La capital de Mozambique se levanta sobre una amplia bahía natural del Índico que los portugueses conocieron como Baía de Lourenço Marques o Delagoa Bay, en honor al comerciante que la exploró a mediados del siglo XVI. Durante siglos fue apenas un fondeadero y un fortín en el extremo sur de la colonia, disputado por portugueses, británicos y bóeres por su valor estratégico como puerta hacia el interior sudafricano.
Todo cambió con el ferrocarril. A fines del siglo XIX, la línea que unía la bahía con Pretoria y el Transvaal convirtió a la ciudad —entonces llamada Lourenço Marques— en el gran puerto de salida del oro y el carbón sudafricanos. En 1898, la capital de la colonia se trasladó desde la Isla de Mozambique, en el norte, a esta pujante ciudad del sur. Su arquitectura de comienzos del siglo XX, con edificios art déco y avenidas arboladas de acacias y jacarandás, le valió el apodo de una de las ciudades más elegantes de la costa africana.
Con la independencia, en 1975, la ciudad fue rebautizada Maputo, y unos años después ese nombre se extendió también a la provincia y a la bahía. Hoy Maputo es una metrópoli mestiza y musical, la más "latina" y portuguesa de las capitales africanas, con su Casa de Ferro atribuida al taller de Gustave Eiffel, su estación de tren monumental, sus mercados de mariscos y un ritmo propio a orillas del Índico.
Al sur de la capital se extiende una de las historias de conservación más esperanzadoras del país. La antigua Reserva de Elefantes de Maputo fue creada en 1932 para proteger a los elefantes que habitaban los humedales y bosques costeros de la región. Como tantas áreas naturales de Mozambique, sufrió el impacto de la guerra civil, que diezmó su fauna y dejó a los elefantes al borde de la desaparición local.
Con la paz y con años de esfuerzos de protección, los elefantes se recuperaron y volvieron a poblar la reserva, acompañados de antílopes, hipopótamos, cocodrilos y una riquísima avifauna. En 2021, la reserva terrestre se unió con la Reserva Marina Parcial de Ponta do Ouro para formar el Parque Nacional de Maputo, que protege un continuo de sabanas, lagunas, dunas, playas vírgenes y arrecifes.
Este mosaico, situado a poca distancia de la capital, forma parte de un gran corredor de conservación transfronterizo que conecta Mozambique con Sudáfrica y Esuatini. Es la prueba de que, a un paso de Maputo, la naturaleza salvaje puede regenerarse cuando se le da una oportunidad.
En el extremo más austral del país, pegado a la frontera con Sudáfrica y la provincia de KwaZulu-Natal, se encuentra Ponta do Ouro, un pueblo playero cuyo nombre —"punta del oro"— evoca los tiempos del comercio costero. Durante mucho tiempo fue un rincón aislado, refugio de pescadores y de viajeros que llegaban en vehículos todoterreno por caminos de arena.
Sus aguas cálidas lo convirtieron en un destino célebre para el buceo y, sobre todo, para nadar con delfines salvajes, que habitan la zona todo el año. Entre junio y noviembre, además, las ballenas jorobadas pasan frente a la costa en su migración anual, un espectáculo que atrae a viajeros de toda la región.
Para proteger esa riqueza marina se creó en 2009 la Reserva Marina Parcial de Ponta do Ouro, que abarca la franja costera hasta la frontera sudafricana e integra desde 2021 el Parque Nacional de Maputo. Tortugas marinas que anidan en sus playas, arrecifes de coral y grandes mamíferos marinos hacen de este extremo del país un santuario del Índico.