La historia de Zouérat es inseparable de una montaña: el Kediet Ijill (o Kediet ej Jill), la cumbre más alta de Mauritania, una mole oscura de unos 915 metros que se alza en el extremo norte del país, en la región de Tiris Zemmour. Lo que hace única a esta montaña no es su altura, modesta a escala mundial, sino su composición: está formada en gran parte por mineral de hierro de altísima calidad —hematita—, en una concentración tan extraordinaria que, según se cuenta, llega a alterar las brújulas en sus cercanías.
La presencia de hierro en la zona era conocida desde muy antiguo; hay indicios de que se aprovechó de forma artesanal en épocas remotas. Pero la magnitud del yacimiento —uno de los mayores y más ricos de África— solo se reveló con las prospecciones geológicas de la primera mitad del siglo XX, en tiempos de la colonización francesa. Los geólogos comprendieron que bajo aquel macizo del Sáhara profundo se escondía una riqueza capaz de transformar por completo el destino económico de Mauritania.
El obstáculo era enorme: el mineral estaba en uno de los lugares más remotos e inhóspitos del planeta, a más de 600 km del mar, en pleno desierto, sin agua, sin caminos y sin población. Explotarlo exigía una apuesta industrial titánica: abrir minas en la nada, construir una ciudad para los trabajadores y tender un ferrocarril de cientos de kilómetros a través del Sáhara hasta la costa. Esa apuesta se hizo a mediados del siglo XX, y de ella nació Zouérat.
En 1952 se constituyó la compañía MIFERMA (Société des Mines de Fer de Mauritanie), con capital francés, británico, italiano y de otros socios europeos, para explotar a escala industrial el hierro de Kediet Ijill. El proyecto era integral: minas a cielo abierto en el macizo, una ciudad nueva para alojar a los miles de trabajadores necesarios, un ferrocarril de unos 700 km a través del desierto y un puerto de aguas profundas en la costa, en Port-Étienne (la futura Nuadibú). Todo debía construirse desde cero en uno de los entornos más duros de la Tierra.
La extracción del mineral comenzó hacia 1960, justo cuando Mauritania accedía a la independencia. En torno a las minas fue creciendo Zouérat, una ciudad de empresa concebida y organizada en función de la actividad minera: barrios para los trabajadores, servicios (clínica, escuelas, comercios, club social, incluso piscina y cine, lujos insólitos en pleno Sáhara), e instalaciones industriales. La población, que partía casi de cero, se disparó a medida que llegaban trabajadores de todo el país atraídos por el empleo minero. En pocos años, Zouérat pasó de la nada a ser una de las principales ciudades del norte.
El ferrocarril, completado hacia 1963, cerró el círculo: por fin el hierro de Zouérat podía viajar hasta el mar y embarcarse hacia las acerías del mundo. La ciudad se convirtió así en la cabecera del tren del hierro y en el corazón de la nueva industria minera mauritana, una de las grandes bazas económicas del joven país. Zouérat era, literalmente, una ciudad hecha de hierro y para el hierro.
Durante la primera década larga de explotación, la mina, el tren y el puerto estuvieron en manos de MIFERMA, la compañía de capital extranjero. Pero en los años setenta, en el clima de afirmación nacional del mundo poscolonial, Mauritania decidió recuperar el control de su mayor riqueza. En 1974, el gobierno del presidente Moktar Ould Daddah nacionalizó MIFERMA, y en 1974-1975 nació la empresa estatal SNIM (Société Nationale Industrielle et Minière), que desde entonces gestiona todo el complejo minero-ferroviario-portuario.
La SNIM se convirtió en la mayor empresa de Mauritania y en un pilar del Estado. Zouérat pasó a ser su gran centro minero, y la ciudad quedó todavía más ligada a la suerte de la compañía y del hierro. A lo largo de las décadas siguientes se descubrieron y abrieron nuevos yacimientos en torno a la ciudad —Guelb El Rhein en 1981, a unos 35 km al norte, y Mhaoudat en 1990, entre otros—, que ampliaron la producción a varios millones de toneladas anuales y prolongaron la vida minera de la región.
El hierro se consolidó como una de las principales exportaciones de Mauritania, a menudo la primera, con destino a China, Europa y otros mercados, y como una fuente clave de ingresos para el país. La vida de Zouérat siguió el ritmo de esa actividad: los altibajos de los precios internacionales del hierro, las ampliaciones y modernizaciones de la SNIM, y las condiciones de trabajo en las minas marcaron —y siguen marcando— el pulso de esta ciudad del extremo norte, cuya existencia entera depende del mineral.
Vivir en Zouérat siempre ha significado habitar un confín. La ciudad está en pleno Sáhara profundo, a más de 700 km del mar, en una de las regiones más áridas, calurosas y aisladas del país. El agua, los alimentos y casi todo lo necesario deben traerse de lejos; el calor del verano es extremo, las tormentas de polvo son frecuentes, y el horizonte es un desierto sin fin. La ciudad existe porque existe el hierro, y su comunidad —trabajadores de la SNIM y sus familias, comerciantes, personal de servicios— se ha adaptado a estas condiciones duras.
La región de Tiris Zemmour, de la que Zouérat es capital, es además una zona fronteriza y estratégica, cerca del Sáhara Occidental y de las fronteras del norte, lo que ha añadido a lo largo de la historia reciente una dimensión de seguridad y geopolítica. En distintos momentos, las tensiones regionales han afectado a la zona, y hoy buena parte del extremo norte y de las áreas fronterizas se considera sensible por razones de seguridad.
A pesar de todo, Zouérat ha desarrollado su propia identidad de ciudad minera saheliana, con su mezcla de gentes venidas de todo el país, su vida en torno al trabajo del hierro, su hospitalidad y su ritual omnipresente del té a la menta. No es una ciudad bonita ni monumental, pero tiene el carácter recio de los lugares nacidos del esfuerzo humano en un entorno imposible, y encarna una faceta esencial de la Mauritania contemporánea: la del país minero.
Hoy Zouérat sigue siendo el gran centro minero de Mauritania y la cabecera del tren del hierro, con la SNIM como columna vertebral de su economía y de su vida. Las minas a cielo abierto siguen extrayendo la hematita que se carga en los convoyes kilométricos con destino al Atlántico, y de esa actividad depende no solo la ciudad, sino una parte importante de las exportaciones y los ingresos de todo el país. El futuro de Zouérat está atado, como siempre, al del hierro: a los precios internacionales, a las reservas de los yacimientos y a los planes de la empresa estatal.
Para el viajero, Zouérat es un destino insólito y remoto, muy fuera de los circuitos habituales, que atrae sobre todo a los aventureros que quieren hacer el trayecto completo del tren del hierro desde su origen, o que buscan asomarse al norte profundo y minero de Mauritania. No ofrece las maravillas del Adrar ni del Banc d'Arguin, pero sí el interés áspero de una ciudad industrial del Sáhara, el imponente macizo de Kediet Ijill y la puerta a la inmensidad de Tiris Zemmour.
Ciudad nacida de una montaña de hierro, levantada en la nada por la voluntad industrial de mediados del siglo XX, nacionalizada y convertida en símbolo de la riqueza del país, Zouérat resume una historia poco contada de Mauritania: la del mineral que, viajando sobre el tren más largo del mundo, sostiene a una nación del desierto. Es el corazón secreto y ardiente del hierro mauritano, plantado en uno de los rincones más extremos del Sáhara.