Mucho antes de que llegaran los snorkelistas, las cámaras submarinas y los guardaparques, los pescadores del atolón Baa ya sabían que en una pequeña bahía del este pasaba algo raro. Ciertos meses del año, cuando soplaba el monzón del suroeste, las mantarrayas se juntaban de a decenas -a veces de a cientos- en aquel rincón cerrado del arrecife, girando en el agua como si bailaran. Para los isleños era un fenómeno conocido y hasta cotidiano, ligado a las mareas y a las corrientes; no tenía nombre científico ni fama mundial, era simplemente 'el lugar donde se juntan las mantas'.
Hoy sabemos por qué. Hanifaru Bay es una bahía en forma de cul-de-sac, sin salida al otro lado, orientada de tal modo que, cuando la marea saliente choca con la corriente del monzón, el plancton -diminutos organismos de los que se alimentan las mantas- queda atrapado y concentrado en una sopa espesa dentro de la bahía. Ese banquete irresistible atrae a las mantarrayas de arrecife de todo el atolón, que llegan a filtrar el agua en un comportamiento que los científicos bautizaron 'cyclone feeding': decenas de mantas girando en espiral, unas sobre otras, en cadena. Y con ellas, muchas veces, el pez más grande del planeta: el tiburón ballena.
Es, sencillamente, uno de los mayores agregados de mantarrayas del mundo, un espectáculo natural que ocurre en un puñado de lugares del planeta. Lo notable es que sucede en una bahía diminuta, a metros de la superficie, donde cualquiera con una máscara puede presenciarlo. Ese privilegio, precisamente, sería a la vez su mayor amenaza.
El atolón Baa, como todo Maldivas, tiene una historia humana mucho más larga que su fama marina, y empieza antes del islam. Durante más de un milenio el archipiélago fue budista, poblado por navegantes del sur de la India y de Sri Lanka; de aquella época quedan, dispersos por las islas, los 'hawitta' -montículos de coral que fueron estupas- y hallazgos de imágenes de Buda. En 1153, el rey Dhovemi se convirtió al islam y decretó la conversión de todo el reino, que se volvió un sultanato musulmán y así sigue.
Durante los siglos del sultanato -con una breve ocupación portuguesa en el siglo XVI y un protectorado británico entre 1887 y 1965-, el atolón Baa desarrolló una identidad propia y rica. Sus islas no vivían solo de la pesca del atún y del coco: se volvieron un centro de artesanía. Thulhaadhoo se hizo célebre en todo el país por el trabajo de la laca ('liye laa jehun'), el arte de tornear cuencos y cajas de madera y recubrirlos con capas de laca de colores decoradas con motivos finísimos, una tradición transmitida de generación en generación. Otras islas eran conocidas por el tejido de esteras de junco ('thundu kunaa'), otra artesanía distintiva del sur del archipiélago.
Así, mucho antes de que el mundo supiera de sus mantas, el atolón Baa ya tenía una cultura material propia y prestigiosa. Era un rincón de Maldivas conocido por sus artesanos y sus pescadores, no por su fauna marina. Esa dimensión cultural sigue viva hoy, y ofrece al viajero una cara del atolón que va mucho más allá de la bahía de las mantas.
El fenómeno de Hanifaru saltó del conocimiento local a la fama mundial en la primera década del 2000, cuando investigadores marinos -entre ellos el proyecto de conservación de mantas de la zona- empezaron a estudiar la bahía de forma sistemática y documentaron lo que allí ocurría: no era un simple grupo de mantas, sino uno de los mayores agregados de alimentación del planeta, con eventos que reunían más de cien animales a la vez. Documentales, revistas de naturaleza y fotógrafos submarinos difundieron las imágenes, y Hanifaru se convirtió, casi de la noche a la mañana, en un imán para el turismo de todo el mundo.
