El valle del Jordán forma parte del Gran Valle del Rift, la enorme fractura geológica que recorre desde el este de África hasta Siria, y en su tramo jordano alcanza el punto más bajo de toda la superficie terrestre: la orilla del mar Muerto, situada a más de 400 metros por debajo del nivel del mar, y descendiendo cada año un poco más. No es en realidad un mar, sino un lago sin salida, alimentado por el río Jordán, en el que el agua solo se evapora y deja atrás las sales.
Esa concentración extrema de sal —muchas veces superior a la del océano— hace imposible la vida de peces y algas, de ahí su nombre, y produce el fenómeno que asombra a todos los visitantes: uno flota sin esfuerzo, empujado hacia arriba por la densidad del agua. El barro mineral de sus orillas y sus sales se usan desde la Antigüedad con fines cosméticos y medicinales; ya los egipcios recurrían al betún que afloraba en sus aguas.
Esta depresión tiene también una honda carga histórica y bíblica: en sus cercanías se sitúan tradicionalmente las ciudades de Sodoma y Gomorra, y en la orilla del Jordán, al norte, el lugar del bautismo de Jesús (Betania más allá del Jordán, hoy Patrimonio de la Humanidad). El gran drama contemporáneo del mar Muerto es su retroceso: la desviación de las aguas del río Jordán para uso agrícola y humano ha hecho que el nivel del lago baje de forma alarmante, dejando al descubierto socavones y una franja de tierra donde antes había agua.
En las tierras altas que dominan el valle, al sur de Amán, está Madaba, conocida como la 'ciudad de los mosaicos'. Fue una población moabita y luego una ciudad romana y bizantina, y de esa etapa cristiana proviene su tesoro: la mayor concentración de mosaicos bizantinos de Jordania, que cubrían los suelos de sus iglesias y de sus casas entre los siglos V y VIII.
El más famoso está en el suelo de la iglesia ortodoxa de San Jorge: el Mapa de Madaba, del siglo VI. Es la representación cartográfica más antigua que se conserva de Tierra Santa, un enorme mosaico que muestra el territorio desde el Líbano hasta el delta del Nilo, con el río Jordán, el mar Muerto —surcado por barcas— y decenas de ciudades identificadas. En el centro aparece Jerusalén, dibujada con detalle, con sus murallas, sus puertas y su calle principal porticada, lo que lo convierte en una fuente valiosísima para conocer la geografía religiosa de la época.
Madaba tiene además una particularidad social: es una de las localidades de Jordania con mayor proporción de población cristiana, heredera de aquellas antiguas comunidades bizantinas. La ciudad mantiene viva la tradición del mosaico con talleres y una escuela dedicada a enseñar y restaurar este arte, de modo que el oficio que dio fama a Madaba hace mil quinientos años sigue practicándose en sus calles.
A pocos kilómetros de Madaba se alza el Monte Nebo, una elevación desde la que, en un día despejado, se abarca todo el valle del Jordán, el mar Muerto y, a lo lejos, las colinas de Jerusalén y Jericó. Según la tradición recogida en el libro del Deuteronomio, fue desde esta cima donde Moisés contempló la Tierra Prometida, a la que no llegaría a entrar, antes de morir. Por eso el Monte Nebo es uno de los grandes lugares de peregrinación de Jordania.
Sobre la cumbre, las comunidades cristianas bizantinas construyeron a partir del siglo IV un memorial y una basílica para conmemorar a Moisés, cuyos restos de mosaicos, notablemente bien conservados, muestran escenas de caza y de pastoreo. El lugar estuvo a cargo de frailes franciscanos, que lo excavaron y protegieron durante el siglo XX. En 2000, el papa Juan Pablo II visitó el Monte Nebo dentro de su peregrinación por Tierra Santa, lo que reforzó su condición de sitio sagrado para las tres religiones monoteístas.
El Monte Nebo condensa bien lo que hace especial a esta región: la superposición de la geografía y el relato religioso. Desde su cima se entiende físicamente por qué estas tierras, en el borde del valle que separa la meseta jordana de las colinas de Palestina, han sido durante milenios frontera, escenario bíblico y lugar de paso entre civilizaciones.
La brusca diferencia de altura entre la meseta jordana y la depresión del mar Muerto ha tallado en el paisaje una serie de cañones espectaculares por los que el agua baja hacia el punto más bajo de la Tierra. El más impresionante es el Wadi Mujib, un desfiladero profundo que en la Antigüedad marcaba la frontera del río Arnón, la vieja divisoria entre el reino de Moab y los territorios al norte que menciona la Biblia.
Hoy Wadi Mujib forma parte de una reserva natural que protege uno de los ecosistemas más singulares del país: al desembocar directamente en el mar Muerto, es la reserva situada a menor altitud del mundo. Entre sus paredes de roca, el agua permanente permite la vida de plantas y animales adaptados a este ambiente extremo, en pleno desierto. Se ha convertido en un destino de barranquismo, donde los visitantes remontan el cañón caminando y nadando entre las paredes de piedra y las pozas.
Este rincón muestra otra faceta del valle del Jordán: la del agua que, pese a la aridez general, ha esculpido gargantas, sostenido oasis y hecho posible la vida y la agricultura a lo largo de la historia. En un país que figura entre los de mayor escasez hídrica del planeta, estos cañones y sus manantiales recuerdan hasta qué punto el agua ha sido siempre, en esta tierra, el recurso más disputado y más precioso.
El fondo del valle del Jordán, cálido y regado por el río, ha sido tierra de cultivo desde los albores de la humanidad. En esta franja del Rift, la agricultura es tan antigua como el Neolítico, y algunos de los asentamientos humanos más tempranos del mundo surgieron a orillas del Jordán. La combinación de tierras fértiles, temperaturas templadas incluso en invierno y disponibilidad de agua convirtió el valle en un lugar habitado sin interrupción durante milenios.
En la Jordania moderna, el valle del Jordán es el gran vergel del país. Gracias al riego —en buena parte a través del Canal del Rey Abdullah, que lleva agua a lo largo del valle—, aquí se cultivan frutas, verduras, cítricos y bananas que abastecen a la población y se exportan. Es la zona agrícola más productiva de un país donde el terreno cultivable es escaso y el agua, un bien crítico.
Ese mismo valle es también una frontera sensible: el río Jordán marca buena parte del límite con Israel y con Cisjordania, y por eso ha sido escenario de tensiones y de acuerdos, desde las guerras del siglo XX hasta el tratado de paz de 1994 y los pactos sobre el reparto de las aguas. Así, la depresión más baja del planeta reúne en pocos kilómetros lo más antiguo —la primera agricultura, los relatos bíblicos— y lo más contemporáneo de la historia jordana: la geopolítica del agua y de las fronteras.