrada al turismo, reservada a quienes están dispuestos a encarar una verdadera expedición. Más que un lugar para 'visitar', es un lugar para comprender y valorar: uno de los últimos grandes santuarios de naturaleza intacta de la Tierra, el reino silencioso del bonobo en el corazón más profundo del Congo.