Oualata (Walâta) se levanta en el extremo sureste de Mauritania, en la región del Hodh Ech Chargui, en el borde oriental de la gran depresión del Aoukar y muy cerca de la actual frontera con Malí. Su posición geográfica fue clave para su historia: se encontraba en la zona de transición entre el desierto del Sáhara, al norte, y la sabana del Sahel, al sur, es decir, en el punto donde las caravanas del desierto se encontraban con el mundo de los reinos sudaneses del África occidental.
Esa ubicación la convirtió en una escala y un mercado privilegiados. Las caravanas que cruzaban el Sáhara desde el Magreb con sal, telas y otras mercancías llegaban aquí para intercambiarlas por el oro, el marfil y los productos que subían de los reinos del sur. Oualata funcionaba como un gran punto de encuentro comercial, terminal de una de las rutas transaharianas más importantes, y como puerta de entrada del desierto hacia el corazón del África occidental.
La ciudad fue habitada por una población mixta —comunidades bereberes del desierto y grupos de origen sudanés del sur—, lo que le dio un carácter cosmopolita y una riqueza cultural particular. Esa mezcla se refleja hasta hoy en su arte, su arquitectura y sus tradiciones, distintas de las de las ksour más 'saharianas' del norte, como Chinguetti u Ouadane.
Los siglos XIII y XIV fueron la edad de oro de Oualata, coincidiendo con el apogeo del Imperio de Malí, el gran Estado sudanés que dominó buena parte del África occidental y controló el comercio del oro. Oualata quedó integrada en la órbita de Malí y se convirtió en una de sus ciudades más importantes hacia el norte: terminal sur de la ruta caravanera y centro de comercio, de estudio y de vida religiosa. En ese período, la ciudad llegó a superar en importancia a otras del entorno.
Un testimonio de primera mano de aquel esplendor lo dejó el célebre viajero magrebí Ibn Battuta, uno de los grandes exploradores de la historia, que atravesó el Sáhara y llegó a Oualata en 1352, en su viaje hacia el Imperio de Malí. En su relato describió la ciudad, sus habitantes, sus costumbres y su papel como primera etapa del país de los negros al salir del desierto, dejando una de las descripciones más valiosas de la región en esa época.
Como las demás ksour, Oualata fue también un notable centro del saber islámico, con escuelas, eruditos y bibliotecas de manuscritos. Su prosperidad, basada en el comercio y el conocimiento, la convirtió en una ciudad cosmopolita y culta, en pleno cruce entre el mundo árabe-bereber del norte y el mundo sudanés del sur.
La seña de identidad de Oualata, lo que la hace única entre todas las ciudades del Sáhara mauritano, es la decoración de sus casas. Alrededor de las puertas, las ventanas y en los interiores, las paredes se cubren de bajorrelieves y pinturas con motivos geométricos y florales —arabescos, rombos, palmas, líneas entrelazadas— en color rojo, ocre y blanco. Es un arte delicado, elaborado y muy reconocible, que no se encuentra en Chinguetti, Ouadane ni Tichitt.
Este arte es, además, una tradición femenina: son las mujeres de Oualata quienes, de generación en generación, de madres a hijas, han creado y mantenido esta decoración, tanto en las fachadas como en las habitaciones destinadas a celebraciones y acontecimientos importantes. Los motivos tienen valor estético, pero también cultural y simbólico, y forman parte de la identidad de las familias y de la ciudad.
La supervivencia de este arte es hoy uno de los grandes valores patrimoniales de Oualata y una de las razones de su reconocimiento internacional. En una ciudad tan aislada y empobrecida, mantener viva la tradición de la decoración y de la artesanía asociada es a la vez una forma de preservar la cultura y una fuente de sustento para las mujeres que la practican.
Como todas las ciudades-caravana, Oualata declinó cuando el comercio transahariano perdió su papel central. El desvío del tráfico hacia las rutas marítimas de la costa atlántica, los cambios políticos en los reinos del Sahel, la inseguridad de los caminos y, más tarde, la llegada de las carreteras y los camiones fueron restándole importancia. La ciudad, que había sido un gran cruce comercial, quedó cada vez más al margen de las rutas modernas.
El aislamiento se convirtió en su rasgo dominante. Situada en un rincón remoto del sureste, lejos de los grandes ejes del país, Oualata fue perdiendo población e influencia y sufrió, como todo el Sahel, las grandes sequías de las últimas décadas. Su patrimonio —las casas decoradas, la mezquita, los manuscritos— quedó a merced del tiempo, la arena y la falta de recursos, sostenido por una comunidad cada vez más pequeña.
A ese aislamiento geográfico se sumó, en épocas recientes, un problema decisivo: la inseguridad de la región fronteriza con Malí, afectada por la inestabilidad del Sahel. Esa situación ha mantenido a Oualata, durante largos períodos, fuera del alcance de los viajeros, convirtiéndola en una de las 'ciudades olvidadas' del desierto, admirada de lejos más que visitada.
En 1996, la UNESCO inscribió a Oualata en la lista del Patrimonio Mundial, junto con Chinguetti, Ouadane y Tichitt, como parte del conjunto de las 'antiguas ksour' de Mauritania. El reconocimiento valoró a estas ciudades como testimonios excepcionales de la cultura de las caravanas, del urbanismo del Sáhara y de la vida comercial, religiosa e intelectual del desierto entre los siglos XI y XIX. El arte único de las casas decoradas de Oualata es una de las contribuciones más originales del conjunto.
Se han hecho esfuerzos por preservar el patrimonio de Oualata, incluyendo la creación de un pequeño museo o centro para conservar y mostrar manuscritos y objetos, y proyectos de apoyo a la artesanía de las mujeres. Pero la conservación es una tarea muy difícil, dada la lejanía, la escasez de recursos y la inestabilidad de la región, que aleja el turismo y las inversiones.
Hoy Oualata es, para casi todo el mundo, un destino más soñado que visitado: un símbolo de la belleza, la sofisticación y la fragilidad de las ciudades del Sáhara. Para el viajero excepcionalmente preparado y bien asesorado —y solo cuando las condiciones de seguridad lo permiten—, es una de las aventuras más extraordinarias que puede ofrecer el desierto. Para el resto, Oualata vive sobre todo en su historia y en su arte: la ciudad roja del confín del Sáhara, donde las mujeres pintan la memoria de una civilización de caravanas sobre los muros de piedra.