El Parque Nacional Kahuzi-Biega nació en 1970 gracias al empeño de un hombre: Adrien Deschryver, un conservacionista belga nacido en el Congo que dedicó su vida a proteger a los gorilas de esta región montañosa del este del país. Deschryver quedó fascinado por los gorilas de Grauer que habitaban las selvas en torno a los montes Kahuzi y Biega, dos volcanes apagados, y luchó por crear un área protegida que los salvara de la caza y la deforestación. El parque se estableció formalmente ese año, con la conservación del gorila como misión central.
Uno de los grandes logros de Deschryver fue iniciar el proceso de habituación de algunos grupos de gorilas de Grauer a la presencia humana, un trabajo pionero, delicado y de largo aliento que permitiría, con los años, que los visitantes pudieran acercarse a ellos de forma segura y respetuosa. Esa habituación convirtió a Kahuzi-Biega en el mejor lugar del mundo para observar a esta subespecie, la más grande de todos los gorilas.
En 1975, el parque se amplió enormemente hacia el oeste, incorporando vastos bosques de llanura y multiplicando su superficie hasta alcanzar unos 6.000 km². Con ello, Kahuzi-Biega pasó a proteger un territorio de una diversidad excepcional, que iba de las cumbres de montaña a la selva baja, con chimpancés, elefantes de bosque y una riqueza biológica extraordinaria. En 1980, la UNESCO reconoció ese valor único declarándolo Patrimonio de la Humanidad.
El protagonista del parque es el gorila de Grauer (Gorilla beringei graueri), también conocido como gorila oriental de llanura. Es la mayor de todas las subespecies de gorila y, por tanto, el primate más grande del mundo: los machos adultos, con su característica espalda plateada, pueden superar los 200 kilos. Debe su nombre al zoólogo austríaco Rudolf Grauer, que lo describió a comienzos del siglo XX. Es un animal endémico del este de la RD Congo: no vive en ningún otro país del planeta.
A diferencia del gorila de montaña —más conocido y presente también en Ruanda y Uganda—, el gorila de Grauer habita selvas de montaña y de llanura del este congoleño, y su conservación es especialmente difícil por coincidir con una de las regiones más inestables y violentas de África. Es un simio inteligente y social, que vive en grupos liderados por un macho dominante, se alimenta sobre todo de vegetación y desempeña un papel clave en el ecosistema de la selva.
Su situación es crítica. Estudios de conservación han estimado que la población de gorilas de Grauer se desplomó de forma dramática en las últimas décadas, con caídas que algunos análisis cifraron en torno al 70-80 %, debido a la caza furtiva —muchas veces ligada a los campamentos mineros ilegales—, la pérdida de hábitat y el caos de las guerras. Kahuzi-Biega protege una de sus últimas poblaciones importantes, lo que convierte al parque en un bastión decisivo para la supervivencia de la especie.
La creación del parque tuvo una cara dolorosa y a menudo silenciada: el desplazamiento de los pueblos indígenas twa (o batwa), cazadores-recolectores que habían vivido durante generaciones en estas selvas y cuya cultura estaba íntimamente ligada al bosque. Al establecerse el área protegida en 1970 y ampliarse en 1975, los twa fueron expulsados de sus tierras ancestrales, sin apenas compensación ni alternativas, y quedaron condenados a vivir en los márgenes, en la pobreza y el desarraigo.
Despojados de su territorio y de su modo de vida tradicional, muchos twa cayeron en la marginación, la discriminación y la miseria. Con el paso de las décadas, su reclamo por el reconocimiento de sus derechos y por el acceso a su tierra ancestral se volvió cada vez más firme, y en algunos casos derivó en tensiones y enfrentamientos graves dentro y alrededor del parque, con episodios de violencia y represión que han sido denunciados por organizaciones de derechos humanos.
La historia de los twa de Kahuzi-Biega encarna un dilema global de la conservación: cómo proteger la naturaleza sin atropellar los derechos de los pueblos originarios que la habitaban y la cuidaban. Es un debate vivo y complejo, sin soluciones fáciles, que forma parte inseparable de la historia del parque y que obliga a mirar la conservación con una perspectiva más justa, que incluya a las comunidades humanas y no solo a la fauna.
Como todo el este del Congo, Kahuzi-Biega fue arrasado por las guerras que estallaron a partir de 1996. La llegada de refugiados, el paso de ejércitos y grupos armados y el colapso del Estado convirtieron al parque en escenario de una devastación enorme. La caza furtiva se disparó: los elefantes de bosque fueron masacrados casi hasta la desaparición dentro del parque, y muchos gorilas fueron abatidos. Los guardaparques, mal equipados, siguieron trabajando en condiciones extremas y peligrosas.
A la guerra se sumó la minería ilegal. El este del Congo es riquísimo en minerales estratégicos, en especial el coltán (columbita-tantalita), esencial para los teléfonos móviles y la electrónica mundial. Durante los años de conflicto, buscadores y grupos armados se internaron en el parque para explotar yacimientos, abriendo campamentos ilegales cuyos ocupantes se alimentaban cazando la fauna, incluidos los gorilas. Así, la demanda global de minerales quedó trágicamente conectada con la destrucción de este santuario natural.
Ante semejante deterioro, la UNESCO inscribió a Kahuzi-Biega en la lista de Patrimonio de la Humanidad en Peligro ya en 1997, una condición que ha mantenido durante décadas. Pese a todo, gracias a la tenacidad de los conservacionistas y guardaparques congoleños y al apoyo internacional, el parque logró conservar poblaciones clave de gorilas de Grauer y seguir funcionando en las ventanas de relativa calma, un logro notable en medio de la adversidad.
En los períodos de relativa estabilidad, Kahuzi-Biega logró desarrollar un turismo de gorilas de pequeña escala pero muy valioso: viajeros de todo el mundo llegaban a Bukavu para caminar por la selva y vivir el encuentro único con los gorilas de Grauer, aportando ingresos para la conservación y para las comunidades. El parque se ganó un prestigio internacional como el lugar del planeta para ver a esta especie, y sus rangers y científicos realizaron un trabajo encomiable de monitoreo y protección.
Sin embargo, la paz en el este del Congo nunca ha sido duradera. La provincia de Kivu del Sur, donde se encuentra el parque, ha seguido sacudida por la actividad de numerosos grupos armados. A comienzos de 2025, la gran ofensiva del grupo rebelde M23 sobre el este del país alcanzó también Bukavu, la ciudad de acceso al parque, en el marco de la peor crisis de seguridad de la región en años. La inestabilidad volvió a poner en jaque la protección del parque y la viabilidad de cualquier visita.
Para el viajero, Kahuzi-Biega representa hoy una promesa condicionada por la realidad: uno de los lugares más extraordinarios del planeta para ver al mayor de los gorilas, pero situado en una región cuya seguridad es incierta y que los gobiernos desaconsejan visitar. La recomendación es clara: seguir de cerca la evolución del conflicto, guiarse siempre por los avisos oficiales y por el estado del parque, y confiar en que la paz permita algún día volver a caminar por estas selvas hacia los gorilas de Grauer, cuya supervivencia depende, en buena medida, de que este santuario resista.