Nosy Be —"la isla grande" en malgache— es el principal destino turístico de Madagascar, un edén tropical frente a la costa noroeste, en aguas del canal de Mozambique. De playas de arena blanca, arrecifes de coral y mar cálido y transparente, es la base perfecta para el buceo y el snorkel, con islotes vecinos como Nosy Komba, la "isla de los lémures", y la minúscula Nosy Tanikely, convertida en parque marino.
Se la conoce como la "isla de los perfumes" por sus plantaciones de ylang-ylang, el árbol cuyas flores destilan un aceite esencial muy apreciado por la perfumería francesa, cuyo aroma dulce impregna el aire de la isla. Junto al ylang-ylang crecen caña de azúcar, vainilla, café y especias, herencia de la agricultura de plantación que floreció aquí en época colonial. Antes de Francia, Nosy Be estuvo ligada al reino sakalava de Boina y al comercio del Índico, y recibió influencias árabes, indias y comorenses que la hicieron mestiza y cosmopolita.
Hoy Nosy Be vive sobre todo del turismo, con complejos hoteleros, excursiones en barco y una intensa vida marina que incluye avistaje de ballenas y de tiburones ballena en temporada. Es la cara más relajada y luminosa de Madagascar, aunque también enfrenta los desafíos de conciliar el desarrollo turístico con la conservación de sus arrecifes y su entorno.
En el extremo septentrional de la isla, Antsiranana —más conocida por su nombre colonial, Diego Suárez— se asoma a una de las bahías más bellas y grandes del mundo, un enorme puerto natural resguardado que le dio, durante siglos, un valor estratégico excepcional. El nombre europeo recuerda a los navegantes portugueses que llegaron a estas costas en el siglo XVI.
Su bahía magnífica la convirtió en una codiciada base naval. Los franceses instalaron aquí uno de sus principales enclaves militares durante la época colonial, y durante la Segunda Guerra Mundial la ciudad fue escenario de la batalla de Madagascar (1942), cuando las fuerzas británicas la tomaron para impedir que el Japón la usara como base, en una de las operaciones anfibias del conflicto en el Índico.
Hoy Antsiranana es una ciudad portuaria de arquitectura colonial algo desvaída, con una mezcla cosmopolita de influencias malgaches, francesas, indias, árabes y comorenses. Es la puerta de entrada a algunos de los paisajes más espectaculares del norte: el Mar Esmeralda de aguas turquesas, los tsingy rojos de arcilla erosionada, los tsingy grises de Ankarana y las playas y bahías vírgenes de una región todavía poco explorada.
A un paso de Diego Suárez, el Parque Nacional de la Montaña de Ámbar (Montagne d'Ambre) protege una isla de selva húmeda que se alza, verde y fresca, sobre un macizo volcánico en medio de una región por lo demás seca. La altitud atrapa las nubes y la humedad, creando un microclima que sostiene una exuberante selva de montaña, muy distinta del entorno. Fue una de las primeras áreas protegidas de Madagascar: los franceses crearon aquí una reserva ya en 1958.
El parque es famoso por sus cascadas y sus lagos de cráter, escondidos entre la vegetación, y por una fauna endémica accesible y variada: lémures como el sifaka coronado y el lémur pardo de Sanford, y sobre todo camaleones, incluido el Brookesia, uno de los reptiles más pequeños del mundo, capaz de posarse en la yema de un dedo. Ranas, aves endémicas, orquídeas y helechos completan un ecosistema de gran riqueza.
Su cercanía a Antsiranana y sus senderos bien acondicionados hacen de la Montaña de Ámbar una excursión ideal para descubrir la naturaleza del norte sin grandes travesías. Junto con Nosy Be y las bahías del extremo norte, forma parte de una de las regiones más bellas y biodiversas de Madagascar, donde el mar tropical y la selva de altura conviven a pocos kilómetros de distancia.