Ese éxito trajo un peligro inmediato. Sin regulación, la bahía empezó a llenarse de barcos y de decenas de nadadores y buzos persiguiendo a las mantas, tocándolas, bloqueándoles el paso y estresando a los animales en el momento más importante de su ciclo: la alimentación. El riesgo era claro: que la presión turística arruinara justamente el fenómeno que la gente venía a ver. La respuesta fue proteger. En 2009, Hanifaru Bay fue declarada Área Marina Protegida, con reglas estrictas; y en 2011, la UNESCO reconoció a todo el atolón Baa como Reserva de la Biosfera, la primera de Maldivas.
Desde entonces, la visita está reglada al detalle: solo snorkel (nada de buceo con botella dentro de la bahía), acceso únicamente con operadores licenciados y guías, un cupo máximo de personas y embarcaciones a la vez controlado por guardaparques, sesiones limitadas a unos 45 minutos, prohibición de tocar o perseguir a las mantas, y una tasa de entrada que financia la conservación. Fue un cambio de paradigma: pasar del 'todo vale' a un modelo donde el espectáculo se cuida para que dure.
El reconocimiento de la UNESCO no fue solo un sello honorífico: convirtió al atolón Baa en un laboratorio de turismo sostenible para todo Maldivas. La figura de Reserva de la Biosfera busca conciliar tres objetivos -conservar la biodiversidad, permitir un desarrollo económico compatible y apoyar la investigación y la educación-, y el atolón intenta encarnarlos. Varios de sus resorts de lujo emplean biólogos marinos residentes y financian programas de estudio y protección de mantarrayas y coral; los operadores de Hanifaru trabajan bajo licencia; y la comunidad local participa, con distintos grados, de los beneficios del turismo.
No todo es perfecto. Gestionar la afluencia a Hanifaru en plena temporada sigue siendo un desafío: cuando aparecen las mantas, la demanda por entrar es enorme, y el equilibrio entre dar acceso y no saturar la bahía es delicado. La conservación depende de que las reglas se cumplan y de que haya recursos para hacerlas cumplir. Y a la vez el atolón, como todo el país, enfrenta amenazas que exceden lo local.
La mayor es el cambio climático. El calentamiento del océano provoca episodios de 'blanqueo' del coral -Maldivas sufrió blanqueos masivos en 1998 y 2016- que ponen en riesgo los arrecifes que sostienen toda la cadena, mantas incluidas. Y la suba del nivel del mar amenaza a un país cuyas islas apenas asoman uno o dos metros sobre el agua. Que el mayor agregado de mantas del planeta siga ocurriendo en Hanifaru dependerá, en buena medida, de decisiones que se toman muy lejos del atolón Baa.
Hoy el atolón Baa es una de las caras más luminosas del turismo maldivo: la prueba de que se puede mostrar una maravilla natural sin destruirla. Cada temporada de mantas, de mayo a noviembre, viajeros de todo el mundo llegan a Dharavandhoo o a los resorts de lujo para intentar el encuentro con las mantarrayas de Hanifaru, en un formato reglado que protege a los animales. Los avistajes no están garantizados -dependen del día, de la marea, del plancton-, y esa incertidumbre, lejos de restar, añade emoción: cuando la bahía se llena de mantas girando, la recompensa se siente ganada.
Pero reducir el atolón a Hanifaru sería un error. Baa es también los talleres de laca de Thulhaadhoo, las islas locales con su vida pesquera y su mezquita, los arrecifes sanos donde bucear entre tortugas y tiburones, los bancos de arena de robinsón y el contraste entre las guesthouses de barrio y los resorts más exclusivos del país. Es un atolón donde la naturaleza extraordinaria convive con una cultura viva y con un experimento serio de sostenibilidad.
Conocer su historia -la bahía que los pescadores ya conocían, el pasado budista bajo el islam, los maestros de la laca, el paso del secreto local al santuario protegido por la UNESCO- transforma la visita. No se trata solo de nadar entre mantas, sino de entrar, con respeto, en uno de los ecosistemas mejor cuidados del Índico. En el atolón Baa, el privilegio de ver viene con el deber de proteger.