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Historia de Nuadibú

Cabo Blanco, una encrucijada del Atlántico sahariano

La península donde hoy se levanta Nuadibú —el largo y estrecho apéndice de tierra conocido como Ras Nouadhibou o Cabo Blanco— ha sido durante siglos un punto de referencia de la navegación atlántica frente al Sáhara. Sus aguas, riquísimas en pesca por el afloramiento de la corriente fría de Canarias, atrajeron desde antiguo a pescadores, y sus acantilados marcaban un hito en la costa desértica. Los navegantes portugueses del siglo XV, en plena era de los descubrimientos, doblaron esta costa en su avance hacia el sur de África, y la vecina isla y bahía de Arguin, algo más al sur, fue uno de los primeros establecimientos europeos en el África subsahariana.

Durante mucho tiempo, sin embargo, este cabo remoto fue tierra de nadie y de todos: dominio de nómadas moros, escala de pescadores canarios y europeos, y confín de rutas comerciales. No había aquí una ciudad, sino un paisaje salvaje de dunas, acantilados y mar, habitado por focas monje, aves marinas y una fauna atlántica extraordinaria. La verdadera historia urbana de Nuadibú no empezaría hasta la llegada del colonialismo europeo y su afán por controlar la costa sahariana.

Cabo Blanco tenía además un valor estratégico: era un punto disputado entre las potencias coloniales. Francia, que se expandía por el África occidental, y España, que controlaba la vecina zona del Sáhara (el actual Sáhara Occidental) y las Canarias, se interesaron por esta península. La frontera entre ambos imperios acabó corriendo por el medio de la lengua de tierra, dejando la parte oriental —donde crecería Nuadibú— en manos francesas, dentro de lo que sería Mauritania.

Port-Étienne: el puerto colonial francés

A finales del siglo XIX, en el marco del reparto colonial de África, Francia estableció en la parte oriental de la península de Cabo Blanco un puesto que sería el germen de Nuadibú. En 1907 se fundó formalmente el establecimiento con el nombre de Port-Étienne, en honor a un ministro francés de las colonias. La motivación era doble: asegurar la presencia francesa frente a la España del Sáhara y las Canarias, y aprovechar la extraordinaria riqueza pesquera de estas aguas.

Port-Étienne creció como una modesta base pesquera y comercial. Empresas y pescadores —franceses, canarios, y más tarde de otros orígenes— se instalaron para explotar el caladero, célebre por sus langostas, meros y pesca en abundancia. Se levantó una pequeña factoría, instalaciones portuarias y un caserío. Durante la primera mitad del siglo XX, el pueblo fue un punto atlántico aislado del vasto y despoblado territorio mauritano, más conectado con el mundo marítimo y con las Canarias que con el interior desértico del país.

Lo que iba a transformar radicalmente el destino de Port-Étienne no estaba en el mar, sino a cientos de kilómetros tierra adentro, en las montañas del norte del Sáhara mauritano. Allí, cerca de la futura Zouérat, se escondían unas de las mayores reservas de mineral de hierro de alta calidad de África. Su descubrimiento y explotación a mediados del siglo XX convertirían a este apacible puerto pesquero en el corazón industrial de una nación.

El hierro lo cambia todo

A partir de la década de 1950, la explotación de las gigantescas minas de hierro de Kediet Ijill, cerca de Zouérat, transformó por completo a Port-Étienne. La empresa MIFERMA (Société des Mines de Fer de Mauritanie), constituida con capital francés y europeo, necesitaba un puerto de aguas profundas para exportar el mineral, y lo construyó aquí, en la península de Cabo Blanco, unida a las minas por una vía férrea de unos 700 km que atravesaba el desierto: el futuro tren del hierro. Las obras, colosales, se completaron hacia 1963, justo tras la independencia de Mauritania (1960).

