Inhambane es una de las poblaciones más antiguas de Mozambique. Mucho antes de la llegada europea, su bahía protegida era un puerto swahili de dhows dedicados al comercio de marfil y de otros productos del interior. Cuando Vasco da Gama pasó por aquí en 1498, la hospitalidad de sus habitantes lo llevó a llamar a la zona "Terra da Boa Gente", la tierra de la buena gente, un apodo que la ciudad conserva con orgullo.
Los portugueses se establecieron formalmente en Inhambane hacia 1534, y con el tiempo la convirtieron en un puerto colonial y en un desdichado centro del comercio de esclavos hacia el Índico. De aquella larga historia quedan una atmósfera adormecida, casas encaladas, una catedral y viejas mezquitas que hablan de la mezcla de influencias africanas, árabes y portuguesas.
Hoy Inhambane es una ciudad tranquila de calles arboladas y dhows a vela cruzando la bahía, valorada tanto por su patrimonio histórico como por ser la puerta de entrada a las famosas playas de la provincia. Su ritmo pausado y su pasado la convierten en una de las ciudades con más encanto de la costa mozambiqueña.
A pocos kilómetros de Inhambane, la playa de Tofo se transformó en las últimas décadas en la meca del buceo de Mozambique. Lo que era una tranquila aldea de pescadores es hoy un relajado pueblo playero de arena dorada, célebre en todo el mundo entre buzos y amantes del mar.
Su fama se debe a la extraordinaria vida marina de sus aguas. Frente a Tofo se puede nadar durante todo el año con tiburones ballena —los peces más grandes del mundo, inofensivos filtradores de plancton— y con enormes mantarrayas que acuden a las llamadas "estaciones de limpieza" de sus arrecifes. Entre junio y octubre, además, pasan las ballenas jorobadas.
Esa riqueza convirtió a Tofo en un centro de investigación y conservación marina, donde científicos estudian a los tiburones ballena y las mantas para protegerlos. Buceo, snorkel y un ambiente desenfadado hacen de esta playa uno de los grandes imanes turísticos del país.
Más al norte, sobre la costa, el alegre pueblo de Vilankulo debe su nombre a un antiguo jefe local, Gamela Vilankulo Mukoke, cuya familia gobernaba la zona. Crecido al calor de la pesca y, más tarde, del turismo, se consolidó como el principal punto de partida hacia el Archipiélago de Bazaruto y como hub del turismo playero independiente y mochilero.
Desde sus playas parten los dhows a vela que llevan a los viajeros a navegar entre las islas, en una estampa que combina la tradición marinera swahili con el turismo moderno. Su mercado, sus barcas y su ambiente relajado lo hicieron popular entre quienes buscan la costa mozambiqueña sin lujos.
Vilankulo es, en cierto modo, la base logística de una de las regiones costeras más bellas del país: quien quiere conocer Bazaruto casi siempre pasa por aquí.
Frente a la costa se despliega el Archipiélago de Bazaruto, un conjunto de islas de dunas doradas y aguas turquesa que forman uno de los paisajes más deslumbrantes del Índico. Las principales son Bazaruto, Benguerra, Magaruque, Santa Carolina —la llamada "isla del Paraíso"— y Bangue.
Para proteger este tesoro natural se creó en 1971 el Parque Nacional de Bazaruto, uno de los más antiguos del país y el primero marino de Mozambique. Sus arrecifes de coral, praderas marinas y aguas cristalinas albergan una biodiversidad excepcional, incluida una de las últimas poblaciones viables de dugongo —el manatí del Índico— del este de África, además de tortugas, delfines y una infinidad de peces.
Hoy Bazaruto combina la conservación con un turismo de lujo instalado en lodges aislados, y con la vida tradicional de las comunidades de pescadores que habitan las islas desde hace generaciones. Snorkel, buceo y navegación en dhow hacen de este archipiélago una de las joyas naturales de Mozambique.