Mucho antes de que llegaran los colonos americano-liberianos, la costa central de la actual Liberia estaba habitada por pueblos como los bassa, los kru y los dei, hábiles pescadores y navegantes que conocían al detalle los ríos, los manglares y el mar. El río Farmington, que desemboca en el Atlántico junto a la actual Marshall, era una vía natural de comunicación y de pesca, y sus humedales, ricos en peces, aves y fauna, sostenían a las comunidades ribereñas.
La costa liberiana formaba parte de lo que los europeos llamaron la 'Costa de los Granos' (Grain Coast), por la malagueta o 'grano del paraíso', una especia que se comerciaba en la región. Los pueblos kru, en particular, se hicieron famosos como marineros y trabajaban en los barcos europeos que recorrían la costa de África occidental. Esta tradición pesquera y marinera sigue viva hoy en las aldeas de la zona de Marshall.
Los manglares y humedales de la desembocadura del Farmington, que hoy atraen a los ecoturistas, fueron durante siglos despensa y camino de estos pueblos. Esa relación estrecha con el agua —el río, la laguna, el mar— define la identidad de la Liberia costera y explica por qué la pesca sigue siendo el corazón de la vida en Marshall.
Con la fundación de Liberia en 1822 y su independencia en 1847, los colonos americano-liberianos fueron estableciendo asentamientos y puertos a lo largo de la costa para el comercio y la administración del nuevo país. Marshall, en la desembocadura del río Farmington, fue uno de esos enclaves costeros. Su nombre honra a John Marshall, el influyente presidente de la Corte Suprema de Estados Unidos, en la costumbre americano-liberiana de bautizar lugares con nombres de figuras estadounidenses.
Como otros puertos menores de la costa, Marshall sirvió al comercio de productos locales —aceite de palma, café, caucho más adelante— y a la conexión entre el interior y el mar a través del río. Nunca alcanzó la importancia de Monrovia o de Buchanan, pero fue un punto de la red de asentamientos que articuló la Liberia del siglo XIX y comienzos del XX, con su mezcla característica de élite colona y mayoría indígena.
La cercanía con la zona de Harbel, donde a partir de 1926 la empresa estadounidense Firestone instaló la que sería la mayor plantación de caucho del mundo, marcó también la región de Margibi. El desarrollo del caucho, el puerto y las plantaciones dio a esta franja de la costa central un papel en la economía liberiana del siglo XX, aunque Marshall mantuvo siempre su carácter de pueblo pesquero tranquilo.
Uno de los capítulos más singulares y polémicos de la zona es el de los chimpancés de las islas del río Farmington, conocidas como Monkey Island. A partir de los años setenta, un centro de investigación biomédica —vinculado en su día al New York Blood Center— utilizó chimpancés para experimentos, sobre todo en investigaciones sobre hepatitis. Los animales eran mantenidos en instalaciones cercanas a Marshall y a la comunidad de Charlesville.
Cuando el programa de investigación se dio por terminado, ya en el siglo XXI, decenas de chimpancés que habían sido criados en cautiverio y no podían valerse solos en la naturaleza quedaron alojados en un grupo de islotes del río. La retirada del financiamiento dejó a estos animales en una situación crítica: dependían por completo del suministro de comida y agua por parte de los humanos, ya que las islas no podían sostenerlos.
La situación generó una fuerte polémica internacional sobre el bienestar animal y la responsabilidad de las instituciones implicadas. Organizaciones de protección animal intervinieron para garantizar la alimentación y el cuidado de los chimpancés supervivientes, que hoy siguen viviendo en las islas bajo cuidado humano. Para el visitante, verlos desde el bote es asomarse a esta historia conmovedora sobre la relación entre humanos y grandes simios.
Como todo el país, la región de Marshall vivió los años terribles de las guerras civiles liberianas (1989-2003), que golpearon la economía, desplazaron a la población y frenaron cualquier desarrollo. La cercanía a Monrovia y a las plantaciones de caucho de Firestone hizo que la zona de Margibi también sufriera los combates y la inestabilidad de aquellas décadas.
Con la llegada de la paz en 2003 y la lenta reconstrucción del país, la costa central empezó a recuperar la normalidad, y su combinación de playas, río y manglares a solo una hora de la capital abrió una nueva oportunidad: el turismo de naturaleza y de fin de semana. La apertura del Libassa Ecolodge, con su famoso 'lazy river', sus bungalows y el santuario de fauna asociado, convirtió a Marshall en la escapada verde favorita de quienes viven en Monrovia.
Hoy Marshall representa una cara amable del turismo liberiano en reconstrucción: un destino tranquilo, donde la vida pesquera tradicional convive con el ecoturismo, la observación de aves, el rescate de fauna y la conservación de tortugas marinas. Sin grandes infraestructuras ni multitudes, la zona ofrece al viajero una Liberia natural y apacible, y a las comunidades locales, una vía de desarrollo ligada al cuidado de su entorno.