Mucho antes de que existiera la ciudad-caravana, la región de Tichitt ya era un lugar de enorme importancia para la humanidad. La escarpa del Dhar Tichitt, sobre la depresión del Aoukar, alberga algunos de los yacimientos neolíticos más importantes del África occidental: los restos de asentamientos de poblaciones que vivieron aquí hace miles de años, entre aproximadamente el segundo milenio antes de nuestra era y después, cuando el Sáhara era mucho más húmedo y verde de lo que es hoy.
En aquella época, esta zona no era desierto sino una región de lagos, sabanas y pastos. Las comunidades del Dhar Tichitt desarrollaron una de las culturas más antiguas del África subsahariana, con poblados de piedra, agricultura incipiente (cultivo de mijo), ganadería y cerámica. Los arqueólogos consideran estos yacimientos clave para entender el surgimiento de las sociedades complejas y de la vida urbana en esta parte del continente, en un momento en que el clima empezaba a secarse y empujaba a la gente a concentrarse cerca de los puntos de agua.
Ese pasado profundo, escrito en las piedras y en los restos del Dhar, es una capa fundamental de la historia de Tichitt. La ciudad-caravana que vendría siglos después se levantó en una tierra que ya había sido, milenios antes, cuna de una civilización pionera del Sáhara.
La Tichitt histórica que hoy conocemos, la ksar de piedra, se fundó como ciudad-caravana en torno al siglo XII, cuando el comercio transahariano estaba en pleno auge. Como sus hermanas Chinguetti, Ouadane y Oualata, Tichitt debía su existencia a su papel de escala en las rutas que cruzaban el Sáhara: un punto donde las caravanas de dromedarios podían detenerse, comerciar y reponer fuerzas en su travesía entre el Magreb y los reinos del Sahel.
Por Tichitt circulaban la sal —extraída en las salinas del desierto—, los dátiles, los cereales, el cuero y los manuscritos, entre otras mercancías. La ciudad fue habitada por comunidades bereberes y por el grupo local conocido como los masna, y se organizó, como las demás ksour, en torno al comercio y a una vida religiosa e intelectual activa, con su mezquita, sus escuelas y sus bibliotecas de manuscritos.
El rasgo más distintivo de Tichitt es su arquitectura: sus casas de piedra se construyeron combinando piedras de distintos colores dispuestas en dibujos geométricos —triángulos, rombos, franjas— sobre las fachadas, una decoración sobria y elegante que la diferencia de las otras ciudades del Sáhara mauritano y que forma parte esencial de su valor patrimonial.
Como todas las ciudades-caravana del Sáhara, Tichitt vivió su esplendor mientras las caravanas fueron la única forma de cruzar el desierto y de mover las mercancías. Cuando ese comercio empezó a declinar —por el desvío del tráfico hacia las rutas marítimas de la costa atlántica, los cambios políticos y, más tarde, la llegada de los camiones y las carreteras—, Tichitt fue perdiendo su razón de ser económica. Al estar entre las más aisladas de las ksour, la caída fue especialmente dura.
A la decadencia comercial se sumó el implacable avance de la arena. El gran erg vecino invade poco a poco la ciudad, sepultando casas y calles enteras, y las grandes sequías del Sahel de las últimas décadas agravaron el problema y empujaron a mucha gente a emigrar. Tichitt quedó reducida a un puñado de habitantes en una ksar semiabandonada, cada vez más difícil de sostener.
El aislamiento, que en otro tiempo fue parte de su encanto, se volvió su principal condena: sin una buena vía de acceso —solo la pista de arena de unos 250 km hasta Tidjikja—, sin servicios y lejos de todo, Tichitt lucha por sobrevivir. Es, en palabras de quienes la han estudiado, una de las 'ciudades olvidadas' del desierto mauritano, un patrimonio extraordinario abandonado a su suerte en medio de las dunas.
En 1996, la UNESCO inscribió a Tichitt en la lista del Patrimonio Mundial, junto con Chinguetti, Ouadane y Oualata, como parte del conjunto de las 'antiguas ksour' de Mauritania. El reconocimiento valoró a estas ciudades como testimonios excepcionales de la cultura de las caravanas, del urbanismo tradicional del Sáhara y de la vida comercial, religiosa e intelectual del desierto occidental entre los siglos XI y XIX. La singular arquitectura de piedra decorada de Tichitt es una de sus contribuciones más notables.
Sin embargo, ese reconocimiento internacional no ha bastado para frenar la decadencia. Tichitt sigue amenazada por la arena, la falta de recursos, el despoblamiento y, de manera muy determinante, por la situación de seguridad del este de Mauritania, que ha alejado durante años a los pocos visitantes que podría recibir. La conservación de sus casas y de sus manuscritos es una tarea heroica y precaria, sostenida por muy pocas personas.
Hoy Tichitt es, para casi todo el mundo, un destino imaginado más que visitado: un símbolo de la grandeza y la fragilidad de las ciudades del Sáhara. Para el viajero excepcionalmente preparado y bien asesorado —y solo cuando las condiciones de seguridad lo permiten—, es una de las últimas grandes aventuras del desierto. Para el resto, Tichitt vive sobre todo en su historia: la de una ciudad de piedra decorada, hija del Neolítico y de las caravanas, que se resiste a desaparecer bajo la arena.