En el interior montañoso, rodeada de un vasto oasis de palmeras, Nizwa fue durante siglos el centro político y espiritual de Omán. Aquí, hacia el año 751, los ulemas ibadíes eligieron al primer imam, y la ciudad se convirtió en capital del imamato y en foco de erudición religiosa, con escuelas donde se enseñaba el derecho y la teología ibadíes. Se la conoce como "la perla del islam" por ese papel de faro espiritual del interior, en contraste con la Mascate comercial de la costa.
Su monumento emblemático es el Fuerte de Nizwa, del siglo XVII, coronado por una enorme torre circular defensiva —una de las mayores de Arabia— erigida bajo la dinastía Ya'ruba para resistir la artillería. A sus pies, el zoco tradicional sigue vendiendo dátiles, plata, cerámica y las célebres khanjar, las dagas curvas omaníes. Cada viernes por la mañana, el bullicioso mercado de cabras de Nizwa reúne a los ganaderos del interior en una escena que apenas ha cambiado en generaciones.
A pocos kilómetros, la ciudad de Bahla guarda uno de los conjuntos de arquitectura de tierra más impresionantes del mundo. Su enorme fuerte de adobe, levantado sobre cimientos que se remontan siglos atrás, se alza junto a kilómetros de muralla de barro que rodeaban el oasis. El Fuerte de Bahla fue el primer bien de Omán inscrito en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, en 1987, y su restauración fue un desafío por la fragilidad del material.
Bahla fue un importante centro tribal y una capital regional bajo distintas dinastías, y es célebre por su alfarería tradicional, heredada de una larga tradición artesanal. La ciudad está además envuelta en un aura de misterio: en el folclore omaní, Bahla es la tierra de los genios (jinn) y de la magia, y numerosas leyendas locales atribuyen poderes sobrenaturales a sus muros y a su gran árbol. Historia y mito se entrelazan en este oasis del interior.
Si los fuertes de Nizwa y Bahla hablan de guerra, el castillo de Jabrin (o Jabreen) habla de esplendor. Construido en 1670 por el imam Bil'arab bin Sultan, de la dinastía Ya'ruba, en el apogeo de la potencia omaní, es más un palacio que una fortaleza: sus salas conservan techos de madera pintada con motivos florales y caligráficos, ventanas talladas, pasadizos y estancias decoradas que muestran el refinamiento de la vida cortesana del siglo XVII.
Jabrin fue no solo residencia sino también centro de saber, con espacios dedicados a la enseñanza de la astronomía, la medicina y el derecho islámico. El propio imam que lo mandó construir está enterrado en su interior. El castillo resume el momento en que Omán, tras expulsar a los portugueses y extender su poder por el Índico, pudo permitirse el lujo del arte y la cultura, y es hoy uno de los edificios históricos mejor conservados del país.