De pronto, el modesto puerto pesquero se convirtió en la terminal atlántica de una de las mayores operaciones mineras de África. El tren empezó a bajar cargado de hematita desde el Sáhara, y en Port-Étienne se levantaron una terminal mineral, instalaciones industriales y toda una ciudad nueva para alojar a los trabajadores: la localidad de Cansado, planificada junto a la bahía. La población se disparó, atrayendo a mauritanos de todo el país y a trabajadores extranjeros. La ciudad, rebautizada Nuadibú tras la independencia (del nombre árabe local, ligado a un antiguo topónimo bereber), se convirtió en la capital económica de Mauritania.

El hierro se nacionalizó en 1974-1975, cuando el Estado mauritano tomó el control de MIFERMA y creó la empresa pública SNIM (Société Nationale Industrielle et Minière), que desde entonces gestiona todo el complejo: las minas de Zouérat, el tren del hierro y el puerto de Nuadibú. La minería del hierro pasó a ser el gran pilar económico del país, y Nuadibú, su gran puerto exportador y su ciudad industrial por excelencia.

Capital pesquera y cementerio de barcos

Junto al hierro, la pesca siguió siendo el otro gran motor de Nuadibú. La ciudad se consolidó como una de las capitales pesqueras de África occidental, gracias al caladero excepcional que la rodea. Su puerto maneja tanto una flota artesanal de piraguas como pesqueros industriales, y se especializó, entre otras cosas, en el pulpo, muy demandado por el mercado japonés y asiático. Miles de personas viven de la pesca, el procesamiento y la exportación de productos del mar, que, con el hierro, sostienen la economía local.

Fue en este contexto marítimo donde nació una de las señas de identidad más curiosas de Nuadibú: su cementerio de barcos. A partir de los años ochenta, la bahía protegida de Cansado se convirtió en un vertedero de buques viejos. Armadores de muchos países pagaban sobornos o tasas a intermediarios locales para abandonar aquí sus barcos inservibles en lugar de desguazarlos correctamente en otros lugares, más caros y regulados. A ellos se sumaron pesqueros hundidos y naufragios. Con los años se acumularon cientos de cascos oxidados en las aguas poco profundas, formando lo que llegó a considerarse el mayor cementerio de barcos del mundo.

Aquel paisaje surreal y fotogénico era, en realidad, un grave problema ambiental: los pecios contaminaban las aguas y afeaban la bahía. Por eso, ya en el siglo XXI, el gobierno mauritano, con apoyo internacional, emprendió campañas de limpieza y desguace que retiraron buena parte de los barcos. Hoy el cementerio es menor que en su apogeo, pero sigue siendo un símbolo de Nuadibú y un recordatorio de los residuos de la globalización marítima.

Nuadibú hoy: hierro, pesca y frontera

Hoy Nuadibú sigue siendo la capital económica de Mauritania: el gran puerto exportador de hierro, una de las principales bases pesqueras del país y una ciudad industrial y portuaria de más de cien mil habitantes. El tren del hierro continúa su ir y venir entre las minas del Sáhara y el mar, la pesca alimenta a la ciudad y a la exportación, y desde hace algunos años se ha impulsado una Zona Franca de Nuadibú para atraer inversiones y diversificar la economía. Es una ciudad de trabajo, cosmopolita a su manera, donde conviven mauritanos moros y del sur, saharauis, senegaleses y trabajadores de muchos orígenes.

Su ubicación en la península compartida con el Sáhara Occidental le da un carácter de ciudad-frontera. La ruta de la costa atlántica que une Mauritania con Marruecos pasa cerca, atravesando el territorio disputado del Sáhara Occidental, y Nuadibú es escala en ese eje. Esa condición fronteriza, con sus controles y su población flotante, forma parte de la identidad de la ciudad.

Para el viajero, Nuadibú es un lugar áspero pero fascinante: aquí terminan o empiezan dos de las grandes aventuras mauritanas —el tren del hierro y el Banc d'Arguin—, y aquí se pueden ver el cementerio de barcos, el puerto hirviente y la península salvaje de Cabo Blanco con sus focas monje. Ciudad nacida como puesto colonial pesquero, transformada por el hierro en capital industrial, curtida por el mar y por la frontera, Nuadibú resume en su historia la Mauritania moderna: la del desierto que se hunde en el Atlántico y la del mineral que viaja del corazón del Sáhara al resto del mundo.

📚 Bibliografía

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