Para entender el Parque Nacional del Diawling hay que empezar por el río Senegal, una de las grandes arterias de agua del Sahel occidental. Nacido en las tierras altas de Guinea, el río recorre miles de kilómetros hasta desembocar en el Atlántico, y en su tramo final se abre en un vasto delta compartido entre Mauritania (orilla norte) y Senegal (orilla sur). Durante milenios, ese delta funcionó al ritmo de la crecida: cada verano, con las lluvias del interior, el río se desbordaba e inundaba enormes llanuras, y cada invierno el agua se retiraba dejando tierras fértiles y lagunas.
Ese pulso anual de inundación y retirada era la clave de todo. Al ritmo de la crecida florecían los pastos, se reproducían los peces, llegaban millones de aves y las comunidades ribereñas practicaban una economía perfectamente adaptada: pesca, ganadería trashumante, recolección de plantas y la llamada 'agricultura de recesión', que aprovecha la humedad que deja el agua al retirarse para sembrar sin necesidad de riego. El delta del Senegal era, así, uno de los humedales más ricos y productivos de toda África occidental, un oasis de vida en el borde del gran desierto.
En la orilla mauritana, esta región del Trarza, junto a la desembocadura, contrastaba radicalmente con el resto del país. Mientras Mauritania era —y es— abrumadoramente desértica, aquí el agua dulce, las marismas y las aves creaban un mundo distinto, más parecido al África subsahariana verde que al Sáhara. Ese tesoro natural, sin embargo, estaba a punto de sufrir una transformación profunda por la mano del hombre.
En las décadas de 1970 y 1980, los países de la cuenca del río Senegal —Mauritania, Senegal y Mali, agrupados en la Organización para el Aprovechamiento del río Senegal (OMVS)— emprendieron grandes obras hidráulicas para domesticar el río, garantizar el riego, producir electricidad y frenar las sequías que asolaban el Sahel. Dos presas fueron el eje de ese plan: la de Manantali, aguas arriba en Mali, y la de Diama, construida cerca de la desembocadura y terminada en 1986.
La presa de Diama tenía una función clave: bloquear la entrada del agua salada del mar, que en época de estiaje remontaba el río y salinizaba las tierras, para asegurar agua dulce para el riego y el consumo. Pero al levantar esa barrera y regular el caudal, la presa alteró profundamente el ciclo natural de crecida e inundación del delta. En la orilla mauritana, las llanuras que antes se inundaban cada año dejaron de recibir agua como antes; los humedales se secaron o se degradaron, la vegetación retrocedió, los peces y las aves menguaron, y las comunidades que dependían de la crecida vieron desmoronarse su modo de vida.
Fue un caso clásico y doloroso de los efectos no previstos de las grandes obras: al buscar controlar el agua para unos fines, se dañó un ecosistema entero y la economía tradicional que dependía de él. El delta mauritano, uno de los humedales más valiosos del país, se moría. Ante ese desastre ambiental y social, surgió la idea de intervenir para restaurarlo, dando origen a uno de los proyectos de restauración ecológica más interesantes de África.
En 1991, el gobierno de Mauritania creó oficialmente el Parque Nacional del Diawling, en la orilla derecha (norte) del bajo delta del río Senegal, con un objetivo tan ambicioso como novedoso: no solo proteger lo que quedaba, sino restaurar activamente el humedal degradado por la presa. La idea central era ingeniosa: si la presa había cortado la crecida natural, se construiría un sistema de diques y compuertas para recrearla artificialmente, dejando entrar y salir el agua de forma controlada para imitar el antiguo ciclo de inundación estacional.
El proyecto, apoyado por organismos internacionales de conservación como la UICN y por cooperación de los Países Bajos, entre otros, fue un ejemplo pionero de restauración de humedales guiada por criterios tanto ecológicos como sociales. Se buscó recuperar los distintos ambientes —de agua dulce, salobre y salada— que sostenían la biodiversidad, y hacerlo pensando en las comunidades locales, que fueron involucradas en la gestión y volvieron a beneficiarse de la pesca, la recolección de juncos y plantas, y el pastoreo.
Los resultados fueron notables. En pocos años, con el manejo del agua a través de los diques, la vegetación palustre y los manglares reverdecieron, los peces repoblaron las lagunas, y las aves —flamencos, pelícanos, garzas, patos migratorios— regresaron por decenas de miles. El Diawling se convirtió en un caso de estudio citado en todo el mundo sobre cómo restaurar un ecosistema dañado por una gran obra hidráulica y, a la vez, devolver recursos y dignidad a las poblaciones que dependen de él.
El Diawling no está solo. Justo enfrente, en la orilla senegalesa del río, se extiende el Parque Nacional de las Aves del Djoudj, creado en 1971 y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, uno de los santuarios ornitológicos más célebres de África y del mundo. Ambos parques protegen el mismo gran ecosistema del delta del Senegal y, con el tiempo, se coordinaron para gestionarlo de forma conjunta: en el año 2005 se creó la Reserva de Biosfera Transfronteriza del Delta del río Senegal, que integra Diawling (Mauritania) y Djoudj (Senegal) bajo el programa MAB de la UNESCO.
Esta unión reconoce una verdad ecológica: las aves no entienden de fronteras. Millones de aves acuáticas usan el delta como escala y zona de invernada en su viaje por la gran ruta migratoria del Atlántico oriental, cruzando de una orilla a otra según las condiciones. Diawling y Djoudj son, en realidad, dos caras del mismo tesoro, y juntos forman una de las mayores concentraciones de aves acuáticas del planeta, con centenares de miles de individuos en la temporada alta.
Esta cooperación transfronteriza convirtió al delta del Senegal en un modelo de gestión ambiental compartida entre dos países, algo poco frecuente y muy valioso. Para Mauritania, el Diawling es además un símbolo: la prueba de que un país de desierto también alberga humedales de importancia mundial, y de que la naturaleza degradada puede recuperarse cuando hay voluntad y buena ciencia detrás.
Hoy el Parque Nacional del Diawling es un espacio natural restaurado y protegido, un remanso de agua y aves en el suroeste mauritano, y una escala imprescindible para los amantes de la ornitología que se aventuran hasta este rincón poco visitado del país. Su historia lo distingue de casi cualquier otro parque africano: no es una porción de naturaleza virgen que se puso a resguardo, sino un ecosistema herido por una gran obra hidráulica y devuelto a la vida por una ingeniería del agua guiada por la ecología.
Eso no significa que su futuro esté garantizado. El Diawling sigue siendo un ecosistema frágil y artificial en buena medida, que depende del manejo constante de sus diques y compuertas y del equilibrio, siempre difícil, entre las necesidades del riego, la pesca, el ganado y la conservación. El cambio climático, la presión sobre el agua, las especies invasoras (como ciertas plantas acuáticas que colonizan el delta) y la pobreza de las comunidades locales son desafíos permanentes. Pero el parque ha demostrado durante más de tres décadas que la restauración funciona.
Para el viajero, visitar el Diawling es asomarse a una historia de daño y reparación, y a un paisaje que rompe todos los tópicos sobre Mauritania: aquí el desierto se vuelve marisma, y el silencio de las dunas deja paso al bullicio de miles de aves alzando el vuelo sobre el agua al amanecer. Es un recordatorio de que este país, tan asociado a la arena, guarda también uno de los humedales más importantes de África occidental, fruto de la naturaleza, de la ingeniería y de una apuesta valiente por restaurar la vida.