Para entender Lola ya Bonobo hay que entender primero al bonobo, uno de los animales más fascinantes y menos conocidos del planeta. El bonobo (Pan paniscus) es un gran simio, pariente cercanísimo del chimpancé y, junto a él, la especie más próxima al ser humano: compartimos alrededor del 99 % de nuestro ADN. Fue reconocido como especie distinta del chimpancé recién en 1929, y durante mucho tiempo se lo llamó 'chimpancé pigmeo', un nombre engañoso porque no es simplemente un chimpancé más pequeño.
Lo que hace al bonobo verdaderamente único es su comportamiento. Mientras las sociedades de chimpancés son dominadas por los machos y pueden ser muy violentas, las de bonobos son notablemente pacíficas y están lideradas por las hembras, que forman fuertes alianzas. Los bonobos resuelven tensiones y conflictos con contacto físico, afecto y comportamientos sociales de reconciliación, en lugar de con agresión. Por eso a veces se los describe, con cierta licencia poética, como los simios del 'amor' frente a los chimpancés de la 'guerra'. Son inteligentes, empáticos y capaces de una gran ternura.
El bonobo tiene además una particularidad geográfica asombrosa: solo vive en libertad en un único país del mundo, la República Democrática del Congo, y solo al sur del gran río Congo. Se cree que el propio río, hace más de un millón de años, separó a las poblaciones de simios y dio lugar a la evolución independiente del bonobo. Ese aislamiento lo convierte en un símbolo nacional congoleño y, a la vez, en una especie extremadamente vulnerable.
La historia de Lola ya Bonobo es inseparable de la de su fundadora, Claudine André. Nacida en Bélgica y criada en el Congo desde niña, André se quedó en el país que consideraba su hogar. En 1993, en medio del caos de los saqueos que asolaron Kinshasa en los últimos años del régimen de Mobutu, mientras colaboraba como voluntaria en el zoológico de la ciudad, le confiaron el cuidado de un bebé bonobo huérfano y moribundo llamado Mikeno. Nadie daba nada por él, pero André logró salvarlo, y aquel pequeño simio cambió el rumbo de su vida.
Pronto empezaron a llegarle más crías: bonobos bebés confiscados a traficantes o rescatados de mercados, huérfanos porque sus madres habían sido cazadas para vender su carne o para el comercio ilegal de mascotas. Cada cría necesitaba cuidados intensivos, cariño y contacto constante para sobrevivir al trauma. Así, casi sin proponérselo, Claudine André se encontró al frente de un refugio improvisado que no paraba de crecer.
En 1994 fundó formalmente la organización que gestionaría el proyecto, y con el tiempo consiguió un terreno adecuado en las Petites Chutes de la Lukaya, al sur de Kinshasa: un bosque con arroyos, perfecto para dar a los bonobos un entorno natural. Nacía así Lola ya Bonobo —'el paraíso de los bonobos' en lingala—, que se convertiría en el único santuario del mundo dedicado a esta especie. La organización que lo sostiene, Amis des Bonobos du Congo (ABC), se propuso no solo rescatar animales, sino también cambiar la actitud de los congoleños hacia un simio que muchos ni conocían.
El proceso que sigue cada bonobo que llega a Lola ya Bonobo es largo y delicado. La mayoría son crías traumatizadas, arrancadas de sus madres muertas y a veces retenidas semanas en pésimas condiciones antes de ser confiscadas. Al llegar, cada bebé recibe atención veterinaria y, sobre todo, una 'mamá' sustituta humana que lo cuida día y noche: lo alimenta, lo carga, duerme con él y le brinda el contacto físico permanente que un bonobo pequeño necesita para no morir de estrés y abandono. Los bonobos son tan sociales que la soledad puede matarlos.
A medida que se recuperan física y emocionalmente, los jóvenes se integran poco a poco con otros de su edad y luego en grupos sociales más grandes, dentro de amplios recintos de bosque cercado donde pueden trepar, buscar comida, nadar y comportarse como bonobos salvajes. El santuario recrea, en la medida de lo posible, la estructura de una comunidad natural, con sus jerarquías matriarcales, sus juegos y sus reconciliaciones. Los cuidadores congoleños que trabajan allí desarrollan vínculos profundos con los animales.
Además del rescate, la educación es una misión central. Cada año, miles de escolares de Kinshasa visitan el santuario para aprender qué es un bonobo y por qué hay que protegerlo. Muchos congoleños desconocen que su país alberga a un simio único en el mundo; cambiar esa mirada —de la carne de monte al orgullo nacional— es una de las mayores victorias del proyecto. Lola ya Bonobo se ha ganado un prestigio internacional y aparece en documentales y estudios científicos sobre el comportamiento de los grandes simios.
El objetivo final de un santuario de conservación no es tener animales en cautiverio, sino devolverlos a la naturaleza. Por eso, en 2009, Lola ya Bonobo dio un paso histórico y pionero: la primera reintroducción del mundo de bonobos a la selva salvaje. En un vasto territorio protegido de la remota provincia de Équateur, en el norte del país, se creó el sitio de liberación Ekolo ya Bonobo ('la tierra de los bonobos').
Allí, grupos de bonobos rehabilitados en el santuario fueron liberados tras un cuidadoso proceso de preparación, monitoreados por equipos que siguen su adaptación al medio salvaje. El experimento funcionó: los bonobos liberados aprendieron a alimentarse y a sobrevivir por sí mismos, y con los años nacieron crías en plena libertad, hijas de madres que habían sido rescatadas de niñas. Fue una demostración conmovedora de que la rehabilitación puede cerrar el círculo y regenerar poblaciones salvajes.
Ekolo ya Bonobo protege además un enorme territorio de selva y colabora con las comunidades locales, dándoles un incentivo para conservar el bosque y a sus simios en lugar de cazarlos. No se visita como turista —es una zona muy remota y frágil—, pero su historia da sentido a todo lo que se ve en el santuario de Kinshasa: cada bonobo rescatado y sanado es, potencialmente, un futuro habitante libre de la gran selva congoleña.
El bonobo está clasificado como especie en peligro. Aunque nunca ha sido fácil censar a estos simios tímidos en la inmensa e inaccesible selva congoleña, se estima que quedan solo unas decenas de miles en libertad, y la cifra sigue bajando. Las dos grandes amenazas son la caza furtiva —para vender su carne ('viande de brousse') o sus crías como mascotas— y la destrucción de su hábitat por la tala, la agricultura y la expansión humana. La inestabilidad política y los conflictos que ha vivido el Congo han agravado el problema, dificultando la protección de las áreas naturales.
Contra ese panorama, santuarios como Lola ya Bonobo representan una isla de esperanza. No pueden, por sí solos, salvar a la especie —eso requiere proteger la selva a gran escala y frenar el tráfico—, pero cumplen un papel insustituible: rescatan a las víctimas de la caza, sensibilizan a la población, forman a cuidadores y científicos, y con Ekolo ya Bonobo demuestran que es posible devolver ejemplares a la naturaleza. Cada escolar congoleño que sale del santuario sabiendo que el bonobo es un tesoro de su país es una pequeña semilla para el futuro.
Para el viajero, visitar Lola ya Bonobo es mucho más que ver animales bonitos: es asomarse a una de las especies más extraordinarias del planeta, entender el drama que enfrenta y apoyar de forma directa el esfuerzo por salvarla. En un país tantas veces asociado a malas noticias, este pequeño paraíso a las afueras de Kinshasa cuenta una historia distinta: la de la ternura, la resiliencia y la posibilidad de reparar el daño.