Mucho antes de ser una metrópolis de millones de habitantes, Bamako fue una modesta aldea a orillas del río Níger, en un cruce de caminos del país mandinga. La tradición oral atribuye su fundación a la familia Niaré (también escrita Niakaté), de origen soninké, hacia el siglo XVII, en un vado del río de larga historia comercial. El nombre 'Bamako' suele traducirse del bambara como 'el río (o el arroyo) de los cocodrilos', y el cocodrilo sigue siendo hoy el símbolo de la ciudad, presente en su escudo.
La zona formaba parte del vasto mundo cultural del Manden, la cuna del Imperio de Malí que en la Edad Media dominó el Sahel occidental. Aunque Bamako no fue una capital imperial, estaba en la órbita de esa civilización de comerciantes, agricultores y músicos, y su vado del Níger era un punto de paso para las caravanas y el intercambio entre el Sahel y las tierras del sur. Durante siglos fue un pueblo pequeño pero con cierta importancia como centro de comercio y de enseñanza islámica.
A comienzos del siglo XIX, la región vivió las convulsiones de las guerras y los imperios que se disputaban el Sahel: el reino bambara de Ségou, el imperio teocrático de El Hadj Oumar Tall y otros poderes locales. Cuando llegaron los franceses, a finales del siglo, Bamako seguía siendo una localidad de apenas unos pocos miles de habitantes, sin nada que anticipara el destino de gran capital que le esperaba.
El giro decisivo llegó el 1 de febrero de 1883, cuando las tropas francesas al mando del coronel Gustave Borgnis-Desbordes ocuparon Bamako en el marco de la expansión colonial por el valle del Níger. Los franceses vieron en el emplazamiento un punto estratégico: un vado del gran río, con agua, tierras y una posición central para controlar la región. Levantaron un fuerte y convirtieron la aldea en una base militar y administrativa de su avance hacia el interior de África occidental.
El impulso definitivo fue el ferrocarril. La línea que los franceses tendieron desde Kayes —y más tarde desde el puerto de Dakar, en Senegal— hasta el Níger convirtió a Bamako en un nudo de comunicaciones y comercio. En 1908, la ciudad fue elegida capital del Sudán Francés (la actual Malí), en reemplazo de Kayes, y a partir de entonces creció sin pausa: se trazaron avenidas, se construyeron edificios administrativos, un mercado, una catedral y barrios para funcionarios, comerciantes y trabajadores llegados de todo el Sahel.
La Bamako colonial fue, como tantas capitales africanas de la época, una ciudad de contrastes y segregación: barrios europeos ordenados junto a barrios africanos populosos, una economía volcada a la exportación de productos agrícolas y una administración que reorganizó la vida de la región en beneficio de la metrópoli. Pero también se convirtió en un imán que atrajo a poblaciones de todo el país, sembrando la semilla de la gran ciudad cosmopolita que sería después.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Bamako se transformó en uno de los focos del movimiento anticolonial de África occidental francesa. En 1946 fue sede de un congreso fundacional del Rassemblement Démocratique Africain (RDA), la gran corriente política que agrupó a los partidos independentistas de la región. De esa efervescencia emergió una figura bamakense clave: Modibo Keïta, maestro de escuela nacido en 1915 en el barrio de Bamako-Koura, socialista y panafricanista convencido.
El camino a la independencia pasó por un intento fallido de unión: en 1959 Senegal y el Sudán Francés formaron la Federación de Malí, que se disolvió pocos meses después por tensiones políticas. El 22 de septiembre de 1960, el antiguo Sudán Francés proclamó su independencia como República de Malí —tomando el nombre del glorioso imperio medieval— con Bamako como capital y Modibo Keïta como primer presidente. La ciudad pasó a ser el centro de un Estado soberano que apostaba por el socialismo, el panafricanismo y el no alineamiento.
El gobierno de Keïta, de orientación socialista y con una moneda propia (el franco maliense), terminó en 1968 con un golpe militar que llevó al poder a Moussa Traoré, quien gobernó de forma autoritaria durante más de dos décadas. Bajo su régimen, Malí volvió al franco CFA y Bamako siguió creciendo, aunque en un contexto de dificultades económicas, sequías en el Sahel y falta de libertades. La ciudad fue escenario, en marzo de 1991, de las protestas y la represión que precedieron a la caída de Traoré y a la apertura democrática del país.
En las últimas décadas, Bamako ha experimentado un crecimiento demográfico vertiginoso, hasta situarse entre las ciudades que más rápido se expanden del mundo. De los pocos miles de habitantes de la época colonial pasó a cientos de miles tras la independencia y a más de dos millones y medio en la actualidad, con un área metropolitana que se acerca a los tres millones. Ese crecimiento explosivo, impulsado por la migración desde el campo, dio forma a una urbe que desborda sus dos orillas del Níger, unidas por varios puentes, y que combina barrios modernos con extensas zonas populares en expansión.
La ciudad se consolidó como el corazón político, económico, universitario y cultural de Malí. Aquí están el gobierno, las grandes instituciones, la universidad, los principales mercados y la escena musical más influyente de África occidental. Bamako se hizo famosa en el mundo por su música: de la ciudad y su entorno mandinga salieron artistas de proyección internacional como Salif Keïta, Toumani Diabaté, Oumou Sangaré, Amadou & Mariam o, en la órbita maliense, Ali Farka Touré, herederos de la milenaria tradición de los griots.
Al mismo tiempo, ese crecimiento trajo los enormes desafíos de una gran ciudad africana: barrios informales, servicios saturados, congestión, contaminación y desigualdad. Bamako es una capital joven, dinámica y creativa, pero también frágil frente a las crisis económicas y ambientales del Sahel, una región especialmente golpeada por el cambio climático y la desertificación.
El siglo XXI trajo a Malí una crisis de seguridad profunda que también alcanzó a Bamako. En 2012, una rebelión en el norte y un golpe de Estado en la capital abrieron una guerra que llevó a la ocupación del norte por grupos yihadistas y separatistas, a la intervención militar francesa (Operación Serval, luego Barkhane) y a un largo despliegue de fuerzas de la ONU. Aunque el conflicto se concentraba en el norte y el centro, la inseguridad se fue acercando: en noviembre de 2015, un comando atacó el hotel Radisson Blu de Bamako y causó una veintena de muertos, un golpe que marcó a la ciudad.
En la década de 2020, tras nuevos golpes militares (2020 y 2021), Malí rompió con Francia y con las fuerzas de la ONU y se apoyó en el grupo ruso Wagner (luego 'Africa Corps') para combatir a la insurgencia. Lejos de estabilizarse, el conflicto se extendió al oeste, el centro y el sur del país, cada vez más cerca de la capital. Los principales grupos armados son filiales de Al Qaeda (JNIM) y del Estado Islámico (ISIS-Sahel), que atacan a militares y civiles y controlan tramos de carretera.
El episodio más dramático para Bamako llegó en septiembre de 2025, cuando el JNIM impuso un bloqueo de combustible al país: sus combatientes empezaron a incendiar los camiones cisterna que abastecen de nafta a Malí —un país sin salida al mar que importa casi todo su combustible por carretera desde Senegal y Costa de Marfil—. El resultado fue una crisis energética severa en Bamako, con largas colas en las estaciones de servicio, cortes de electricidad, cierre de escuelas y la evacuación de personal de varias embajadas, mientras Estados Unidos y el Reino Unido pedían a sus ciudadanos abandonar el país. Así, la ciudad que nació como una aldea de pescadores en el 'río de los cocodrilos' afronta hoy, tras siglos de historia, uno de los momentos más difíciles de su existencia.