Chinguetti nació en uno de los rincones más duros del planeta: la meseta del Adrar, en pleno Sáhara mauritano, al borde de un mar de dunas. La tradición local sitúa la fundación de la ciudad actual en el siglo XIII, aunque algunos relatos hablan de un asentamiento anterior en el mismo emplazamiento ya en el siglo VIII. Fue creada como ksar —ciudad fortificada de piedra— en el cruce de las rutas que unían el Magreb, al norte, con el África subsahariana, al sur, por donde circulaban sal, dátiles, oro, cobre, telas, libros y también personas esclavizadas.
En aquella época, atravesar el Sáhara solo era posible en largas caravanas de dromedarios, que necesitaban puntos de agua, comida y descanso cada cierto trecho. Chinguetti, con sus pozos y su palmeral, se convirtió en una escala clave y en un mercado floreciente. Alrededor del comercio creció una ciudad de casas de piedra seca, apretadas en callejones estrechos que protegían del sol y del viento, con la mezquita como centro de la vida comunitaria.
La ciudad estaba habitada por poblaciones bereberes sanhaja arabizadas, los antepasados de los actuales bidán o 'moros' de Mauritania, una sociedad organizada en tribus, con guerreros, comerciantes y, sobre todo, una poderosa clase de eruditos religiosos. Fue esa vocación por el saber la que iba a dar a Chinguetti su fama imborrable.
Lo que hizo grande a Chinguetti no fue solo el comercio, sino el estudio. Entre los siglos XIII y XIX la ciudad se convirtió en uno de los mayores centros de enseñanza islámica de África occidental, un lugar donde se copiaban, estudiaban y atesoraban miles de manuscritos sobre el Corán, el derecho islámico, la teología, la gramática árabe, la poesía, la astronomía, las matemáticas y la medicina. A sus escuelas coránicas (mahadras) llegaban estudiantes de toda la región, y por eso se la conoce como 'la Sorbona del desierto'.
Chinguetti fue además un gran punto de reunión de los peregrinos mauritanos que se dirigían a La Meca: se juntaban aquí para cruzar juntos el desierto rumbo a Oriente. Esa función religiosa alimentó la tradición que la considera la séptima ciudad santa del islam, una afirmación muy arraigada entre los mauritanos aunque no reconocida por el resto del mundo musulmán. Tanto pesó Chinguetti en la identidad del país que, durante siglos, en el mundo árabe se llamó a toda Mauritania 'Bilad Chinguit', la tierra de Chinguetti, y 'chinguitti' era gentilicio de todos sus habitantes.
El corazón espiritual de la ciudad es la mezquita del Viernes, levantada en piedra seca entre los siglos XIII y XIV sobre un templo anterior. Su minarete cuadrado, coronado por huevos de avestruz, está considerado uno de los minaretes en uso continuo más antiguos del mundo islámico, y hoy es el símbolo de Mauritania: figura en los billetes y monedas del país. Su austeridad total, sin adornos, refleja el rigor del rito malikí que difundieron los almorávides, el movimiento religioso y militar que había nacido pocos siglos antes en estas mismas tierras del Adrar.
El tesoro más asombroso de Chinguetti son sus bibliotecas familiares. En una ciudad de piedra a merced de la arena, varias familias de eruditos conservan desde hace generaciones colecciones de manuscritos medievales de valor incalculable: algunos datan de hace siglos, con textos coránicos, tratados jurídicos y científicos, correspondencia y documentos de la época de las caravanas. Se calcula que en la ciudad y sus alrededores llegó a haber miles de volúmenes.
La más famosa es la biblioteca Al Habott, fundada en el siglo XVIII por el erudito Sidi Mohamed Ould Habott (1784-1869) y hoy en manos de sus descendientes, que la catalogaron y la muestran a los visitantes. Junto a ella sobreviven otras, como la Ahmed Mahmoud, la Al Hamoni y la Ould Ahmed Cherif. En estas casas-biblioteca, los guardianes abren con cuidado estuches y vitrinas para mostrar caligrafías, ilustraciones y encuadernaciones de cuero que resistieron el paso del tiempo gracias, paradójicamente, a la extrema sequedad del desierto.
Conservar estos manuscritos es una lucha constante contra la arena, la humedad ocasional, los insectos y el propio deterioro del papel. Distintas organizaciones internacionales han apoyado su digitalización y protección, conscientes de que forman parte del patrimonio documental de la humanidad. Cada visita turística, con su pequeña contribución, ayuda a financiar esa tarea silenciosa que mantienen las familias de Chinguetti.
La prosperidad de Chinguetti dependía por completo de las caravanas transaharianas. Cuando ese comercio empezó a decaer —por la competencia de las rutas marítimas europeas por la costa atlántica, los cambios políticos y, más tarde, la llegada de los camiones y las carreteras—, la ciudad perdió poco a poco su razón de ser económica. El mercado se apagó, muchas familias emigraron y buena parte del casco antiguo quedó despoblado.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, Mauritania cayó bajo el dominio colonial francés, que la integró en el África Occidental Francesa. Los franceses trasladaron los centros administrativos y comerciales a otros puntos y a la costa, lo que aceleró la marginación de las viejas ciudades del interior como Chinguetti. La independencia de Mauritania en 1960 no revirtió esa tendencia: el país construyó una nueva capital, Nuakchot, casi de la nada junto al Atlántico, lejos del desierto histórico.
A la decadencia económica se sumó una amenaza física implacable: el avance de las dunas. El mar de arena que rodea Chinguetti invade lentamente el Ksar antiguo, sepultando casas y calles enteras. Las grandes sequías del Sahel en los años setenta y ochenta agravaron el problema y empujaron a más gente a abandonar el desierto. Hoy, buena parte de la ciudad vieja está semienterrada, y los habitantes libran una batalla desigual para que la arena no se trague del todo su patrimonio.
En 1996, la UNESCO inscribió a Chinguetti en la lista del Patrimonio Mundial junto con las otras tres grandes ksour históricas de Mauritania: Ouadane, Tichitt y Oualata. El reconocimiento valoró a estas ciudades como testimonios excepcionales de la cultura de las caravanas y del urbanismo sahariano, y como centros del comercio y de la vida religiosa e intelectual del Sáhara occidental entre los siglos XI y XIX.
Ese reconocimiento internacional convirtió a Chinguetti en el principal destino turístico del interior de Mauritania. Con la llegada de vuelos chárter estacionales a Atar y el desarrollo de operadores locales, la ciudad recibe cada invierno a viajeros atraídos por sus manuscritos, su casco de piedra y el desierto que la rodea. El turismo, junto con el cultivo de dátiles y una modesta actividad artesanal, se volvió una de las pocas fuentes de ingresos de una población que vive en condiciones muy difíciles.
El futuro de Chinguetti sigue siendo incierto. La ciudad enfrenta el avance de la arena, la fragilidad de sus manuscritos, la escasez de agua y los vaivenes de un turismo muy sensible a la seguridad regional. Pero su fuerza simbólica permanece intacta: Chinguetti es la memoria escrita del Sáhara, un lugar donde el saber sobrevivió durante siglos en pleno desierto y donde el visitante todavía puede hojear, con respeto, las páginas amarillentas de una civilización que floreció entre las dunas.