Kisangani debe su existencia a un accidente geográfico. Bajando desde las tierras altas del este, el gran río Congo —que en su curso superior lleva el nombre de Lualaba— se despeña en una larga escalera de siete rápidos, las cataratas Boyoma, que se extienden más de cien kilómetros. Justo donde termina el último de esos rápidos, el río se serena de golpe y se vuelve navegable durante más de mil setecientos kilómetros hacia el oeste, hasta las cercanías de Kinshasa. Ese punto exacto, donde el agua deja de bramar y empieza a fluir mansa, es el lugar natural para un puerto: allí nació Kisangani.
Antes de la llegada de los europeos, la zona estaba habitada por pueblos ribereños y de la selva, entre ellos los wagenia, pescadores que ya entonces habían desarrollado su ingeniosa técnica de trampas sobre los rápidos, y los lokele y otros grupos que dominaban el comercio y la navegación del río. La selva ecuatorial, densa e inmensa, condicionaba toda la vida: el río era el único camino verdadero, la gran carretera líquida por la que circulaban personas, pescado, marfil y mercancías.
En 1877, el explorador Henry Morton Stanley completó su célebre travesía descendiendo el Congo desde el interior hasta el Atlántico, y fue el primer europeo en recorrer y cartografiar estos rápidos, a los que dio su propio nombre: cataratas Stanley. Pocos años después, en 1883, al servicio del rey Leopoldo II de Bélgica, Stanley fundó un puesto en este punto estratégico. Había nacido, al pie de las cataratas, el embrión de la futura Stanleyville.
Con la creación del Estado Libre del Congo, la propiedad personal de Leopoldo II, y luego del Congo Belga, el puesto de las cataratas creció hasta convertirse en Stanleyville, la gran capital del noreste y el punto más avanzado de la navegación fluvial de altura. La ciudad se transformó en un nudo comercial clave: aquí terminaban los vapores que subían desde Léopoldville (la actual Kinshasa) y empezaban las rutas terrestres y fluviales hacia el interior profundo y hacia el este.
Aquella región del alto Congo fue uno de los escenarios de los horrores del régimen leopoldino: la explotación brutal del caucho y del marfil, el trabajo forzado y las mutilaciones que diezmaron a la población y escandalizaron al mundo. El escritor Joseph Conrad, que navegó el Congo como marino en 1890, se inspiró en estos parajes y en este río para su novela 'El corazón de las tinieblas' (1899), una de las obras más influyentes de la literatura sobre el colonialismo, cuyo viaje río arriba hacia la estación más remota evoca precisamente el curso hacia Stanleyville.
Bajo administración belga, Stanleyville se dotó de avenidas amplias, edificios de ladrillo, una catedral, un puerto activo y plantaciones en los alrededores. Era una ciudad tropical de colonos, misioneros, funcionarios y comerciantes, rodeada de la selva más densa de África, con una población africana numerosa y una pequeña élite europea. A mediados del siglo XX era ya una de las principales urbes del Congo Belga y el gran centro de la vida en el corazón del país.
Cuando el Congo se independizó de Bélgica en 1960, Stanleyville se convirtió en un foco político de primer orden. Era el bastión de Patrice Lumumba, el primer jefe de gobierno del Congo independiente y líder nacionalista, cuya formación política, el Movimiento Nacional Congolés, tenía aquí un fuerte arraigo. Tras el derrocamiento y el asesinato de Lumumba en 1961, sus seguidores establecieron en Stanleyville un gobierno rival que reclamaba la herencia lumumbista frente al poder central de Léopoldville.
En 1964 estalló en el este del país la rebelión Simba ('león', en suajili), una insurrección de inspiración lumumbista y marxista que tomó Stanleyville y proclamó allí una república popular. La rebelión fue extremadamente violenta: los Simba ejecutaron a miles de congoleños considerados enemigos y tomaron como rehenes a cientos de europeos y estadounidenses en la ciudad. En noviembre de 1964, en la 'Operación Dragón Rojo', paracaidistas belgas transportados por aviones estadounidenses asaltaron Stanleyville para liberar a los rehenes, en una operación que dejó decenas de muertos y una enorme repercusión internacional.
Estos años convulsos marcaron a la ciudad a fuego. Fue escenario de algunos de los episodios más dramáticos de la crisis del Congo de los años sesenta, aquella etapa de golpes, secesiones e intervenciones extranjeras que siguió a la independencia. La toma del poder por Mobutu Sese Seko en 1965 puso fin al caos con una larga dictadura, y en 1966, dentro de su campaña de 'autenticidad' africana, Stanleyville pasó a llamarse Kisangani, nombre derivado de una expresión local que alude a la isla o al lugar sobre el río.
La larga dictadura de Mobutu, que rebautizó al país como Zaire, terminó desplomándose a fines de los años noventa. En 1996-1997, la rebelión de Laurent-Désiré Kabila, apoyada por Ruanda y Uganda, avanzó desde el este y tomó ciudades como Kisangani en su marcha triunfal hacia Kinshasa, que derrocó a Mobutu. Pero la paz duró poco: en 1998 estalló la Segunda Guerra del Congo, el conflicto más mortífero desde la Segunda Guerra Mundial, en el que llegaron a intervenir los ejércitos de media docena de países africanos.
Kisangani quedó bajo control de las fuerzas ruandesas y ugandesas, antiguos aliados convertidos en rivales por el dominio de la región y de sus recursos, especialmente los diamantes y el oro. En junio del año 2000, esa rivalidad estalló dentro de la propia ciudad: durante seis días, los ejércitos de Ruanda y Uganda se enfrentaron a cañonazos en las calles de Kisangani en el episodio conocido como la 'Guerra de los Seis Días'. Los combates dejaron cientos de civiles congoleños muertos, miles de heridos y barrios enteros destruidos, en una tragedia que la Corte Internacional de Justicia examinaría años después.
La guerra terminó formalmente en 2003 con acuerdos de paz y el despliegue de una gran misión de la ONU. Kisangani, alejada de los nuevos focos de conflicto que persistieron en el este (las provincias de Kivu), fue recuperando poco a poco la calma. La ciudad cargó con las cicatrices de décadas de violencia, pero volvió a ser un centro urbano vivo del interior congoleño.
Hoy Kisangani es la tercera ciudad más poblada de la RD Congo, con alrededor de un millón y medio de habitantes, y la capital de la provincia de Tshopo. Sigue siendo, como hace más de un siglo, la gran metrópoli del corazón selvático del país y el punto donde termina la navegación de altura del río Congo. Su economía se sostiene en el comercio fluvial, la agricultura de la selva (palma, café, arroz, mandioca), la madera y su papel de capital regional y nudo de comunicaciones.
La ciudad conserva la huella de su intensa historia: el trazado y los edificios de la vieja Stanleyville, la catedral, la memoria de Lumumba y de las rebeliones, y las cicatrices de las guerras recientes. Al mismo tiempo, mantiene viva la cultura del río: los pescadores wagenia siguen tendiendo sus trampas sobre los rápidos como hace dos siglos, el puerto bulle de barcazas y la música congoleña late en los maquis. Alrededor, la reserva de biosfera de Yangambi mantiene la tradición científica de estudio de la gran selva.
Apartada de los conflictos que golpean el este del país, Kisangani ofrece una cara auténtica y relativamente serena del Congo profundo. Para el viajero es un destino de expedición: difícil de alcanzar, exigente en logística, pero de una intensidad única. Del puesto de Stanley al pie de las cataratas a la metrópoli de la selva de hoy, la historia de Kisangani es, en buena medida, la historia misma del gran río Congo y del país que atraviesa.