Las montañas del Hajar recorren el norte de Omán en un gran arco paralelo a la costa, separando la estrecha llanura litoral de la Batinah del interior desértico. Es la cordillera más alta de la Arabia oriental, con cumbres que superan los 3000 metros, y su geología —capas de roca marina levantadas y plegadas— la ha convertido en un lugar célebre para el estudio de la corteza terrestre. Durante milenios, estas montañas fueron a la vez barrera y refugio: aislaron al interior ibadí de las influencias costeras y dieron cobijo a las tribus que sostuvieron el imamato.
En sus laderas, el ingenio humano suplió la escasez de agua con el sistema de falaj, canales que conducen por gravedad el agua de los manantiales de altura hasta las huertas y aldeas, repartiéndola con reglas comunitarias milenarias. Varios de estos aflaj de Omán son Patrimonio de la Humanidad. El Hajar es también un mundo de fortalezas y torres de vigilancia que controlaban los pasos, testigos de las luchas por el dominio de las montañas.
El Jebel Akhdar, la "Montaña Verde", es una meseta a unos 2000 metros de altura cuyo clima fresco permite lo que sería impensable en el resto del país: huertos en terrazas de granadas, nogales, albaricoques y, sobre todo, rosas. Cada primavera, los pueblos de la montaña recogen los pétalos para destilar el famoso agua de rosas omaní, un producto de larga tradición. Las aldeas se aferran al borde de los precipicios y sus terrazas descienden en escalones sobre el abismo.
El Jebel Akhdar dio nombre a uno de los conflictos decisivos del siglo XX omaní: la Guerra de Jebel Akhdar (1954-1959), en la que el sultán de Mascate, con apoyo militar británico, derrotó a las fuerzas del imamato ibadí que resistían en estas alturas. Aquella victoria puso fin a la vieja autonomía del interior y unificó Omán bajo la autoridad del sultán. Hoy la montaña, antaño casi inaccesible, se ha convertido en un destino de naturaleza y descanso.
El Jebel Shams, la "Montaña del Sol", es la cumbre más alta de Omán, con más de 3000 metros. Su mayor atractivo no es la cima sino el abismo que se abre a sus pies: el Wadi Nakhr, una garganta vertiginosa de paredes de más de mil metros que se ha ganado el apodo de "Gran Cañón de Arabia". Por el borde del precipicio discurre el llamado Balcony Walk, un antiguo sendero que unía aldeas colgadas de la roca y que hoy es una de las caminatas más espectaculares del país.
Estas alturas fueron durante siglos territorio de pastores y de pequeñas comunidades que cultivaban minúsculas terrazas y tejían alfombras de lana, un oficio que todavía se practica. La dureza del terreno hizo del macizo del Jebel Shams un reducto de vida tradicional, apenas tocado por el mundo moderno hasta hace pocas décadas.
En las faldas del Hajar sobreviven algunos de los pueblos más bellos y antiguos de Omán. Misfat al-Abriyeen es una aldea de montaña de casas de piedra y barro apiñadas sobre la roca, cuyas terrazas de dátiles, plátanos y limones se riegan mediante un falaj que serpentea entre las huertas; su laberinto de callejones y su palmeral colgado la han convertido en símbolo del turismo rural omaní. Al Hamra, a los pies de la montaña, es uno de los poblados más antiguos del país, con casas de adobe de varios pisos que llevan siglos en pie.
En Al Hamra, la casa-museo Bait al Safah mantiene vivos los oficios tradicionales —la molienda del grano, la elaboración del pan y del aceite, la destilación— mostrando cómo se vivía en estas montañas antes del petróleo. Ambos pueblos ilustran la arquitectura de tierra y la organización comunitaria del agua que hicieron posible la vida humana en un entorno tan seco, y son hoy ventanas al Omán preindustrial.